37. "Y le tengo una envidia tremenda..."
Abrí los ojos a primera hora de la mañana. Alguien acariciaba mi cabello con una calidez sumamente grata y reconfortante. Aturdida aún por el sueño, no comprendí de inmediato qué era aquello rojizo y peludo que pendía sobre mi frente. ¡Y aquel sonido! Se escuchaba una suerte de ronroneo felino o el susurro del oleaje marino. Con frecuencia solíamos acudir con toda la corte a nuestra residencia estival junto al Mar Impetuoso. Y justo así susurraban las olas al replegarse tras romper con fuerza, regresando con parsimonia a sus confines de costumbre. Tenue, tierno, fatigado, como si tras una larga carrera tuvieran prisa por volver al hogar.
De pronto me atravesó un relámpago en la memoria: ¡el ritual, la araña, Lupus, aquel ser abominable!
—¡Aaaaah! —pegué un alarido mientras me ponía en pie de un salto y sacudía la cabeza de un lado a otro para deshacerme del arácnido.
Me puse a corretear por el dormitorio como una posesa, sin percatarme de que la criatura ya no estaba en mi pelo y que había saltado de mí en cuanto brinqué del lecho. ¡Seguramente se había llevado un susto mayúsculo!
Tras dar un par de vueltas me detuve, llevándome la mano al pecho y pugnando por recobrar el aliento.
—¡Por San Eufemio y Santa Justina! —comencé a regañar a Lupus, que asomaba aterrorizado tras la colcha arrugada—. ¡Lupus! ¡¿Qué fue lo que te ordené?! ¡No acercarte a mi cama! ¡No meterte aquí! ¡¿Y qué haces tú?! ¡Si te dispuse una camita propia!
Mi mirada se desvió hacia el barreño volcado y las toallas esparcidas por el suelo.
—¡Ajá! ¡¿Esto ha sido obra tuya?! —me indigné—. ¡¿Te niegas a dormir aparte?! ¡¿Tienes que trepar a mi lado?! ¡¿Es que no comprendes que te tengo miedo?! ¡Si es que yo...!
De pronto la puerta se abrió de par en par y entró sofocado Jonathan el Blanco, cojeando visiblemente, sin su bastón; con toda seguridad, había olvidado cogerlo de la prisa.
—Edelina, ¿te encuentras bien? —gritó desde el umbral—. He oído tu alarido y he venido corriendo. ¿Qué ha ocurrido?
¡Vaya! ¡Menudo grito debí pegar de puro pánico! Hasta Jonathan el Blanco lo había escuchado a través de la pared, pues nuestros aposentos lindaban el uno con el otro.
Se acercó a mí y me repasó de los pies a la cabeza. En ese instante caí en la cuenta de que me hallaba prácticamente desnuda ante sus ojos. El camisón estaba confeccionado con una gasa sutilísima y transparente, y el escote era lo bastante generoso como para que el rey pudiera apreciar al detalle todos mis encantos.
—No ha pasado nada —respondí, poniéndome roja como una amapola—. ¡Date la vuelta, que no voy vestida!
El monarca apartó la mirada de mis senos a regañadientes (¡vaya un descarado!) y se volvió de espaldas. Mientras me enfundaba la bata, le referí en un par de frases lo acontecido. Jonathan el Blanco soltó una carcajada:
—Pues parece que le has caído en gracia a la araña, considerando que se coló en tu cama y durmió allí.
—¡Pero si me da pánico! Finjo que todo va bien, ¡pero el asco me revuelve las entrañas! ¡Jamás lograré acostumbrarme! —me lamenté ante el soberano—. ¡Y encima se mete entre mis sábanas! ¡Le había prohibido terminantemente hacer tal cosa!
Jonathan el Blanco se giró, comprobó que ya estaba cubierta y se aproximó cojeando un poco.
—Sabes, Edelina, comprendo a la perfección a esa araña —murmuró con voz ronca—. Y le tengo una envidia tremenda.
—¿Envidia de qué? —inquirí, sin captar la intención de Su Majestad.
—De que haya dormido contigo en tu propia cama —confesó él.
Acto seguido me apartó un mechón rebelde que me caía sobre la mejilla; yo permanecía allí despeinada y con los pelos revueltos tras haber sacudido a Lupus de mi cabeza.
Aquel ademán destiló tanta dulzura y me agradó tanto por dentro que me ruboricé, me turbé y bajé la vista. Todos los pensamientos se me desvanecieron al instante de la mente, y las palabras del monarca acerca del lecho me dejaron completamente paralizada. Y ahora, díganme ustedes: ¿qué se suponía que debía replicar a semejante confesión?
—Me alegra que todo esté en orden contigo —dijo Jonathan el Blanco, encaminándose con paso renuente hacia la puerta—. Que tengas un buen día, Edelina. Hoy me aguarda una jornada complicada. Preciso profundizar en los asuntos del reino mucho más que antes, pues ya no soy un príncipe, sino el rey. También he de reunirme con el canciller y los polícitas. Es posible que haya novedades en la pesquisa sobre la muerte de mi padre. Además, tal como me aconsejaste, ayer despaché a un hombre hacia Ferania, a la taberna de la frontera. Hoy debería estar de regreso. Y tú, como reina y esposa mía, debes conocer hoy a las damas de compañía y asumir el gobierno de la corte del palacio según tus preferencias.
Al escuchar tales palabras, me quedé perpleja:
—Pero ¿para qué? ¡Todos tienen la certeza de que sucumbiré tras el ritual, de que no sobreviviré a las pruebas de los vishaps! Jonathan, ¡hay quien asegura que aquí, en el alcázar, no pinto absolutamente nada! Una reina efímera no debería tomar las riendas de palacio.
—Mmm, ¿te consideras efímera? —frunció el ceño Jonathan el Blanco—. Yo, por ejemplo, percibo que esta vez todo discurre de un modo muy distinto a las anteriores. Y yo... —el monarca vaciló buscando el término idóneo— ¡yo me siento también de una manera totalmente diferente! No sabría cómo describirte lo que experimento... Por cierto, ¿recuerdas que me prometiste desvelarme los misterios del amor? ¿Explicarme en qué se distingue ese sentimiento del simple afecto, la camaradería o la pura lujuria?
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Editado: 22.09.2026