65. El pretendiente
¡Despertar sintiendo a tu lado el reposo del ser amado es la mayor bendición de esta vida! Jonathan el Blanco aún dormía cuando descorrí los párpados. Rememoré de golpe cuanto había acontecido ayer en la explanada, cada angustia y sobresalto, mas decidí dar vuelta a esa página de mi memoria y consagrarme únicamente a lo hermoso, dulce y placentero... Por ejemplo, a la velada de anoche: tan insólita, embriagadora y prodigiosa que el mero recuerdo me encendía un calor repentino por la piel y me hacía ruborizar al evocar la infinita ternura y el ardor de mi rey. ¡Cuánto amaba a ese hombre, mi mayor dicha, el regalo que el destino me había deparado en tierra extraña, sin imaginar jamás que hallaría aquí al dueño absoluto de mi alma!
—¿Me estás contemplando? —preguntó de súbito Jonathan—. Siento tu mirada fija en mí. ¿He cambiado demasiado? —abrió sus diáfanos ojos celestes y nuestras miradas se encontraron.
—No —sonreí con dulzura—. No has cambiado en absoluto. Sigues siendo el mismo hombre al que amo con locura.
—Y tú sigues tan fascinante como el primer día —susurró Jonathan atrayéndome hacia su pecho para posar sus labios en los míos—. ¡La criatura más primorosa de este mundo, por la que arrasaría la tierra entera si osara interponerse entre los dos!
—Mejor salvemos este mundo para permanecer unidos para siempre —repuse entre los besos ardientes de mi esposo—. Bien recuerdas que si fracasamos ante los vishaps, exhalaré el último aliento.
—Jamás consentiré semejante tragedia —Jonathan ensombreció el semblante y me apretó con más fuerza contra su cuerpo—. Después de todo, he renacido como semidiós. Sé y distingo muchas cosas ocultas. Pero no soy omnipotente, claro está. Los vishaps son espíritus primigenios que escapan a mi arbitrio. Se rigen por sus propias leyes, y medir mis fuerzas contra ellos en combate abierto no me es dado. Así pues, debemos consumar cada una de sus pruebas. Confío ciegamente en que lo lograremos si volcamos todo nuestro empeño...
—En efecto; ¿acaso no partimos hoy hacia Fontanna? Mencionaste que allí se erigen otras efigies de vishaps. Acaso entre ellas repose la prometida de ese coloso, de Fantir el Feroz. Conviene ponerse en pie; a buen seguro los vasallos se agolpan ya tras el batiente de nuestros aposentos, temiendo por nuestra salud, pues desde que nos encerramos ayer a mediodía no dimos señales de vida hasta el alba —reí de buena gana al recordar cómo Jonathan mandó subir un festín copioso, atrancó la puerta en las mismísimas narices del canciller y de una corte acongojada, y comenzó a colmarme de caricias. Aquel deleite se prolongó largamente en el aposento de baño y más tarde sobre el lecho nupcial.
—Imagino que si aguardan un poco más, no se les caerán los anillos —Jonathan me clavó una mirada cargada de intención—. Soy el rey, y semejante corona me faculta para obrar a mi entera voluntad.
—Vaya, siempre creí que los monarcas eran, por el contrario, los seres más atados de pies y manos —suspiré—. Encadenados a las leyes, a la moral y a rígidos protocolos, aunque... ciertamente tú puedes permitirte cualquier capricho...
Le dediqué un guiño cómplice y él, desentrañando mi insinuación al vuelo, selló mi boca con un beso abrasador...
En el salón del trono, adonde acudimos entrada ya la mañana tras el desayuno y un par de audiencias perentorias con varios dignatarios, hervía una concurrencia considerable. La corte entera ardía en deseos de presenciar con qué galán comparecerían las duquesas Greta ante Su Majestad. El rey había sido tajante: las enclaustraría en un convento si no presentaban hoy ante el trono a sus futuros desposados.
Las señoras Termantia y mis doncellas Karena, encargadas de acicalarme al alba, me pusieron al tanto de las comidillas que corrían como la pólvora por los pasillos mientras mi señor y yo descansábamos.
En primer lugar, las duquesas Greta se habían dedicado a visitar a los solteros más acaudalados y linajudos de los Puentes Heroicos. Les ofrecían sus manos e incluso, según las malas lenguas, sumas astronómicas y un contrato matrimonial sumamente ventajoso con tal de eludir los muros del claustro. Mas en la capital todos conocían el genio indomable de las gemelas y sus devaneos con el falso monarca Jonathan el Negro. Ni las mayores fortunas bastaron para tentar a los pretendientes.
Tras recorrer un sinfín de residencias nobles y cosechar portazo tras portazo, regresaron a palacio con las manos vacías —o más bien sin acompañante alguno—, echando chispas de rabia. Se murmuraba que, en medio de su cólera, Greta la Blanca se había enzarzado en disputas con todas las damas de honor y con media corte. Y con las luces del alba, el rumor era unánime: las duquesas seguían compuestas y sin novio, mientras los solteros de palacio se daban maña para no cruzarse en su camino...
En segundo término, entre la plebe comenzaba a propagarse la funesta especie de que dentro de dos días los Puentes Heroicos se derrumbarían por completo. Dado que en dos jornadas exactas Jonathan el Blanco y yo debíamos presentarnos ante los vishaps con la resolución de la segunda encomienda, resultaba evidente que el pueblo albergaba dudas sobre nuestra victoria. Aquello causaba honda extrañeza, pues apenas ayer reinaba la calma. Jonathan había jurado ante la multitud que batallaríamos sin descanso por superar el rito. Y todos habían marchado a sus hogares colmados de fe y certidumbre. Máxime cuando la investidura de su monarca como semidiós multiplicaba las esperanzas. Mas ahora cundía una turbación perversa entre las gentes. Algo no encajaba. Daba la impresión de que una mano invisible sembraba la cizaña a conciencia. Y de no haber visto fenecer a Jonathan el Negro ante mis propios ojos, habría jurado que era obra suya, pues encajaba con su afán de socavar la autoridad de su hermano. Mas aquel desalmado había perecido y se había desvanecido como la niebla matutina; ¡yo misma fui testigo de su fin! Significaba, pues, que otra sombra conspiraba contra el reinado de Jonathan el Blanco, deseando nuestro fracaso ante los gigantes y propagando el pánico por las calles.
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Editado: 22.09.2026