Bajo tu custodia

Capítulo 68

Frente a todos

La gala benéfica organizada por la fundación de Tomás era elegante pero no ostentosa.

Ariadna había aceptado fotografiar el evento. Estaba vestida de negro, con la cámara en la mano, moviéndose entre los invitados con esa gracia discreta que siempre había tenido.

Dante no había sido invitado.

Pero esa noche, decidió ir de todos modos.

No para reclamarla. No para vigilarla. Sino para hacer algo que nunca había hecho antes: elegirla públicamente.

Entró al salón cuando la noche ya estaba avanzada. Llevaba un traje negro sencillo y se quedó en un rincón, sin buscarla. Solo observando.

Cuando Ariadna lo vio, se quedó congelada.

Sus miradas se encontraron a través del salón lleno de gente.

Dante no se acercó. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como diciendo “estoy aquí, pero no voy a imponerme”.

Ariadna sintió que el corazón se le aceleraba.

Terminó de tomar unas fotos y luego caminó hacia él.

—¿Qué hacés acá? —preguntó en voz baja.

Dante la miró con ternura.

—Vine a hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo —dijo—. Vine a elegirte frente a todos. Sin esconderte. Sin protegerte desde las sombras. Solo… a estar aquí, como alguien que te respeta.

Ariadna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Dante…

Él levantó una mano, pero no la tocó.

—No vine a pedirte nada —continuó—. Solo quería que supieras que estoy dispuesto a estar en tu vida de la forma que vos elijas. Aunque sea solo como alguien que te mira desde lejos. Aunque sea solo como un amigo. Aunque sea nada.

Tomás apareció en ese momento, sonriendo con su habitual calma.

—Hola —saludó amablemente a Dante—. ¿Todo bien?

Dante miró a Ariadna un segundo, luego a Tomás, y sonrió con sinceridad.

—Todo bien —dijo—. Solo vine a apoyar el evento. Ariadna es una gran fotógrafa.

Tomás asintió, respetuoso, y se retiró discretamente.

Ariadna miró a Dante con los ojos brillantes.

—Esto es nuevo —susurró.

Dante sonrió con tristeza y ternura al mismo tiempo.

—Estoy aprendiendo —dijo—. Y esta vez… quiero hacerlo bien. Frente a todos. Sin secretos. Sin esconderte.

Ariadna dio un paso más cerca. No lo tocó. Pero su voz salió suave:

—Todavía duele. Todavía tengo miedo. Pero… gracias por venir. Gracias por elegir estar aquí sin imponerte.

Dante inclinó la cabeza.

—Siempre voy a elegir estar donde vos quieras que esté —murmuró—. Aunque sea lejos. Aunque sea cerca. Aunque sea solo como alguien que te mira con orgullo.

Se quedaron mirándose un largo rato, rodeados de gente, pero sintiéndose completamente solos.

No se besaron. No se abrazaron. Solo se miraron.

Y en esa mirada, Ariadna vio algo que nunca había visto antes en él:

Un hombre que por fin estaba aprendiendo a amarla sin poseerla.

Y eso, más que cualquier palabra, fue lo que empezó a sanar algo dentro de ella.




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