Una ternura que no conocía
Los días siguientes fueron una lenta reconstrucción.
Dante se mostraba con una ternura que Ariadna nunca había conocido en él. No era la ternura posesiva de antes. Era paciente, respetuosa, que preguntaba antes de actuar.
Una noche, mientras estaban acostados, Dante apoyó la cabeza suavemente sobre su pecho y habló en voz baja:
—Quiero aprender a amarte de una forma que no te asuste. Quiero que sientas que estás conmigo porque querés, no porque yo te necesito.
Ariadna pasó los dedos por su cabello.
—Estás siendo diferente —dijo ella—. Me gusta esta versión de vos.
Hicieron el amor esa noche con lentitud y profundidad. Fue un encuentro lleno de susurros, caricias largas y miradas que decían más que las palabras.
Cuando terminaron, Dante la abrazó contra su cuerpo y besó su sien.
—Gracias por darme esta oportunidad —murmuró—. Gracias por dejarme intentarlo de nuevo.
Ariadna sonrió contra su piel.
—Gracias a vos por no intentar salvarme. Por dejarme elegirte.
Se quedaron dormidos así, entrelazados, con una paz frágil pero real creciendo entre ellos.
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Editado: 14.10.2026