66. Una condición pequeñita, pequeñita
Todas las cabezas se volvieron al unísono para contemplar al varón que, por su propia y libre voluntad, se ofrecía a tomar por esposas a las caprichosas y taimadas duquesas Greta.
Yo misma contemplaba atónita al hombre que escogía para sí semejante destino: compartir sus días con las antiguas amantes de Jonathan el Negro. Jamás esperé que alguien diera un paso al frente; con todo, creía firmemente que, en nombre de la justicia, a todo ser humano sin excepción debía otorgársele una última oportunidad. ¡Y mira por dónde, aquella oportunidad acababa de surtir efecto de manera inesperada! Mas ¿sería en verdad una dicha? Al menos para el hombre dispuesto a desposar a las duquesas.
¡Pues se trataba de Janko! ¡Le profesaba tanto afecto y respeto, le estaba tan agradecida por cuanto había hecho por Jonathan el Blanco y por mí, que de todo corazón le deseaba una suerte más benigna y mejores consortes! ¡Anhelaba, al menos, que fuera amado de verdad! Y en cuanto a si aquellas víboras engreídas y dadas a los dengues eran capaces de amar... ¡ni siquiera me cabía en la imaginación!
Las duquesas Greta permanecían asimismo petrificadas. Sin duda jamás aguardaron semejante oferta del varón al que no se cansaron de zaherir y escarnecer, al que en su día desearon mil desventuras e incluso la tumba.
Janko avanzó hacia el frente, se plantó ante los tronos regios junto a las aturdidas hermanas y proclamó de nuevo, con voz clara y rotunda:
—Yo, Janko el Gris, consiento en desposar a las duquesas caídas en desgracia —señaló a las damas—, pero con una condición pequeñita, pequeñita...
De pronto le dedicó un pícaro guiño a Greta la Blanca, y sospecho que a aquella altiva mujer comenzó a pasarle por la cabeza que la reclusión monástica acaso no fuera tan mala idea después de todo.
Entre los cortesanos se desató un murmullo de expectación y las duquesas se cruzaron una mirada furtiva.
—¿Y cuál es tu condición, Janko? —inquirió el soberano inclinándose hacia adelante, picado por la curiosidad de saber qué había urdido el bufón de palacio.
—Deseo que, antes de consumar los esponsales, los signos tradicionales que en Mixteia diferencian a las gemelas en blanca y negra sean desvanecidos mágicamente de ambas mujeres. ¡Mas de suerte que yo mismo, a mi antojo, pueda hacer resurgir dicha marca en cualquier instante para cerciorarme de quién es la blanca y quién la negra, y pueda asimismo ocultarla cuando me venga en gana!
¡Un clamor ahogado sacudió la estancia entera! ¡Jamás se había visto semejante desacato: que alguien osara borrar los signos de su propio hombro! Es verdad que mediaban accidentes; si un desdichado perdía un miembro en el combate o por descuido, la marca se grababa sin falta en el brazo restante para evitar equívocos y mantener el orden. Pues de aquel blasón pendía el curso entero de una vida. Quien nacía blanco ostentaba siempre la primogenitura en el caso de los varones, y la primacía en calidad de esposa principal si se trataba de mujeres. ¡En nuestro mundo resultaba crucial saber si se era blanco o negro! ¡Era una cuestión de rango, de respeto supremo!
—¿A qué obedece semejante demanda? —preguntó el monarca intrigado.
—Bien sabéis, Vuestra Majestad —comenzó a desgranar Janko—, que soy el bufón de la corte real. Y aunque tuvisteis la generosidad de ofrecerme haciendas, señoríos y títulos por mi condición de hermanastro vuestro, con la intención de investirme como hermano oficial y legítimo para que nadie me tachase de bastardo, rehusé la oferta.
El rey asintió, mientras el alboroto entre los nobles subía de tono: ¡¿cómo se concebía rechazar tan fastuosa dádiva?!
—Soy un alma artística; vivo por y para el teatro, la farsa, los aplausos y la muchedumbre que contiene el aliento fascinada ante un actor de raza... En la vida cotidiana me apasiona observar y, a menudo, urdir yo mismo escenas vibrantes, colmadas de dramatismo, pasión, jolgorio y amoríos. Por ende, pienso perseverar en mi arte. ¡Mas ahora en compañía de mis amadas y flamantes consortes! ¡Auguro que nadie se aburrirá! ¡Pues tras las nupcias ofreceremos nuestra primera función! ¡El juego de las adivinanzas! ¡Todos harán conjeturas y cruzarán apuestas tratando de acertar con cuál de sus dos mujeres compartió el bufón Janko su noche de bodas!
Mientras la concurrencia digería atónita la ocurrencia, Janko ya se hallaba metido de lleno en su personaje estelar: posó la diestra en el talle de Greta la Blanca, la atrajo hacia sí y susurró:
—Hoy mismo, duquesa Greta la Blanca, pasarás a ser mi esposa. Tú misma te plegaste a ello. Y acaso en nuestra primera noche nupcial acuda primero a tu lecho. Mmm... acaso. Pues la tradición manda visitar en primer término a la esposa blanca, reservando la velada sucesiva para la esposa negra. Mas yo, por desgracia, ignoraré cuál de vosotras es la blanca y cuál la negra. Deseo descubrirlo recién al despuntar el alba... ¡A mí mismo me reconcome la curiosidad, que me lleven los demonios! —el bufón sonrió a la perpleja Greta la Blanca—. Por descontado, dispensaré mis favores a la dama que más me cautive por su obediencia y sus atenciones hacia mi persona. ¿Acaso no ansiarías, pichoncita, que fuese tu alcoba la primera que honrase con mi presencia? Pues ahora el palacio entero arderá en ascuas aguardando el desenlace: ¿a cuál de las dos concedió Janko la primicia? ¿A quién colmó de caricias regalándole la mayor gloria sobre la tierra? Porque tú aún ignoras lo que es un varón de verdad, mi primorosa duquesa; nada contaban aquellos devaneos con Jonathan el Negro, que te ponía de patitas en la calle al cabo de una hora tras saciar su capricho. ¿Acaso algún amante te ha prodigado ternezas hasta el alba, corazón mío? ¡Pues Janko sabe mostrarse persuasivo no solo con la lengua, sino con los hechos!
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Editado: 22.09.2026