58. "Vine a consolar a la desdichada viuda"
—Sí, te aguardaba —respondí, discurriendo a toda prisa qué demonios hacer—. Deseaba saber cómo se encuentra el rey.
—Tu rey reposa a tu vera, dulzura mía —Jonathan el Negro estiró el brazo hacia mis piernas y se puso a acariciar la rodilla que asomaba bajo la vuelta del batín—. Vine a satisfacer mi débito conyugal. ¿O qué otra pamplina suele mentarse en la noche de bodas? —el canalla soltó una carcajada sarcástica.
—¡Tú no eres mi marido ni hemos mediado nupcias! —me tiré del bajo de la saya para cubrirme con presteza—. Cuando te conviertas en mi esposo celebraremos la noche de bodas, mas por ahora...
—Mas por ahora me regalaré contigo a mi antojo —mostró los colmillos con sorna—, ¡en calidad de hermano carnal del difunto monarca que comparece a brindar consuelo a la desolada y maltrecha viuda!
Alargó de nuevo la mano en mi busca.
—Jonathan —declaré con aplomo y serenidad fingida, conteniendo el impulso visceral de clavarle las uñas en su asquerosa jeta—, sellemos una tregua. Por una vez en tu vida compórtate con sosiego y un adarme de decencia. Apenas si el cuerpo de tu propio hermano ha tenido tiempo de enfriarse, ¡y ya andas pretendiendo ultrajar a su consorte! Los decretos estipulan con claridad meridiana que seré tu mujer una vez celebradas las exequias fúnebres del soberano y consagrado nuestro desposorio. Guardemos, pues, las formas. Platiquemos un rato, bebamos una copa de vino —mandé subir lo más selecto de las bodegas del alcázar— —señalé con la barbilla la botella ya descorchada dispuesta sobre el velador—. Y cuando el rito matrimonial nos una, haz de mí cuanto te plazca; pero ahora... ¡déjame en paz!
—¡De eso nada, pajarillo! —Jonathan el Negro se alzó del lecho y marchó hacia el velador. Escanció vino de la jarra dispuesta en la bandeja y se volvió hacia mí con la copa suspendida entre los dedos—. ¡Hacer de ti cuanto me plazca es mi propósito para esta misma noche! ¡Demasiado tiempo he padecido la espera como para postergar semejante deleite a un mañana incierto! Y no vas a oponer reparo alguno; nadie acudirá en tu socorro ni distingo a mano ningún jarrón de cantería que puedas estamparme —apuró un sorbo con deleite—. Tampoco asoma esa sabandija de araña que tenías por mascota; según me informan, se dio a la fuga. Conque corrió con suerte, pues abrigaba la firme intención de machacarla bajo mi bota. Por lo demás, tus dones yacen neutralizados —el miserable dirigió una mirada cargada de mofa a mis muñecas ceñidas por los aros metálicos—. Así que poco importará que grites, que reclames auxilio o patalees: todo afán resultará estéril, pues en este alcázar todos saben que pernocto en tus aposentos. Pregoné a los cuatro vientos que venía a enjugar las lágrimas de la flamante viuda que mañana, tras el entierro del soberano, se erigirá en mi legítima esposa. De modo que un día más, o una noche de adelanto, no altera el curso del destino. Tomarte ahora o aguardar al alba, ¿qué diferencia entraña? ¡Si de todos modos ya me perteneces! ¿Y adivinas cómo acogieron la nueva los cortesanos? Me prodigaron sonrisas cómplices y me desearon buen venturoso lance. Aunque Greta la Blanca pataleó con caprichos, empeñada como estaba en compartir mi lecho en esta misma velada...
—¿Greta la Blanca? —me quedé estupefacta.
—En efecto; ordené restituir a ambas hermanas en palacio —asintió Jonathan el Negro, avanzando con parsimonia hacia la cama para acomodarse a mi lado, más próximo aún que antes, rozando mis piernas con las suyas. Bebió otro trago y prosiguió—: Son doncellas complacientes; dominan no pocas artes concebidas para el deleite varonil. Y abrigo ciertos planes para con ellas. Pues en cuanto me canse de tus mimos y me resultes insulsa y prescindible, prescindiré de ti sin titubeos. Esos absurdos rituales de los vishaps me traen sin cuidado: trasladaré la capital a otra comarca y santas pascuas. ¿Y sobre tu destino? Pues qué sé yo... te enclaustraré en algún convento. Las duquesas Greta son harina de mi costal; cuando se esmeran, regalan auténticas glorias entre las sábanas. Mas en cuanto a ti... —sus pupilas despidieron un destello depredador—, ¡pienso poner a prueba tus encantos de inmediato!
El rufián me atenazó el tobillo y deslizó su diestra muslo arriba, descorriendo el faldón de la bata.
—Desde el primer día en que nos vimos le eché el ojo a esas piernas tan primorosas —sus dedos acariciaban ya mi rodilla encogida, mientras yo aguardaba con desesperación lo que debió sobrevenir hace ya largo rato y no acababa de cuajar. ¿Acaso erré en el cálculo del tiempo? ¡Debía reaccionar! Tenía que dilatar aquel ultraje a como diera lugar.
—Sea —asentí, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no sacudirme de encima su mano ardiente—. Puesto que el trance es inevitable y ha de consumarse hoy mismo... yo... yo también preciso una copa. Sírveme un trago, haz el favor, a fin de disponerme para una velada galante.
—¿Galante? —Jonathan el Negro soltó un bufido socarrón, mas se levantó para escanciarme el licor—. Desatinas en tus cálculos, Edel. Esta noche resultará inolvidable, pero no albergará una brizna de galantería. Romper un jarrón contra mi cráneo no rezumaba demasiada finura, ¿no te parece? —apuró su copa hasta la última gota y se sirvió otra, dejándola sobre la mesa. Luego enfiló hacia mí portando el vaso que acababa de llenar, sin callar un segundo—: ¡Y en el sopapo con que mi hermano me noqueó en la galería tampoco hubo poesía alguna! ¡Caí descalabrado en el suelo! —un filo cortante y metálico tiñó su voz—. Por tanto, esta noche saldarás la cuenta con creces; pagarás cada cardenal, cada golpe, cada magulladura y, muy por encima de todo, ¡el ultraje a mi orgullo de varón, maldita víbora!
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Editado: 22.09.2026