35. Un nombre para la araña
El rey, meneando la cabeza con incredulidad, se retiró a sus aposentos, mientras yo, bajo las miradas aterrorizadas de las sirvientas Karena, crucé con decisión el umbral de mis habitaciones. Ni rastro del engendro escarlata por ningún lado. Recorrí las estancias a la carrera, escudriñando debajo del lecho, de las mesas, de los canapés, tras los armarios y entre los cortinajes. ¡Se había esfumado como si se lo hubiera tragado la tierra! Y bien, ¿adónde demonios se habría metido? ¡Capaz era de aparecer en el instante más insospechado y darme un susto de muerte! Ya me imaginaba tumbándome a descansar, conciliando el sueño... y despertando al notar una araña inmunda y peluda gateando sobre mi cuerpo... ¡Oh, no! ¡Semejante suplicio no lo resistiría!
Llamé a las doncellas, y ambas se pusieron a rastrear a la alimaña a mi lado. En vano. Terminamos todas rendidas. Les ordené entonces que volvieran a sus quehaceres, asegurándoles con deliberada entereza y fingida valentía que las arañas no me causaban el menor temor, y que en cuanto asomara la atraparía de inmediato.
Las hermanas Karena me ayudaron a mudar de ropas, a tomar un baño y a recomponer mi figura. Acto seguido se retiraron apresuradas a sus cuartos: desfallecían de hambre y de fatiga. A mí, en cambio, me aguardaba todavía la cena de gala.
Permanecía sentada ante el tocador, a punto de partir, contemplando mi semblante marchito y agotado: ¡cuántas impresiones y sobresaltos concentrados en una sola jornada!
Mis pensamientos volaban hacia Jonathan el Blanco. Mi legítimo esposo. Oficial y consagrado ante la ley. El rey. ¡Y yo me había convertido en reina! Exhalé un suspiro. ¡Qué contento se pondría mi padre si llegara a saberlo! Aunque, a buen seguro, ya le habrían mandado recado. Estará henchido de júbilo. Y mi madre con mi tía, radiantes de gozo. Ignoran que sobre mi cabeza pende una condena de muerte. ¡Menudo desengaño se llevarán cuando dentro de un mes les anuncien mi deceso! Dijeran lo que dijesen, mis progenitores me querían. A su manera, pero me querían.
Y me carcomía otra inquietud más: la noche de bodas. Pues, en rigor, mi noche de bodas ya había caído sobre nosotros. La medianoche rozaba las esquinas. Habíamos regresado a deshoras de aquel ritual. ¿Honraría Jonathan el Blanco su palabra? Había prometido que todo sería una farsa, sin consumación conyugal. Y yo... temía la llegada de esta noche, pero, para ser franca, también la aguardaba con una secreta expectación.
Me asustaba que el rey, desdiciéndose de todas sus promesas, acudiera a reclamar su débito conyugal. ¡Uf, las mejillas me ardían de solo pensarlo! No sabía qué esperar de mis propias reacciones en semejante trance.
¿Acaso me resistiría a las caricias del soberano, de mi legítimo marido? Éramos dos extraños. Apenas conocía su talante como varón. Por otra parte, tal vez el infame Jonathan el Negro tuviera razón: sucumbiré sin haber conocido varón, sin experimentar aquello de lo que todos murmuran bajando la vista y sonrojándose... Desde luego, si he de entregar mi doncellez, que sea a mi esposo y no a aquel malnacido hermano del rey...
¿Deseaba yo aquello en verdad? ¿Anhelaba que todo se consumara entre Jonathan el Blanco y yo? No alcanzaba a saberlo.
¿Y si no venía? ¿Respiraría aliviada al comprobar que no pretendía mancillar mi virtud? ¿Me alegraría? Curiosamente, no sentía ningún regocijo al imaginar semejante desenlace. ¿Acaso deseaba en mi fuero interno que Jonathan el Blanco cruzara mi umbral en nuestra noche de bodas?
Presioné mis manos heladas contra mis mejillas súbitamente encendidas. ¡Ni yo misma me comprendía! No sabía cómo reaccionaría ante ningún escenario. El soberano parecía serme indiferente. Incluso le juraba a él, y a mí misma, que lo aborrecía con toda mi alma. Pero... ¿era verdad semejante odio?
De improviso, una sombra cruzó el cristal del gran espejo en el que me contemplaba. Me quedé petrificada, paralizada por el pavor, sin atreverme a pestañear.
Desde el techo —o más bien desde la araña de luces—, suspendido de un hilo finísimo y plateado de telaraña, descendía el repugnante arácnido que tanto nos habíamos afanado en buscar. El muy taimado había permanecido agazapado en la lámpara que coronaba la estancia. Huelga decir que no dimos con él porque a ninguna se nos ocurrió levantar la vista al cielo raso.
La araña, entretanto, se deslizó suavemente hacia abajo y aterrizó ¡directamente sobre mi cabeza! Me quedé muda. ¡Mi primer impulso fue soltar un alarido de espanto! Mas de súbito recordé los chillidos desaforados de las hermanas Karena y me obligué a tragarme el grito.
El arácnido, cosquilleándome la piel del cuello y de los hombros, gateó sobre mi cuerpo y se arrellanó en mi regazo, sobre los opulentos pliegues del vestido, tal como había reposado horas antes sobre las piernas del monarca en el carruaje.
Bajé la mirada. La infinidad de ojos del engendro se clavaban en mí sin pestañear, como si me escrutara. Y yo me dediqué a estudiarlo a mi vez. Me forcé a contemplarlo como a un ser que simplemente respira, una criatura que forma parte de la creación y a la que le importa un ardite su propia estampa, o si agrada o disgusta al prójimo; simplemente es, existe, perfecta y armónica a su manera... a su repugnante manera.
—¿Tienes nombre? —le pregunté sin mover un ápice del cuerpo para no quebrar nuestra frágil y recién estrenada confianza—. Si no lo tienes, ¡puedo inventarte uno! Compartiremos techo durante un tiempo y tendré que llamarte de algún modo. Yo, por ejemplo, me llamo Edelina. ¿Y tú?
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Editado: 22.09.2026