La Prometida Gris

53. Una maldición letal

53. Una maldición letal

Regresamos al palacio. Condujeron al rey de inmediato a las dependencias de sanación. Se congregó una junta médica y mágica en pleno. Transcurrió más de una hora antes de que me permitieran franquear la entrada a la cámara. Jonathan yacía pálido como un espectro, mas se esforzaba por aparentar entera calma. Le resultaba un suplicio asumir su propia impotencia. Me senté a su lado en el lecho, le tomé la mano y nos dispusimos a escuchar el veredicto de galenos y hechiceros.

—En primer lugar, deseo preguntarle, majestad mía: ¿me otorga licencia para manifestar las cosas tal como son? ¿La verdad desnuda y sin ambages? Hallándose en juego vuestra vida y...

—Por descontado —lo atajó Jonathan el Blanco—, ¡solamente la verdad más rigurosa, por amarga que resulte!

—Bien —asintió el mago real.

Comenzó a dirigirse tanto a la concurrencia —pues junto al lecho del monarca habían sido convocados, además de mi persona, todos los magnates y cortesanos del reino— como a Jonathan el Blanco y a mí. No obstante, reparé en que Jonathan el Negro no aparecía por ningún lado. ¿Acaso no se había dignado acudir a las salas de sanación para inquirir por la salud de su propio hermano? Entre tanto, el mago real prosiguió:

—Una urdimbre mágica de linaje ciñe a Su Majestad hasta la cintura. Avanza a una velocidad implacable, casi perceptible a simple vista. Por ende, si no tomamos providencias de extrema urgencia... —el mago titubeó un instante—. Seré franco, con vuestra venia, Vuestra Majestad. Ni los sanadores ni los magos sabemos cómo auxiliaros. Nadie domina los arcanos de semejante aflicción mágica. Hemos despachado emisarios bajo los puentes para rastrear a chamanes que acaso preserven la memoria de la antigua magia con que fuisteis maldecido. Mas, hasta donde alcanza mi saber, todos ellos han abandonado ya este mundo terrenal. Otros emisarios míos trabajan sin tregua en la biblioteca, escudriñando vetustos anales y grimorios en busca de cualquier indicio o mención sobre este maleficio de sangre. Mañana o pasado mañana obtendremos los primeros frutos...

En ese momento dio un paso al frente el polícita Arnold el Blanco, quien asistía junto a su hermano a aquel improvisado consejo de Estado. Irguió la cabeza con determinación y, clavando la mirada en los ojos del soberano, desgranó palabras implacables y amargas.

—Vuestra Majestad, yo también deseo ser franco. Hace muy poco perdimos al rey Frederik el Blanco, vuestro augusto padre. Todo Estado deviene sumamente vulnerable, tanto en su seno como en sus fronteras, durante una mudanza en el trono. Hasta este instante hemos guardado bajo secreto vuestro quebranto. Mas... los rumores no tardarán en propagarse como la pólvora; fueron muchos los que os vieron sobre las andas. Y si... —escupió sin piedad el temor que martilleaba el juicio de los presentes—. Si vos... fallecéis, si los sanadores no descubren el modo de salvar vuestra existencia... ¡y yo miro la realidad cara a cara!... ¡se desencadenará una nueva sucesión! Ocupará el trono vuestro hermano, Jonathan el Negro, pues es el heredero legítimo en la línea sucesoria. La muerte de vuestro padre fue sumamente imprevista, si bien arrastraba achaques previos y vos os adiestrabais de manera gradual para ceñir la corona. Y en este momento... por paradójico que resulte en presencia de un monarca aún con vida, debemos disponer a vuestro hermano para el trono... Vuestra Majestad, ¡podéis castigarme por estas palabras, acaso insolentes! ¡Pero es la cruda realidad y os compete dirimir de inmediato esta cuestión trascendental para el reino! ¡Hablo de aquello que los demás cortesanos no se atreven a musitar! ¿Qué debemos hacer?

El polícita inclinó la cabeza y aguardó la resolución regia. Jonathan el Blanco me apretó la mano, alzó la frente con orgullo y sentenció:

—Comprendo la situación; ¡el Estado está por encima de todo! Por tanto, ¡ordeno instruir a mi hermano en la sucesión del trono! Mas si yo perezco, ¡mi esposa, la reina Edelina la Gris, deberá quedar provista de bienes y gozar de plena independencia económica! ¡Exijo que todo ello conste por escrito en las actas oficiales!

—¡No, ¿cómo puedes consentir tal cosa?! —protesté angustiada—. ¡Lucharemos hasta el último aliento! ¡Tiene que haber una salida! Además, ¡debemos culminar juntos las pruebas de los vishaps, Jonathan!

Mi esposo me dirigió una mirada cargada de compasión, pero guardó silencio y bajó la cabeza. En su lugar replicó el Sumo Sacerdote, que también se hallaba presente:

—Temo, reina mía, que si no hallamos aquello que disipe la maldición del rey, Su Majestad no alcanzará con vida la siguiente etapa de las pruebas...

Al escuchar semejante sentencia desalmada, rompí a llorar con amargura. Caí de rodillas junto al lecho de mi amado y cubrí sus manos de besos, anegándolas en lágrimas. Jonathan me acariciaba los cabellos en completo mutismo.

Los días se deslizaron pesados, uno tras otro. Por descontado, me embargaba una dicha inmensa por haber logrado salvar a Lupus; mas la ignorancia de por dónde acometer la encomienda del segundo vishap me oprimía el pecho sin tregua. Con todo, conservaba la fe en que despuntaría una solución y el rey sería salvado. Yo misma, codo con codo con los bibliotecarios, pasaba de la mañana a la noche confinada en la biblioteca, rastreando cualquier vestigio sobre la magia funesta que me arrebataba a mi amado. Y, a la par, buscando informes sobre los vishaps y las hembras vishap de Mixteia.




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