69. Novedades en la corte
Al amanecer, el alcázar entero era un hervidero de murmuraciones: ¡al astuto Janko se la habían jugado sus propias esposas!
Tras la ceremonia nupcial del truhán y las hermanas Greta, se celebró un modesto convite que se prolongó hasta altas horas de la noche. Cortesanos y magnates cruzaban apuestas sobre a cuál de las dos visitaría primero el afortunado desposado, en torno al cual ambas mujeres se deshacían en zalamerías como raposas. Y aunque para el enlace habían vestido atuendos diferenciados según los preceptos de los esponsales —Greta la Blanca de blanco inmaculado y Greta la Negra de riguroso azabache—, una vez consagrada la unión Janko veló en persona para que mudasen de ropajes. El bufón dispuso asimismo el traslado de las damas a unas dependencias distintas, obligándolas a desamparar las cámaras donde acostumbraban morar, a fin de que ni él mismo supiese a qué alcoba acudía al caer las sombras.
Así pues, las duquesas Greta ocuparon aposentos emplazados a ambos lados de los cuartos de Janko: una se instaló a la siniestra y la otra a la diestra. Mas con antelación, el flamante esposo, resuelto en su propósito, se personó en los vestidores de sus consortes y ordenó a los criados retirar cuantas prendas distinguieran a las hermanas, conservando únicamente los vestidos idénticos. Conminó con severidad a sus mujeres a vestir siempre y en todo lugar de modo uniforme, buscando de ese modo brindarles igualdad de condiciones en el acceso a sus favores, para que las gemelas partiesen siempre desde la misma casilla...
¡Y a fe mía que las damas se esmeraron sin escatimar esfuerzos! Mis sirvientas, las hermanas Karena, mientras me asistían con el atuendo matinal antes del desayuno, me llenaron la cabeza de chismes refiriéndome cómo las duquesas se habían desvivido por Janko a lo largo del banquete. Tomaron asiento a ambos flancos de su señor, colmándole el plato con las viandas más selectas y procurando ganar su atención por todos los medios imaginables: con lisonjas encendidas, miradas de ardor, escotes de vértigo y picantes insinuaciones... Janko flotaba en un mar de delicias. ¡Aquello le supo a gloria bendita! Condujo a ambas en persona hasta sus flamantes cámaras, besó la mano de cada una y les advirtió que su elección ya estaba tomada, mas no revelaría a cuál favorecería primero, pues sería una sorpresa.
Y llegó la hora de la primera noche de bodas. Selladas las apuestas de la nobleza, tendido el lino impoluto en los lechos de ambas doncellas y ataviadas las dos con camisones níveos y provocativos, dio comienzo la vigilia. Por la galería contigua a las estancias de Janko y sus esposas jamás se había visto un ir y venir tan inusitado a deshoras: lacayos, gentilhombres, guardias y otros moradores de la corte desfilaban sin cesar. ¡Por descontado, a todos les urgían quehaceres de suma gravedad en mitad de la noche! Mas las miradas de cuantos transitaban por allí barrían sin falta las tres puertas.
Alguien entre la servidumbre o la corte divisó, como era de prever, el instante en que Janko abandonaba su estancia y enfilaba resuelto hacia el batiente de la izquierda. Los mirones tomaron nota de la elección del flamante marido y marcharon a descansar, ansiosos por plantarse al alba ante la entrada para inquirir al bufón a quién de las dos había honrado en primer término.
Sin embargo, quien hubiese demorado su guardia unos instantes más en el corredor habría atisbado un insólito suceso: de la alcoba de la derecha emergió una figura que se deslizó sigilosa hacia el portal de la izquierda. Mas como la corte entera reposaba ya en brazos de Morfeo, solo la luna tras la vidriera fue testigo de la añagaza, guardando el secreto, como era natural.
Desde las primeras luces del alba, una multitud de cortesanos merodeaba ante la puerta izquierda fingiendo pasear con displicencia. La paciencia de todos pendía de un hilo, y las damas, en particular, se consumían de pura curiosidad.
Despeinado, envuelto en su bata y con los ojos aún cargados de sueño, Janko franqueó al fin la hoja izquierda y se topó de bruces con semejante concurrencia. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y proclamó con júbilo:
—¡Vaya, el auditorio ya aguarda en sus asientos! ¡Que dé comienzo la función! Greta, amor mío, asómate un segundo; ¡descubramos al fin ante todos si eres la blanca o la negra!
Mientras la concurrencia aguardaba en vilo la comparecencia de la consorte, Janko continuó con su arenga teatral:
—¡Una dama formidable! ¡Verdaderamente portentosa! ¡Qué fortuna la mía con mis esposas, señores míos! ¡En especial con esta que ha engalanado mi lecho esta noche! ¡Cuánto ardor! ¡Cuánta ternura! ¡Qué calidez! ¡Qué sed insaciable! ¡Puro fuego y arrebato sin tasa!
En el vano de la puerta asomó una de las duquesas Greta, envuelta en su bata, con los labios encendidos y carnosos por los besos recibidos y una chispa de picardía en el fondo de las pupilas.
—¡Amor mío! —exclamó Janko gesticulando ante la galería—. Estos hidalgos arden por conocer quién es la mujer más fogosa del orbe que ha consagrado sus días a mi vera. Acércate, déjame contemplar tu emblema.
Greta no se apresuró a acudir al llamado; se detuvo en el umbral y dio un paso a un lado para dejar ver... a la otra Greta a su vera. Ambas contemplaban a Janko con sorna y guardaban un silencio cómplice. El bufón, que abría ya la boca para soltar otra proclama grandilocuente, se quedó petrificado con los labios entreabiertos. Al igual, huelga decirlo, que la corte entera. El silencio se tornó sepulcral.
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Editado: 22.09.2026