61. El cabello
Me embargaban sentimientos encontrados: por un lado, ¡sentía una dicha inmensa al saber que Jonathan el Blanco continuaba con vida! Habría cubierto de besos a mis aliados, tanto a Janko como al señor Michael, pues gracias a su coraje el soberano eludió la tumba, y ambos nos brindaron su auxilio en una hora tan amarga.
Fuese como fuese, Jonathan el Blanco, aun transfigurado en una entidad insólita y enigmática, se había puesto a salvo y conservaba el hálito vital. No cabía en mi cabeza que Jonathan el Negro le hubiera brindado semejante tregua, ni aun convenciéndolo de que su hermano aún respiraba. Muy al contrario: habría puesto todo su empeño en sepultarlo cuanto antes, obcecado como estaba con ceñirse la corona real.
Me preguntaba cómo se las habría ingeniado aquel canalla para zafarse de su cautiverio en mis aposentos. Siendo un hechicero de gran poder, como mi marido, acaso contara con talismanes protectores o con algún lazo místico... No me extrañaría en absoluto que las hermanas Greta hubiesen metido baza en el asunto.
Sin embargo, por otro lado, el desamparo me oprimía el pecho: ¡las huestes de Jonathan el Negro nos habían capturado a Janko, al señor Michael y a mí, y al día siguiente nos aguardaba el patíbulo!
¿Acaso no restaba nada por hacer? ¿Nadie acudiría a nuestro rescate? El monarca se había desvanecido en el cielo convertido en semidiós, e ignoraba si aún conservaba la consciencia de su humanidad. Pues Jonathan el Blanco, de haber sabido y comprendido lo que acontecía, habría volado en mi auxilio sin vacilar. Tenía la certeza de que me amaba con la misma intensidad, incluso transmutado en aquel ser misterioso.
¿Y si había perdido la memoria? Afrontar semejante transmutación debió suponer una conmoción atroz para su ser: mudar en una entidad enteramente distinta, perfeccionada y de inmenso poder mágico... Conservaba la esperanza de que regresaría, una vez comprendiera y asimilara su verdadera naturaleza. ¡Qué aciago resultaba que semejante portento se hubiese desatado en un trance tan crítico para la paz del reino!
—Lo más seguro —susurró el señor Michael mientras nos conducían hacia el carromato de prisioneros— es que hallemos la muerte, ¡mas no me pesa en absoluto! Doy gracias a los cielos por haber presenciado el advenimiento de Ansi.
Janko mostraba un semblante sombrío, aunque imagino que ya cavilaba en su fuero interno el modo de urdir una fuga, fiel a su inquebrantable optimismo. ¡Ah, si tan solo pudiera recurrir a mis dones! Los aros antimagia continuaban atenazándolos sin piedad.
En el interior del furgón me colocaron grilletes tanto en las muñecas como en los tobillos. Por añadidura, un mago ministerial tomó asiento a mi vera sosteniendo una esfera encantada que me privaba del menor movimiento. Al lado de Janko y del señor Michael apostaron asimismo sendos centinelas. El trayecto se hizo interminable; nosotros guardamos un mutismo absoluto, pero los guardias no tardaron en soltar la lengua. Con miradas de reproche, comenzaron a desgranar los pormenores sobre la captura de los sediciosos. Y así supe de qué manera Jonathan el Negro había dado con nuestro rastro.
Resultó que a Jonathan el Negro lo habían librado de su improvisada prisión las mismísimas hermanas Greta. Desde muy temprano, las doncellas ardían en deseos de entrevistarse con él. Al no hallarlo en sus estancias, corrieron presurosas hacia la capilla del difunto rey, suponiendo que se encontraría disponiendo los preparativos del entierro. Menudo debió ser su pasmo al toparse con el oratorio desierto, salvo por dos alabarderos que yacían petrificados en el suelo. Las hermanas dieron la voz de alarma. Comenzaron a rastrear a Jonathan el Negro por cada rincón del alcázar y, como era de prever, acabaron forzando el paso hacia mis habitaciones. Liberaron al rufián y movilizaron de inmediato a todo el cuerpo de los polícitas.
Los gemelos Arnold, ministros de la guardia, ejecutaron en persona un ceremonial de rastreo arcano tanto de Jonathan el Blanco como de mi propia persona, valiéndose de la abundancia de prendas íntimas nuestras que aún se conservaban en palacio. Y de ese modo dieron con nosotros. El propio Jonathan el Negro se puso al frente de la comitiva de hechiceros y soldados para cerciorarse con sus propios ojos de la captura de los fugitivos...
Al recluirme en el calabozo me retiraron los hierros de los tobillos, pero me encadenaron las muñecas a sendas argollas empotradas en la sillería. La longitud de los eslabones me permitía a duras penas sentarme o recostarme sobre el estrecho camastro adosado al muro de piedra. Semejante rigor —tratarme cual a una de las forajidas más temibles del reino— respondía a una orden expresa de Jonathan el Negro; el miserable temía que volviera a escabullirme. Esta vez, sin embargo, la fuga se antojaba una quimera: habían apostado una vigilancia asfixiante ante mi celda, con dos centinelas apostados tras el batiente y un mago que se presentaba cada hora para comprobar si continuaba en mi puesto y si los aros antimagia permanecían intactos.
Al caer la noche hizo acto de presencia el mismísimo Jonathan el Negro. El canalla destilaba un rencor demoníaco. Traspuso la entrada lanzándome una mirada torva y despidiendo furia por cada poro de su piel. Me volví en tensión; me hallaba en pie junto al minúsculo ventanuco enrejado, por el que apenas cabría una mano, rumiando mis amargos pensamientos.
Cerró la puerta a sus espaldas, acortó la distancia de una zancada y me asestó una bofetada colosal en pleno rostro. El brutal impacto me proyectó contra el muro; perdí el equilibrio y resbalé hasta el suelo. Los eslabones tintinearon con estrépito, pregonando la gravedad de mi destino.
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Editado: 22.09.2026