57. El plan
—¿Y qué demonios se te ha ocurrido? —inquirí picada por la curiosidad—. Ni siquiera sé cómo cruzar el umbral de mis aposentos, y tú me vienes hablando de rescatar al soberano.
—De rescatarlo, precisamente —asintió Janko—. O mejor dicho, de perpetrar un secuestro. Debemos ingeniárnoslas para llegar hasta el rey, sustraer su cuerpo y ponerlo a buen recaudo en un escondite seguro. Doy por sentado que Jonathan el Negro apostará centinelas a las puertas de la capilla. Preciso es movernos al abrigo de la noche, cuando el ir y venir por los pasillos amaina. Lo sacaremos de aquí y velaremos su letargo hasta que culmine su transformación. ¿Cuánto tiempo tomará semejante prodigio? —lanzó la pregunta hacia el señor Michael.
—Una jornada, a lo sumo jornada y media. Es un proceso vertiginoso —precisó este—. Lo más probable es que mañana al mediodía el monarca haya completado su transfiguración. Pero si le dan sepultura con las primeras luces del alba... no llegaremos a tiempo; de modo que sustraerlo se torna en nuestra única tabla de salvación.
—Involucrar a una muchedumbre en semejante despropósito sería una insensatez —prosiguió Janko, clavando sus ojos en mí—. Iremos únicamente el señor Michael y yo. Mas topamos con el dilema de franquear las salidas del castillo. El sortilegio del salvoconducto apenas conserva su vigor durante medio día. El mío expira al caer la tarde, ¡pues Jonathan el Negro me lo estampó con la única condición de que abandonara el palacio hoy mismo! —el bufón extendió la diestra para exhibir un emblema circular grabado a fuego sobre su palma.
—Y nosotras trajimos al señor Michael y mandamos llamar al mayordomo para que le franquease el paso; él también porta, como nosotras, un sello que caduca al oscurecer —asintió Termantia la Negra, mostrando a su vez la marca en su piel.
—La capilla fúnebre donde reposa el cuerpo del monarca se halla en la planta baja, en el recinto consagrado a los rezos y a las ofrendas sagradas. Si la fortuna nos sonríe y logramos sacar el féretro, deberemos transportarlo más allá de los muros palaciegos y ocultarlo en un rincón inexpugnable —Janko se quedó meditabundo.
—Podríamos guarecerlo en nuestra barriada, bajo los puentes —propuso el señor Michael—. Mi hermano, Michael el Negro, se marchó a otra comarca hace medio año y su casucha permanece deshabitada. Queda bastante apartada del caserío principal. Cierto es que se asienta justo bajo el tercer puente, del cual suelen desprenderse pesados peñascos de cantería de cuando en cuando; motivo por el cual mi hermano y los suyos se mudaron a Krubat. Pero allí, en ese chamizo ruinoso, nadie nos pondrá la vista encima.
—Formidable —aprobó Janko—. ¡Solo nos resta asaltar al canciller, darle matarile y arrebatarle el sello de salvoconducto! ¡Hace tiempo que me arden las manos por partirle la jeta a ese miserable! ¡Nos traemos cuentas pendientes de viejo!
Ignoraba si Janko hablaba en broma o si planeaba en serio el degüello del canciller, de modo que me apresuré a serenar a mis aliados:
—¡Yo poseo el sello de salvoconducto! Pertenecía al rey. Aunque me temo que Jonathan el Negro no tardará en percatarse de su ausencia y vendrá a pedirme cuentas. Por tanto, debéis marcharos de inmediato; te lo entrego a ti, Janko —lo extraje de los pliegues de mi saya y se lo encajé al bufón entre los dedos, no sin antes, por pura cautela, estamparme la marca en mi propia palma.
—Bien mirado, para que la empresa corra con viento a favor, convendría entretener a Jonathan el Negro esta noche y evitar que baje a inspeccionar el cuerpo en la capilla hasta el despuntar del alba —apuntó el bufón.
—Yo me encargaré de distraerlo —asentí resuelta—. Ruego a los cielos contemplar a mi esposo al filo del mediodía, pues dudo que mis fuerzas y mi cordura resistan más allá de esa hora. Apenas consigo soportar la presencia de ese engendro de Jonathan el Negro, ¡así que fingirme dócil y zalamera ante él me supondrá un calvario insufrible!
—Si con las primeras luces ya hemos puesto tierra de por medio y Su Majestad yace bien resguardado —Janko se puso en pie y se arrimó al batiente—, confío en que al mediodía nuestro soberano irrumpa de nuevo en este recinto investido como Ansi. Semejante entidad, hasta donde alcanza mi memoria, es prácticamente omnipresente. Él acudirá en tu socorro, Edelina. Mantente firme, reina mía.
Janko forcejeó con el cerrojo, cerrado a cal y canto desde el exterior por mandato del propio Jonathan el Negro, y comenzó a aporrear la madera. Chasqueó la cerradura y en el vano aparecieron dos alabarderos. Franquearon la salida al bufón, al señor Michael y a las sirvientas Termantia —quienes me dedicaron una reverencia de despedida cargada de devoción—, y volvieron a echar la llave de golpe. Me quedé a solas. Toda nuestra suerte pendía de aquel ardid desesperado. Y para que no naufragara, debía idear el modo de torear a Jonathan el Negro: retenerlo a mi lado toda la noche y, a la par, mantener a raya sus viles intenciones contra mi doncellez y mi honra. Era un empeño endiablado, casi una quimera.
Pasé la jornada entera recluida bajo llave en mis estancias. Me sirvieron el almuerzo y más tarde la cena, pero la inquietud no me daba tregua. Intenté una y otra vez arrancarme los brazaletes antimagia y despertar la chispa de mi poder, mas resultaba en vano. Me reconcomía asimismo el desasosiego por Lupus, quien desde su huida ante el hechicero real no había vuelto a dar señales de vida.
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Editado: 22.09.2026