No me pidas que olvide
Pasaron dos semanas más de reconstrucción lenta.
Una noche, Ariadna estaba recostada en el sofá con la cabeza sobre las piernas de Dante. Él le acariciaba el cabello con movimientos suaves.
—No me pidas que olvide —dijo ella de repente, en voz baja—. Porque no voy a poder borrar todo lo que pasó. Pero quiero que sepas que estoy empezando a recordar lo bueno sin que me duela tanto.
Dante se inclinó y besó su frente con ternura.
—No te pido que olvides —respondió—. Solo quiero que sepas que estoy dispuesto a cargar con el peso de lo que te hice. No para que me perdones rápido. Solo para que sepas que lo asumo completamente.
Ariadna levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Quiero intentarlo —dijo—. Quiero volver a estar contigo. Pero despacio. Sin prisas. Sin promesas grandes. Solo día a día.
Dante sonrió con los ojos húmedos.
—Día a día —repitió—. Sin imponerme. Sin decidir por vos. Solo estando aquí, aprendiendo a amarte bien.
Se besaron. Fue un beso lento, profundo, lleno de la esperanza que estaban construyendo juntos.
Esa noche hicieron el amor con una ternura que los dos estaban aprendiendo a dar y recibir.
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Editado: 14.10.2026