La Prometida Gris

63. El último deseo de la reina

63. El último deseo de la reina

Subimos por la tambaleante escalinata hacia la tarima escarlata, y contemplé los alrededores como si una mirada diáfana y renovada se abriera paso en mis ojos. ¡La urbe lucía esplendorosa a aquella hora matinal! El astro rey se había elevado ya lo bastante para no enredar sus destellos en los tejados de las mansiones asentadas sobre los anchurosos viaductos-calzadas, bañando con una luz cegadora las arcadas de los prodigiosos puentes colosales, fruto insigne del ingenio humano.

La multitud se agolpaba en la reducida explanada contigua al alcázar regio, sin atreverse a dar un paso hacia el cadalso, pues los guardias de palacio, codo a codo con los hechiceros, lo cercaban en un anillo impenetrable con los aceros desnudos y las varas mágicas en ristre. En torno a la tribuna donde aguardaba Jonathan el Negro, ataviado de riguroso azabache, se desplegaba asimismo una nutrida escolta; y sobre el mismísimo entarimado, a diestra y siniestra del flamante soberano, tomaban asiento las hermanas Greta engalanadas con suntuosos vestidos carmesíes, el color de gala del reino de Mixteia. Cuchicheaban entre sí, inclinándose hacia el frente ante el sitial de Jonathan el Negro para cruzar las miradas y exhibiendo a conciencia sus generosos escotes. Mas la vista del ruin desdeñaba las seductoras gracias de las damas: no apartaba los ojos de mi figura, relamiéndose sin duda con cada segundo de mi derrota y mi inminente degüello.

El heraldo ceremonial dio un paso al frente sobre la tarima y pregonó la sentencia a viva voz:

—En nombre de Su Majestad el rey Jonathan el Negro; por atentar contra la sagrada existencia de Su Majestad, por instigación a la rebeldía y sedición contra el trono establecido, por asalto a la guardia de Su Majestad, por ultraje y profanación al cadáver del difunto monarca Jonathan el Blanco, así como por torpe libertinaje, fuga en compañía de dos amantes y conducta impúdica y reprobable, indigna de una persona de tan alto linaje como una soberana, ¡la anterior reina Edelina la Gris es condenada a la pena capital por decapitación! ¡Esta real sentencia es definitiva y no admite apelación alguna! ¡El verdugo puede proceder al cumplimiento de su oficio!

Un escalofrío de rabia me sacudió entera al escuchar semejantes calumnias desprovistas de fundamento. Comprendía, empero, que todo afán era estéril: ningún tribunal ni pesquisa alguna había mediado para esclarecer la causa por la que mis aliados y yo yacíamos condenados. El falso rey había urdido por su cuenta el modo de arrancarme el aliento y saciar su infame venganza, aderezando la patraña con invenciones sobre una supuesta vida disoluta. Siguieron después los fallos contra el señor Michael y Janko, idénticos en vileza y falsedad. Su ejecución tendría lugar inmediatamente después de la mía.

Dos soldados me atenazaron los brazos y me arrastraron hacia el macizo cepo cilíndrico de madera; allí aguardaba ya el ejecutor cubierto con su caperuza encarnada, sosteniendo un hacha descomunal cuyo filo deslumbraba bajo el sol. La hoja acerada reposaba encajada en el madero destinado a servir de apoyo a mi cerviz.

«Se acabó, Edelina —me dije resignada—; aquí expira tu existencia». Pugnaba por romper a gritar, a llorar, a debatir contra mis captores... Mis cabellos caían en un manto blanquecino a mi alrededor, mas no ofrecían amparo alguno, inertes ante las manos de la guardia que me empujaba inexorablemente hacia la muerte.

Volví los ojos hacia la tribuna regia. Jonathan el Negro se deleitaba en una sonrisa complacida, saboreando el ansiado desenlace del drama urdido por su propia mano. Greta la Blanca presenciaba mi deshonra con un regocijo ponzoñoso; en cambio, su gemela, Greta la Negra, desvió el rostro ocultándolo tras su abanico. Bien se veía que eran almas de muy distinta condición.

Contemplé por postrera vez los Puentes Heroicos, tan soberbios y majestuosos, y me consumió la congoja de no haber alcanzado a salvarlos; de no haber coronado semejante hazaña al lado de mi amado. De improviso, mi vista captó un destello parpadeante muy lejos, más allá de los confines de la urbe, ágil y de vivo fulgor. Culebreaba entre las nubes con vertiginosa soltura, mas la distancia era inmensa. Imposible discernir si se trataba de un ave de plumaje albo o de algún jirón arrastrado por el vendaval que danzaba en las alturas. Algo misteriosamente familiar alentaba en aquellos giros. El punto aumentaba de tamaño a ojos vistas, precipitándose hacia nosotros...

Nos detuvimos ante el patíbulo; el sayón arrancó el hacha del madero y el relámpago de su acero me cegó por un instante...

Y en ese segundo lo comprendí todo. ¡Por Santa Justina y San Eufemio, necesitaba tiempo! ¡Y el tiempo se me escurría entre los dedos!

—¡El último deseo! —resonó de pronto un clamor que hendió el aire desde la muchedumbre. Reconocí con sorpresa el timbre de una de las señoras Termantia—. ¡Lo demanda la antigua usanza!

El verdugo bajó el arma desconcertado, y los soldados que me sujetaban para forzarme a reclinar la cabeza sobre el tajo vacilaron, deteniéndose a la espera de órdenes.

—¡Sí! ¡Eso es! ¡El último deseo! ¡Es mandato de ley! ¡El último deseo para la reina! —estallaron proclamas por doquier, recordando que a todo reo condenado al suplicio le asistía el derecho de formular una última voluntad, la cual debía ser concedida en la medida de lo posible.

A Jonathan el Negro se le agrió el semblante. Aquella inesperada pausa quebraba la escena en la que ya paladeaba mi cabeza rodando sobre el paño bermejo. Mas desoír el clamor popular, el ruego de aquellos súbditos sobre los que pretendía reinar, entrañaba un riesgo innecesario. Por ende, carraspeó con orgullo fingido:




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