72. La batalla decisiva
Davon el Mortífero atacó a traición. Los diminutos arácnidos de Ansi aún terminaban de forjar la defensa sobre sus hombros, entrelazando placas protectoras impenetrables, cuando el titán fingió una finta hacia la derecha y, agachándose con presteza, se deslizó hacia la izquierda descargando un hachazo colosal contra las piernas del soberano. Mas el monarca no bajó la guardia: de los hombros del gigantesco dios araña brotaron disparadas unas maromas de telaraña tan gruesas como cabos de navío; en un parpadeo se ovillaron en dos espirales flexibles, del grosor de troncos añosos, y rebotaron con violencia contra el suelo. Impulsado por la fuerza elástica de sus propios hilos trenzados, Ansi voló por los aires, sobrevoló la testa de Davon el Mortífero y tomó tierra limpiamente a la espalda de su enemigo. El hacha del coloso barrió el espacio donde un latido antes reposaban las plantas del rey, segando las espirales de seda cuando Ansi ya surcaba las alturas.
El vishap giró en redondo con violencia, ansioso por plantar cara a su adversario y asestar una nueva embestida, mas el dios araña, acaso ya en pleno vuelo, había urdido millares de filamentos sutiles, recios cual acero y elásticos cual caucho. Salieron disparados en haces desde las ocho extremidades de Ansi, envolviendo a Davon el Mortífero en una densa urdimbre para trabarle en primer término brazos y piernas. Por desgracia, el gigante logró blandir a tiempo su hacha encantada, quebrando parte de las hebras que se cernían sobre su cabeza. Mas los hilos que atenazaban las plantas del ídolo de piedra redoblaron su presa, cerrándose con vertiginoso frenesí. Ansi tiró con un seco tirón de brazos y Davon el Mortífero perdió el equilibrio, estrellándose cuan largo era contra el lecho de tierra, que tembló bajo el impacto de semejante mole. El rey se abalanzó al frente para ensartar al vishap con sus aceradas espadas, pero una formidable tromba de tierra y cascotes brotó al instante ante el caído para escudarlo, repeliendo el embate del monarca.
El brazo libre de la pétrea deidad mutó de golpe en un filo kilométrico y aguzado; con un tajo furibundo cercenó la urdimbre que le maniataba los empeines y las rodillas, se puso en pie de un salto e invocó un segundo torbellino de tierra. Ambos vórtices convergieron sobre Ansi girando como muelas de molino y cerrando el cerco sobre su figura. El soberano pugnaba por zafarse, hendiendo los torbellinos con sus espadas; mas apenas el acero abría una brecha en la masa de piedra y arcilla que nutría a aquellos letales elementales, la fisura cicatrizaba en el acto, revitalizada por la hechicería del vishap. Ansi parecía atrapado entre dos engranajes cortantes y mortíferos que se aproximaban de manera inexorable, amenazando con despedazar al semidiós en dos mitades. Los guijarros y el poder arcano de aquellos remolinos desgarraban la coraza de telaraña del monarca, segando con la precisión de una navaja primero la urdimbre sutil, luego las vestiduras, y alcanzando al fin la carne para abrirle hondas laceraciones. Los primeros hilos de sangre tiñeron la piel del soberano. Sus brazos se cubrieron de arañazos y magulladuras provocados por la lluvia de arena y cascotes afilados. Molineteaba sus ocho espadas como aspas enfurecidas, mas de poco servía: las moles de tierra apretaban su cerco sobre la cabeza y el torso del dios araña. Ansi batallaba por salir de aquel molino implacable, pero yacía atrapado; sus movimientos flaqueaban y comprendí con el corazón en un puño que mi señor sucumbía. Para colmo, Davon el Mortífero no permanecía ocioso. Libre de ataduras, alimentando y reforzando con sus dones a sus engendros telúricos, entonó a pleno pulmón una letanía arcana.
Comprendí que Davon el Mortífero era en verdad infinitamente más poderoso que mi amado Jonathan, quien, bajo su manifestación de Ansi, se asomaba al abismo de la agonía. Si no acudía de algún modo en su auxilio, perecería ante mis ojos. ¡Por San Eufemio y Santa Justina! ¿Qué podía hacer una simple mortal?
Mientras mil pensamientos febriles se arremolinaban en mi mente sin dar con una tabla de salvación, Davon el Mortífero concluyó su conjuro: ante su figura cobraron cuerpo varias picas de roca afiladas, de la longitud y el grosor de los árboles más encumbrados de la floresta. Mas no se apresuró a descargarlas contra un extenuado Ansi que, cual si pisara arenas movedizas, se hundía irremediablemente en los vórtices de barro, incapaz de romper la tenaza de aquella doble espiral mágica.
—¡Adiós, insensato presuntuoso! —comenzó a vociferar con regocijo Davon el Mortífero—. ¡Tu consorte demostró ser más cuerda que tú! Más te habría valido prepararte; acaso así la victoria me hubiese sabido más dulce. ¡No habrías caído tan fácilmente en mi cepo de tierra! ¡Hermosa y astuta! ¡La combinación que me fascina! ¡Con más deleite me recrearé al someterla! Ahora exhalarás el último aliento, ¡y la poseeré aquí mismo, sobre las cenizas que resten de tu osamenta arácnida!
Las picas suspendidas ante Davon el Mortífero comenzaron a girar sobre su eje, despacio al inicio y con vertiginoso compás después, vibrando con un chirrido agudo que hendía el aire y desgarraba los tímpanos.
—¡No! —grité descompuesta, advirtiendo con infinita angustia que las fuerzas de Ansi se extinguían. La sangre que manaba de sus brazos y piernas salpicaba en un rocío escarlata, tiñendo de rosa la armadura argéntea del dios de plata.
—¡Sí, contempla la verdad! —tronó la carcajada de Davon el Mortífero—. Tu esposo morderá el polvo y la ciudad entera doblará la cerviz a mis plantas, ¡al igual que tú, hermosura! ¡Vivo para estos instantes de gloria! ¡Valió la pena aguardar centurias petrificado! ¡Este es mi triunfo supremo, y pienso prolongarlo por toda la eternidad!
#81 en Fantasía
#14 en Magia
#704 en Novela romántica
horadeamar, intrigas de la corte real, amor celos aventuras pruebas
Editado: 22.09.2026