Bajo tu custodia

Capítulo 59

Esta vez te escucho

Dos semanas después.

Ariadna estaba terminando de editar unas fotos en su departamento cuando sonó el timbre.

No esperaba a nadie.

Se acercó a la puerta con cautela y miró por la mirilla.

Era Bruno.

Abrió solo una rendija, sin quitar la cadena.

—¿Pasó algo? —preguntó, tensa.

Bruno negó con la cabeza.

—No es una emergencia. Solo vengo a entregarte algo. De parte de Dante.

Ariadna frunció el ceño.

—No quiero nada de él.

—Lo sé —dijo Bruno con calma—. Pero me pidió que te dijera textualmente: “Esta vez te escucho. No es un regalo. Es una devolución. Si no lo querés, tiralo. No voy a insistir”.

Bruno le extendió un sobre grande de papel kraft. No tenía remitente. Solo su nombre escrito con la letra de Dante.

Ariadna dudó un momento, pero finalmente quitó la cadena y tomó el sobre.

Cuando Bruno se fue, cerró la puerta y se sentó en el sofá.

Abrió el sobre con manos temblorosas.

Dentro había dos cosas.

La primera era su pendrive original. El que le habían robado aquella noche en su departamento. El que contenía las fotos del evento.

La segunda era una carta manuscrita, en papel grueso, con la letra clara y firme de Dante.

Ariadna la desdobló y empezó a leer:

Ariadna,

Esta vez te escucho.

No voy a aparecer. No voy a llamar. No voy a intentar explicarte nada más.

Solo quiero devolverte algo que te quitaron por mi culpa: tu pendrive. Las fotos originales están intactas. No las copié. No las guardé. Son tuyas otra vez.

También quiero decirte algo que vengo callando desde hace semanas:

Estoy aprendiendo a no imponerme.

Estoy aprendiendo a no decidir por vos.

Estoy aprendiendo a amar sin controlar.

No te pido que me creas. No te pido que me perdones. Solo quería que supieras que estoy intentándolo de verdad. Aunque duela. Aunque signifique que nunca vuelvas.

Si algún día querés hablar, aunque sea para gritarme, aquí estaré.

Pero si nunca querés volver a verme, también lo acepto.

Porque esta vez, por primera vez, estoy eligiendo escucharte.

Aunque tu silencio sea lo único que reciba.

Te amo.

No como antes.

Te amo mejor.

O al menos estoy intentando hacerlo.

Dante

Ariadna leyó la carta tres veces.

Las lágrimas caían sobre el papel, emborronando algunas palabras.

No era una carta larga. No era dramática. No intentaba salvarla ni convencerla.

Solo era honesta.

Y por primera vez, sintió que Dante no estaba intentando arreglar nada.

Solo estaba devolviendo.

Devolviendo su pendrive. Devolviendo su autonomía. Devolviendo el derecho a decidir.

Se abrazó las rodillas y lloró en silencio.

No era perdón.

Todavía no.

Pero era la primera vez que sentía que él estaba intentando cambiar de verdad.

No con palabras bonitas.

No con protección.

Sino con respeto.

Con distancia.

Con escucha.

Ariadna dobló la carta con cuidado y la guardó en el sobre junto al pendrive.

No le contestó.

Todavía no estaba lista.

Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo dentro de ella se movía.

Una pequeña grieta en el muro que había construido.

Una grieta que, tal vez, algún día pudiera dejar entrar la luz.




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