38. Presentación a las damas de compañía
Al verme entrar, las damas se pusieron en pie para saludarme y se inclinaron en sendas reverencias. Tan solo Greta la Blanca ni se inmutó; permaneció inmóvil, como un botón amarillo encajado en el terciopelo encarnado del sillón. Greta la Negra, que a diferencia de su hermana lucía hoy un vestido celeste y no dorado, sí se inclinó ante mí. Aquello me confirmó que las hermanas Greta no se llevaban del todo bien. No era raro que los gemelos rivalizaran entre sí, llegando incluso a convertirse en acérrimos enemigos.
Respondí con una inclinación de cabeza y avancé hacia un pequeño velador flanqueado por una butaca de respaldo alto y aspecto casi regio, dispuesta a todas luces para la reina, es decir, para mí. Tratando de serenar mis nervios, tomé la palabra:
—Estimadas damas, desde ayer soy su reina; Jonathan el Blanco y yo hemos contraído matrimonio. Aunque imagino que ya están al tanto. Su Majestad me ha sugerido conocer a las damas de compañía de la corte y a las nobles señoras que hoy residen en el palacio. Deseo saber más de ustedes y escuchar sus sugerencias e inquietudes, pues aún me resulta ajeno el manejo cotidiano de este alcázar y del reino. En la corte de Ferania, mi tierra natal, las mujeres nos consagrábamos a la beneficencia, a la preparación de veladas festivas, a la organización de bailes y al cuidado del ornato del palacio real. Supongo que entre ustedes la costumbre es semejante.
Paseé la mirada por las presentes que escuchaban mi alocución. Había cuatro parejas de damas de compañía. Se distinguían con facilidad por sus túnicas bermejas, pues, según comprendí, el carmesí identificaba a quienes servían directamente a la corona. Y una dama de compañía era la mano derecha de la reina: un cargo oficial concedido a damas de alta alcurnia ya fuera por méritos concretos o por el favor personal de la soberana. Al margen de las damas oficiales, en el palacio podían alojarse damas nobles de rancio abolengo invitadas por los propios monarcas, como huéspedes de honor de la familia real. Esa era sin duda la condición de las hermanas Greta, pues ostentaban el rango de duquesas y no dependían de la reina. Además de Greta la Blanca y Greta la Negra, descollaban entre las sirvientas otras dos parejas de muchachas que, a juzgar por las sonrisas que me dedicaron, me guardaban buena voluntad.
El protocolo dictaba que primero debía superar la ceremonia formal de presentación. Las damas debían acercarse por parejas a mi improvisado trono para presentarse, transmitir sus votos de bienvenida, celebrar el encuentro y desearme un próspero reinado. Conocía el ceremonial al dedillo. No obstante, las presentes titubeaban y miraban de reojo a Greta la Blanca, quien, con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de desafío, no me quitaba los ojos de encima con mueca burlona.
Menos mal que no me había sentado aún en el «trono»; de haberlo hecho, habría quedado expuesta como una muñeca a la que todas ignoraban. Quedaba claro que la antigua amante de mi esposo había puesto a la sala en mi contra. En fin, no tenía las manos atadas. ¡Tenía que demostrarles quién era la reina en este lugar!
—Sin embargo, antes de pasar a las presentaciones formales —añadí con desenvoltura—, preciso de su auxilio, pues me encuentro ante un dilema apremiante.
Noté de inmediato la chispa de curiosidad en sus miradas; varias damas dieron incluso un paso al frente. ¡Nada cautiva tanto a una mujer como pedirle consejo, dejando entrever la propia zozobra y ensalzando su buen juicio!
—Bien saben que ayer dio comienzo el rito de los vishaps y asumí la osadía de intentar amansar a una criatura singular y nada grata. Una araña descomunal e inquietante.
Las señoras asintieron con la cabeza y comenzaron a cuchichear por lo bajo.
—Me cuesta horrores, pues la araña infunde un rechazo instintivo. Con todo, no deja de ser un animal como cualquier otro. Por tal motivo quisiera pedirles consejo: ¿cómo logran acostumbrar a una criatura, sea un perro o un gato, a descansar en su rincón asignado y, sobre todo, a acudir al cuarto de baño para... ejem... atender sus necesidades? Quizá alguna tenga un can o un minino y domine los secretos para criar a un animal de compañía. ¡Yo también deseo educar a mi araña!
¡Aquello fue un polvorín! Las damas empezaron a soltar consejos al unísono, disputándose la palabra. Se acercaron a mí en tropel y cada una se apresuró a ensalzar a su primoroso gatito, tan avispado que desde la cuna había aprendido a hacer sus cosas en un cajón dispuesto en el baño.
—En el cajoncito hay que echar arena fina —parloteaban a dúo dos rollizas damas gemelas enfundadas en vestidos rosas, tan recargados de lazos y volantes que me dio un ligero mareo.
—¡Y renovarla cada dos horas! —terció una tercera joven, esbelta y con una larga coleta azabache que caía sobre su espalda, mientras su gemela asentía a su vera—. Para eso hace falta un criado diligente. ¡Frederik el Blanco y Frederik el Negro, sus pajes, se encargarán a las mil maravillas!
—¡Les agradezco de corazón la recomendación! —exclamé batiendo las palmas con alborozo, fingiendo un entusiasmo desbordante ante cada una de sus sugerencias...
De ese modo, escuchando sus fórmulas sobre cómo asear a una bestia, cómo recortarle el pelo y las garras (¿a una araña?), cómo habituarla a usar el baño, cómo marcarle su lecho para dormir (¡justo lo que necesitaba!), qué tiendas de la urbe vendían la mejor indumentaria para mascotas (¿y para una araña también?), qué collares causaban furor en la temporada (¡vaya ocurrencia!), por qué avenidas de la capital convenía sacarla a pasear y qué cruces de linaje convenían para el apareamiento (¡vaya, no había contemplado buscarle una novia a la araña!), fui entablando conversación con todas y cada una de ellas.
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Editado: 22.09.2026