La Prometida Gris

60. La transformación

60. La transformación

Sobre las mismas andas en que habíamos trasladado al soberano, logré descabezar un breve sueño. Desperté aterida por el frío y la humedad, pues en la techumbre de aquel chamizo ruinoso se abría un boquete descomunal; acaso alguna vez se hubiese desplomado allí un peñasco desprendido del tercer viaducto, o tal vez parte de la cubierta cedió a causa de las sacudidas del suelo provocadas por los vishaps. Por la hendidura se colaban en ese instante los rayos del sol del mediodía. ¡Válgame el cielo, cuánto tiempo había dormido! La extenuación de la jornada previa me pasó factura y mi cuerpo exigió su merecido reposo.

De pronto me sobresaltó un clamor: Janko y Michael sujetaban al rey por los hombros y las piernas, mientras su cuerpo se retorcía en violentas convulsiones y desgranaba un gemido prolongado y desgarrador. Me incorporé de un salto y corrí hacia el banco donde yacía tendido.

—¡Dioses del cielo! ¡Jonathan! ¿Qué le sucede? —inquirí presa del pánico, sin atreverme a dar un paso más ni a rozar la figura de mi esposo.

Su semblante se hallaba contraído por una mueca de agonía y mantenía los ojos firmemente sellados.

—¡Sospecho que afronta la última fase de la transformación! —bramó Michael, pugnando con denuedo por sofrenar las piernas del monarca; Jonathan era un varón corpulento y fornido, y al menudo y enjuto bajopuente apenas le alcanzaban las fuerzas para dominarlo—. ¡El rey yace rígido como el granito, la piel se le ha endurecido bajo una suerte de caparazón y sus cabellos se transfiguran en una espesa telaraña!

—¡Así es! —gritó Janko, quien aferraba a Jonathan el Blanco por los hombros, encorvado sobre su pecho para evitar que se incorporase—. ¡Apenas logro contenerlo!

—¿Y si fuera un despropósito retenerlo? —pregunté angustiada al advertir que los rasgos de Jonathan mutaban, afilándose de golpe mientras su semblante recordaba a una efigie labrada en plata pura—. Quizá debiéramos...

No alcancé a rematar la advertencia. En el punto exacto donde las manos de Janko presionaban los hombros del rey brotaron de súbito unas púas aceradas, semejantes a gruesas y largas agujas, que ensartaron las palmas del bufón de parte a parte. Janko lanzó un alarido de puro tormento y apartó las manos con violento esfuerzo. Las agujas se replegaron al interior del cuerpo del soberano, mientras Janko contemplaba con horror sus palmas ensangrentadas, de las cuales manaban sendos hilos de escarlata.

—¡Suéltalo! —le gritó al señor Michael—. A ti también te va a...

El señor Michael, justo es reconocerlo, reaccionó con envidiable presteza y retiró las manos de las piernas del rey en el instante preciso en que, desgarrando el recio cuero de las botas, asomaban disparadas unas agudas varillas de plata. Sin haber herido a su presa, las púas volvieron a retraerse al instante, dejando orificios diminutos y redondos en el calzado. Libre ya de ataduras, Jonathan el Blanco comenzó a incorporarse con lentitud sobre el banco. Los tres, conteniendo el aliento, retrocedimos un paso al unísono, contemplando atónitos los prodigios que se desataban sobre su anatomía ante nuestros propios ojos.

Los párpados del soberano continuaban cerrados, mas sobre sus facciones bailaban manchas de luz y penumbra; sus hombros cobraban una amplitud monumental, y la casaca funeraria blanca (pues para su sepelio lo habían ataviado de riguroso albo, conforme a la usanza con los varones blancos) reventó por las costuras. Sus cabellos reptaron cual sierpes por su espalda en un crecimiento desbocado, alcanzándole ya la cintura. Y si antaño presumía de una melena renegrida, ahora esta mutaba hacia un matiz ceniciento, plomizo y azulado; con un estremecimiento advertí cómo se tornaba nívea y semejante a una urdimbre de hilos plateados.

Jonathan el Blanco —o el ser insólito en quien se había transmutado— apoyó las plantas en el suelo y permaneció sentado sobre el banco. Con la frente inclinada, solo dejaba ver la espesa cascada de hebras que le caía a ambos lados del rostro. Las convulsiones habían cesado por completo; guardaba una quietud sepulcral. En silencio.

—¡Jonathan! —lo llamé con voz trémula—. ¿Te encuentras bien? ¿Cómo estás?

Al conjuro de mi llamado, el varón levantó bruscamente la cabeza y descorrió los párpados. Retrocedí un paso aterrada ante la frialdad implacable y desalmada de aquella mirada penetrante. Los ojos castaños de mi amado se habían tornado de un azul vivísimo, y sus pupilas, oscuras y verticales, recordaban a las fauces de una fiera al acecho. Se puso en pie con un movimiento ágil y seco, agitando su cabellera en un oleaje brillante alrededor de su silueta.

—Esto me huele a chamusquina —murmuró Janko en un susurro—. ¡Edelina, ponte a mi espalda!

—¡No! —di un paso firme hacia el monarca y alcé la voz—: ¡Jonathan, amor mío! ¡Soy yo, tu esposa! ¡Edelina la Gris!

Transfigurado en aquella criatura prodigiosa, Jonathan el Blanco me escrutó con glacial indiferencia. Por un fugaz latido creí percibir que me reconocía; un destello brilló en las profundidades de sus pupilas felinas. Clavé mi mirada en la suya, ansiando hablarle de nuevo, declararle cuánto lo amaba y cuánto anhelaba que regresara a mi lado, cuánto me dolía su padecimiento...

Mas de improviso crujió el portalón. Jonathan el Blanco se impulsó hacia lo alto en un salto grácil y vertiginoso, giró en el aire semejante a un torbellino plateado y, colándose por el boquete de la techumbre cual centella fugaz, se esfumó en la inmensidad del cielo.




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