73. Nuevos Puentes Heroicos
—Siempre pecaste de excesiva soberbia al confiar en tus engendros de piedra, Davon —sentenció Ansi—. En esta era preví su advenimiento, pues la memoria ha regresado a mi esencia divina. ¡Márchate para siempre de mis dominios! ¡Junto con la totalidad de tus vishaps!
Ansi arrancó de golpe las espadas del torso de Davon, y el gigante se desplomó de rodillas, boqueando en busca de aire. Sus letales jabalinas mágicas, que un instante antes silbaban en el firmamento, se quebraron como ramas secas, precipitándose sobre la arena antes de disolverse en la nada. La vida abandonaba al vishap al unísono que su poder arcano.
—No... —jadeó Davon llevándose la mano al pecho y contemplando la palma empapada en escarlata—. ¡No... es... posible!... ¿Cómo?... Si tú... Allá...
El coloso soltó su terrible hacha y, con dedo trémulo, señaló hacia el otro Ansi que, bañado en sangre, se retorcía entre los dos destructivos torbellinos de arcilla; mas no alcanzó a concluir la frase: cayó de bruces contra la tierra y ya no volvió a incorporarse. Su anatomía comenzó a transmutarse súbitamente en roca, la cual se resquebrajó de inmediato, reduciéndose a ceniza y polvo. Muy pronto, en lugar del cadáver de Davon, a los pies de Ansi solo reposaba un montículo de arena. Aquel despojo constituía cuanto restaba del temible vishap de cinco varas de alzada. Únicamente la formidable hacha daba fe de que instantes atrás una deidad todopoderosa la blandía entre sus puños; mas el arma comenzó a hundirse en las entrañas del suelo hasta esfumarse como si jamás hubiese existido.
Las raíces que me suspendían en el aire perdieron su vigor y me precipité al vacío desde las alturas; sin embargo, al rozar el suelo, las gigantescas palmas de Ansi me acogieron con presteza, posándome sobre la hierba con infinita dulzura.
El dios araña comenzó a menguar con celeridad pasmosa, y en un parpadeo volví a tener ante mis ojos a mi adorado Jonathan, tal y como lo guardaba en el corazón: gallardo, vigoroso, viril... Me arrojé a su pecho y rompí en un llanto incontenible. Mi esposo me estrechó contra sí con devota firmeza, susurrando a mi oído:
—Edelina, amor mío...
—¡Jonathan, qué angustia tan atroz he padecido, qué pavor! —sollozaba con el rostro hundido en su jubón—. Temí... que habías perecido... ¡Esos torbellinos de tierra! ¡Eran espantosos! ¡Y tanta sangre!...
Dirigí la vista hacia el paraje donde aún danzaban los dos husos de polvo; mas a ojos vistas aminoraban su giro, perdiendo fuerza al extinguirse la magia que los sustentaba, hasta desplomarse como su artífice en dos montículos inertes de arena y cascotes, en medio de los cuales aún se erguía el dios araña Ansi bañado en sangre. Y al latido siguiente, aquella figura se desvaneció. ¿Cómo era concebible? Si Jonathan se hallaba aquí, a mi vera. Al advertir mi desconcierto, Jonathan me dedicó una sonrisa cómplice:
—Urjí un espejismo en el instante preciso en que me impulsé hacia lo alto con mis resortes arcanos —me confió Jonathan, apretándome contra su pecho—. Remonté el vuelo hacia las nubes y proyecté parte de mi poder en moldear una réplica de mi figura. Mi otro yo, forjado enteramente por miríadas de diminutos arácnidos mágicos, tomó tierra a la espalda de Davon y se batió en duelo con él. Aquello demandó una suerte de desdoblamiento nada sencillo, ¡pero solo tenía tu imagen en el pensamiento! Los torbellinos telúricos dispersaban a mis arañas, mas el sortilegio era recio: la efigie preservaba su forma y vertía sangre con sobrecogedor realismo...
—¡Esa sangre me desgarró el alma! —confesé—. ¡Juré que habías sucumbido! ¡Y no hallaba modo de socorrerte, pues el vishap Davon drenó hasta la última chispa de mi poder!...
—Mi memoria, o más bien la del semidiós Ansi, se restableció por completo en cuanto recordé mi condición de monarca y de esposo tuyo. Y a ese ídolo lo identifiqué tan pronto alzó la voz y proclamó su nombre. Davon es el espíritu de las arenas marchitas y de los vientos desoladores. Acostumbra anidar allá donde reposan los dioses extintos. Ocupa el seno de los vishaps comunes de roca o se adueña de los riscos para propagar la ruina a su alrededor. El vishap Tartan no es más que un ente menor que habitaba su coraza de piedra desde tiempo inmemorial; ahora se ha dado a la fuga y confío en que no ose asomar jamás por la capital. Y en cuanto a Fantir, se vio arrastrado a este trance por puro azar: ya fuiste testigo de que antaño fue un simple mortal —Jonathan exhaló un suspiro—. Lamento no haber aniquilado a Davon de forma definitiva. Los dioses renacen al cabo de los siglos. Dentro de trescientos o cuatrocientos años volverá a encarnarse en alguna materia para traer desgracias a las gentes. Confío en que el futuro rey investido como Ansi halle asimismo a su dariyam a tiempo y doblegue a esa deidad sanguinaria. Conviene consignar por escrito cada una de nuestras andanzas, a fin de que en las crónicas de los reyes venideros de Mixteia quede constancia de los pasos que tú y yo hollamos, amada mía, para desterrar a ese numen oscuro. Las encarnaciones pretéritas de Ansi no gozaron de tanta ventura: yo, el dios araña de antaño, sucumbía bajo el hacha de ese miserable —rememoró Jonathan—. ¡Mas en esta era caminabas a mi lado, dueña de mi corazón, mi dariyam, por quien sería capaz de derribar cordilleras enteras; a tu vera, ¡un semidiós cualquiera no me dura ni un bocado! —Jonathan prorrumpió en una carcajada limpia.
—¿Y qué nos depara el destino ahora? ¿Ha quedado quebrantada la maldición de los vishaps sobre la urbe? —inquirí, con el corazón en vilo por la suerte de los Puentes Heroicos.
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Editado: 22.09.2026