55. El bajopuente Michael
Apenas ayer me encontraba, codo a codo con una legión de bibliotecarios, mis doncellas y mis damas de honor, revolviendo volúmenes en pos de noticias sobre la maldición ancestral de los chamanes. Fue al hilo de aquellas pesquisas cuando trabé conversación con las señoras Termantia. Y ellas me revelaron que el don del chamanismo se transmitía en el seno de linajes muy concretos. Un vecino suyo de antaño pertenecía precisamente a una de esas estirpes. Como era de esperar, me aferré a aquella revelación cual náufrago a una tabla de salvación. Despaché al punto a las criadas a los bajos de los puentes. Partieron hoy muy de mañana y debían de estar a punto de regresar, trayendo consigo a aquel hombre, el bisnieto de uno de los antiguos chamanes. ¡Qué infortunio que Jonathan el Blanco empeorara precisamente al alba! Acaso aún conservaría el movimiento si aquel varón hubiese llegado antes. Mas ahora el panorama se tornaba sombrío. Yo misma pendía de un hilo. Jonathan el Negro podía abalanzarse sobre mí en cualquier instante para dar rienda suelta a sus ultrajes y a su revancha; lo leí con nitidez en el fondo de sus pupilas. Y me era imperativo ocultar la llegada de este descendiente de los chamanes, pues al hermano de mi esposo, bien lo sabía yo, nada le interesaba menos que el restablecimiento del soberano.
Me enfundé a toda prisa un atuendo negro de luto riguroso, me cubrí la cabeza con una caperuza azabache y comencé a recorrer mis aposentos de un lado a otro con febril impaciencia. Las sirvientas no daban señales de vida y las horas se escurrían sin tregua. ¡Acercando de modo inexorable a mi amado hacia la tumba! Lupus asomaba la testa desde la cesta, donde prácticamente había fijado su morada y de la que apenas salía, pues lo cargaba conmigo a todas partes. Me clavaba sus ojos lechosos como si compartiera la tragedia del momento; incluso su vello parecía haber perdido fuelle: antes lucía esponjoso y erizado, y ahora yacía taciturno, tan abrumado por el dolor como yo misma.
—Tú también estás en la cuerda floja, Lupus —le musité dirigiéndome a él—. ¡No dudes que Jonathan el Negro no ha olvidado tu mordedura! Yo te brindo amparo y te cuido, pero él es muy capaz de aplastarte de un pisotón, ¡no le temblaría el pulso! De modo que si adviertes que todo se tuerce, que el rey expira y yo caigo prisionera de ese desalmado de Jonathan el Negro, ¡no intentes socorrerme y huye tan lejos como puedas! ¡Para que no te arrebaten la vida! ¿Me has entendido? ¡Repta hacia tu primer amo, hacia el vishap Tartan! Te conoces el camino, sabrás dar con él...
Miré de soslayo al arácnido. Guardaba silencio, por descontado.
De pronto llamaron a la puerta. Me precipité a abrir con la esperanza de toparme con mis doncellas. Sin embargo, era el mago real, el señor Edward. Vestía su inseparable hábito carmesí. Ya sabía yo que el rojo era uno de los colores emblemáticos de Mixteia. El hechicero venía escoltado por dos magos gemelos, a todas luces sus acólitos. Exhalé un suspiro de honda decepción, y el mago, tras ser invitado a franquear el umbral, tomó la palabra con un tono cargado de disculpas y pesadumbre:
—Vuestra Majestad, he sabido que Su Majestad se halla en un estado crítico. Yace a las puertas de la muerte. Y su sucesor y heredero, el príncipe regente Jonathan el Negro, se encuentra en pleno proceso de asumir las riendas del poder. Acaba de dictarme una orden que me es imposible eludir, pues soy un hombre sometido al servicio de la corona. Y por mucho que me duela en el alma...
—Vuestra Excelencia Mágica, ¿qué es lo que se le exige hacer? —atajé el preámbulo del hechicero real, que no acababa de aterrizar en el objeto y motivo de su visita.
—Tengo mandato de ceñirle brazaletes antimagia —confesó el mago, rehuyendo mi mirada—. Confío en que no oponga resistencia. Soy un mero mandado...
—¿Y se ha traído a estos magos como escolta para someter a su reina en caso de que decida resistirse? —inquirí con sarcasmo señalando a los gemelos, que arrastraban los pies en la entrada.
A buen seguro así era, pues el hechicero enrojeció ligeramente antes de extraer dos aros metálicos y tendérmelos.
—Le ruego que se los coloque; no me obligue a recurrir a la fuerza.
En fin, Jonathan el Negro jugaba bien sus cartas. Para doblegar mi voluntad y quebrantarme precisaba verme despojada de defensas. Tras desposar a Jonathan el Blanco y sellar nuestra mutua entrega con palabras de amor, mi magia gozaba de total soltura y alcanzaba un vigor considerable. Para vencerme en un combate mágico, Jonathan el Negro habría tenido que derramar no pocos sudores, sin certeza alguna sobre quién se alzaría con el triunfo en semejante liza; de modo que optó por la vía rápida y mandó neutralizar mis dones. A partir de ahora quedaría inerme ante él. Reducida a una hembra vulnerable a la que un varón fornido podía someter en un parpadeo. ¡Maldita sea! Si intentaba resistirme, aquellos tres magos me reducirían en un abrir y cerrar de ojos, eso no admitía discusión. No me quedaba otra que acatar.
Tomé los aros sin despegar los labios y me los ajusté en las muñecas.
—¡¿Satisfecho?! —pregunté al mago real con glacial frialdad—. Notifique a Su Alteza que su encomienda ha quedado satisfecha.
El hechicero se deshizo en excusas y zalamerías, jurando que era mi más humilde servidor, que simplemente cumplía directrices del futuro monarca y demás monsergas. Entrecerré los ojos:
—¡Su legítimo rey aún no ha exhalado el último aliento! ¡No lo sepulte antes de tiempo! ¡Puede retirarse! —le señalé la salida con el mentón.
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Editado: 22.09.2026