La Prometida Gris

Epílogo

Epílogo

—Jeanne la Blanca —arqueé las cejas con fingida severidad y fruncí el ceño—: ¿acaso es propio de una princesa corretear con las vestiduras tan tiznadas? ¡Contempla a tu hermana! ¡Ella no anda pringada de chocolate de pies a cabeza!

Regañaba con gravedad simulada a mi pequeña de cinco años, que lucía en verdad como un auténtico tiznajo. Jeanne la Negra se hallaba sentada a su vera; mas lejos de guardar silencio, fue ella quien salió en defensa de su gemela:

—¡Madre, Jeanne no ha sido! ¡Fueron Limoncita y Telita las que comieron pastel de chocolate y luego se pusieron a gatear sobre ella! ¡Mira nada más, son huellas de patitas!

Agucé la vista: en efecto, eran manchas menudas, pero tupidas.

—¿Dónde andan esas arañitas granujas? Karena la Blanca, trae una jofaina con agua, ¡vamos a lavar patitas y manitas de inmediato!

Cuidar de los pequeños me colmaba de dicha. Acaso no se antojase el quehacer más idóneo para la soberana de una nación tan vasta, próspera y reverenciada por los reinos vecinos como Mixteia, mas me traía sin cuidado el protocolo: siempre viví atenta únicamente a los dictados de mi corazón. Se me antojó llamar a mis hijas en honor a Janko, y así lo dispuse. El hermano del rey y leal amigo mío apreciaba aquel gesto en lo más profundo de su ser y profesaba una adoración ciega a sus sobrinas.

Limoncita y Telita aparecieron agazapadas tras los cortinajes; las bribonzuelas movían los quelíceros pringados de cacao y sembraban las colgaduras de menudos borrones pardos. ¡Otra vez la servidumbre tendría que mudar las cortinas de los ventanales! En cambio su hermano, Ansito —a quien bauticé en tributo al dios araña—, mostraba una prudencia consumada. Jamás quebrantaba norma alguna: se suspendía de un hilo de seda bajo el artesonado y contemplaba el mundo en derredor, escudriñando las estancias, las gentes y cuanto alcanzaba su mirada. Y cuando le daba por cantar, a imitación de su padre, desgranaba melodías tan primorosas que las damas de honor acudían presurosas desde cada ala del alcázar para deleitarse con sus sones mágicos.

Por su parte, Lupus y su consorte, la dama arácnida Lupita, se hallaban sumidos en su gran transmutación. Cada lustro, según descubrimos, las arañas mágicas renuevan su envoltura: mudan el caparazón vetusto y estrenan una coraza nueva. ¡Incluso les es dado alterar su coloración! Me reconcomía la intriga por saber si Lupus conservaría su encendido tono carmesí. Semejante metamorfosis se dilataba varias semanas, por lo que los progenitores se retiraban a un rincón umbrío y recogido para permanecer allí durante el proceso. En el alcázar les destinamos una cámara reservada, cerrada a cal y canto, donde nadie osaba turbar su reposo.

Así pues, la crianza y el cuidado de los tres retoños recaía en mis manos durante aquel lapso. La camada de Lupus y Lupita constaba de tres crías: dos hembras —Limoncita (por su sutil matiz amarillento) y Telita (que pasaba las horas hilando madejas y alfombrando aposentos y galerías con hebras níveas)— y el pequeño Ansito.

Los arácnidos de linaje mágico demoran largos años en florecer. Habrán de discurrir cerca de dos decenios antes de que alcancen la madurez plena. A semejanza de los mortales. Por ello los acogía en mi regazo como a mis propios vástagos, procurando inculcarles honradez, decoro y pulcritud...

Una vez que todas las criaturas quedaron lavadas y acicaladas, las sirvientas vistieron de gala a las pequeñas Jeanne para salir a pasear. Por mi parte, acudí presurosa al encuentro de mi esposo, quien debía estar concluyendo la audiencia con los emisarios de Grandia; me había prometido sumarse al paseo. Crucé el umbral del salón del trono y me quedé de piedra: ¡mi señor estrechaba entre sus brazos a una mujer! ¡Se me nubló la vista de puros celos! Mas la dama se volvió... y exhalé un suspiro de inmenso alivio y gratitud: se trataba de Gracina la Blanca, mi regia suegra y madre de Jonathan. Había arribado en el seno de la misión diplomática, tal como hiciera cinco años atrás, cuando el soberano y yo trajimos al mundo a nuestras gemelas. En aquella ocasión rebosaba una dicha tan desbordante que apenas cabía en sí de gozo. Le insistimos para que prolongase su estancia, mas rehusó aduciendo perentorios quehaceres. Nos llegaron ecos de que en la corte de Grandia la rondaba un pretendiente que no cejaba en cortejarla e implorar su mano. Con todo, la reina madre titubeaba sin cesar. Mas en este instante distinguí el brazalete conyugal brillando en la muñeca de Gracina la Blanca y el corazón me dio un vuelco de alegría.

—¡Alteza, cuánto celebro la nueva! —exclamé corriendo hacia la reina madre—. ¿Al fin os habéis resuelto a dar el paso?

La mirada de la dama destelló con ese fuego inconfundible que solo arde en los pechos bendecidos por el amor:

—Así es, Edelina; acepté la propuesta de mi antiguo galán, un caballero con quien compartí confidencias en los años mozos de la infancia y la juventud. Viudo desde hacía largo tiempo —sus dos consortes fallecieron hace incontables lunas—, reanudó el cortejo nada más pisar yo mi tierra natal. ¡Válgame el cielo, pasión a estas alturas de la vida! Sentía sonrojo y presumía que era tarde para rehacer mis días. Pero... Partis resultó sumamente persuasivo —sonrió con ternura y señaló a un hidalgo que aguardaba a prudente distancia—. Permitidme presentároslo: es mi señor esposo Partis el Blanco, jefe supremo de la legación diplomática del reino de Grandia.

El distinguido y gallardo señor Partis el Blanco, luciendo con empaque su casaca de general, me besó la mano con señorial reverencia. Advertí la devoción sin tasa con que ambos amantes se contemplaban, y comprendí que el amor ignora las barreras del tiempo, la juventud o la senectud: el arrebato del corazón prende en cualquier estación de la vida, cautivando a quien halla un alma gemela capaz de comprenderlo con un solo pestañeo para transportarlo a otra dimensión... al edén de la pasión compartida.




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