La Prometida Gris

34. Una criatura repugnante

34. Una criatura repugnante

La araña se me encaramó al hombro y sentí sus vellosidades, inesperadamente suaves al tacto, rozarme la mejilla. Me entraron unas ganas locas de chillar y patalear de puro asco. Cerré los ojos, conteniéndome con el último aliento de voluntad que me quedaba. Luego sentí cómo Jonathan el Blanco retiraba al animal de mi hombro, diciéndome en voz baja:

—Tienes que acostumbrarte. Yo ya lo he visto en otras ocasiones, por eso no me causa tanta repugnancia. Pero tú... Has estado magnífica, Edelina. Todas las princesas anteriores, sin excepción, chillaron y huyeron de él despavoridas. Una de ellas incluso intentó machacarlo con un palo, y otra quiso aplastarlo bajo sus pies.

Abrí los ojos. El monarca se había apartado de mí y sostenía a la araña en sus brazos, sujetándola por aquel cuerpo de pelaje corto y plagado de excrecencias. Las largas patas del animal colgaban hacia abajo; semejaba una medusa amorfa y repulsiva con unos saltones ojos blancos. Y aquellos ojos, según me dio la impresión, me miraban con un reproche evidente.

¿Con reproche? ¡Bah, Edelina!, me increpé a mí misma, ¿acaso has perdido el juicio? ¿Qué reproche ni qué niño muerto? Un animal inmundo y estúpido, una criatura repugnante, desagradable para cualquiera... A la que debía amansar y llegar a amar. ¿Amar yo a las arañas? ¡Jamás! Pero había empeñado mi palabra, así que, ¡por supuesto que lo intentaría! Si esta primera prueba era la más sencilla, ¿qué clase de tormentos nos depararían las siguientes?

Exhalé un suspiro. Me acerqué a Jonathan el Blanco e intenté tocar a la araña. El engendro permaneció inmóvil, observando cómo mis dedos se extendían hacia sus finas extremidades. «Primero tocaré una pata, simplemente para sentir cómo es esta... inmundicia», pensé. Pues acariciar la cabeza de aquella criatura de pesadilla escapaba aún a mis fuerzas. ¡Y mucho menos tomarla en brazos! ¡Brrr!

La pata de la araña era tibia, recubierta de un vello corto y suave, como una pelusilla de tono granate. Y todo su ser lucía un color rojo salpicado de motas negras, fuesen verrugas o lo que quiera que fuesen aquellas protuberancias. De pronto, la pata se estremeció ligeramente; retiré la mano a la carrera, solté un chillido ahogado y le susurré al soberano para evitar que nadie nos oyera:

—¡Uf! ¡Qué asco tan espantoso! ¡Santa Justina, en qué lío me he metido! ¡Jonathan, no seré capaz! ¡Abarqué más de lo que puedo soportar! ¡Si es que me causa una repugnancia insoportable! ¡Tengo el estómago revuelto! —confesé con total sinceridad lo que me bullía por dentro.

—No temas, yo la sujetaré. Confío en que no me muerda; parece dócil. Y si sientes náuseas es porque llevamos sin probar bocado desde el amanecer. Conviene que regresemos a palacio; nos aguarda el banquete nupcial. Andando —murmuró él también en un susurro.

El rey echó a andar en vanguardia, llevando a la araña con los brazos extendidos hacia el frente. Yo, hundiéndome en la arena, me arrastraba a su zaga. Al perder de vista a la araña, el pecho se me alivió un poco.

—¿Qué ocurre, Su Majestad, le ha colado el vishap una linda mascota faldera? —preguntó a viva voz y con sorna Jonathan el Negro en el momento en que pasábamos junto a los invitados; luego se me aproximó con sigilo para susurrarme al oído de modo que solo yo pudiera escucharlo—: A cualquiera le salta a la vista que fracasarás, Edel. ¡Sientes demasiado asco por ese monstruo! Será mejor que tires la toalla de una vez, encanto, y te pases por mis aposentos esta noche; ¡al fin y al cabo, ya estás muerta! Siendo así, ¡habríamos pasado este último mes fundidos en una deliciosa mezcla de pasión y caricias! ¡Tendrás un buen recuerdo al que aferrarte antes de expirar!

Todos retrocedían, apartándose a prudente distancia del monarca y del engendro que cargaba en brazos; a nadie le hacía gracia semejante espantajo. Las palabras del príncipe Jonathan el Negro, que no concedía ni un adarme de fe al éxito de nuestra empresa, me picaron en el orgullo.

—¿Y por qué habría de causarme asco? —inquirí en voz alta, calculando que pudiera oírme Jonathan el Blanco, quien marchaba en cabeza y ya se adentraba en el sendero que cruzaba la floresta hacia los carruajes—. ¡Simplemente aún no me he acostumbrado! —repetí las mismísimas palabras del rey.

El monarca conjuró varios fuegos mágicos que flotaron sobre cada uno de los presentes alumbrando la senda, pues la noche se había cerrado por completo sobre nosotros.

Avanzaba a trompicones tras los pasos de mi marido, devanándome los sesos con la dichosa araña. «¡Vamos, Edelina, serénate! ¡Domina tus nervios! —me reprendía a mí misma—. Solo es un animal, como un perrito o un gato. ¿Acaso no adoras a los gatos? ¡Pues claro que sí! ¡Pues disponte en esa sintonía! ¡Imagínate que es un tierno minino, tu animalito de compañía!...».

¡Sí, claro! ¡Resultaba muy sencillo sermonearse cuando no tenía al arácnido plantado delante de las narices! Pero en cuanto tomamos asiento en la carroza real para emprender el regreso al palacio, la araña volvió a quedar justo ante mis ojos. Jonathan el Blanco la acomodó sobre su regazo, y allí se quedó ovillada como un recordatorio redondo y espeluznante de que debía... ejem... amansarla y llegar a amarla. Apartaba la vista una y otra vez para no toparme con semejante atrocidad.

Me sentía extenuada y desfallecida de hambre. Por si fuera poco, el corte de la palma me escocía con rabia. Jonathan el Blanco no pasó por alto mi padecimiento. Tomó asiento frente a mí y no a mi vera, advirtiendo sin duda las miradas de pavor que yo le lanzaba a la araña. El soberano extendió de pronto la mano y tomó la mía, la cual yo había posado con cautela ante mi regazo.




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