No me pidas que olvide
Ariadna estaba sentada en el piso de su living, rodeada de fotos impresas que había sacado de una caja vieja.
Eran fotos de ellos. De los pocos momentos que habían compartido hace tres años. Algunas eran borrosas, tomadas a escondidas. Otras eran más claras: Dante mirándola mientras ella reía, su mano en su cintura en un balcón, el reflejo de ambos en un vidrio oscuro.
No sabía por qué las había guardado. Tal vez porque borrarlas del todo habría sido como borrar una parte de sí misma.
Tomó una en particular: la primera vez que él la besó, capturada por accidente con el temporizador de su cámara. Los dos con los ojos cerrados, perdidos en ese beso.
Sus dedos temblaron sobre la imagen.
—No me pidas que olvide —susurró, como si Dante estuviera allí—. No me pidas que borre esto. Porque aunque duela, es parte de mí.
Se levantó y caminó hasta la ventana. El sol de la tarde entraba tibio. Pensó en la carta que él le había enviado. En cómo había devuelto el pendrive sin pedir nada. En cómo no había insistido después.
Por primera vez, no sintió solo rabia.
Sintió cansancio. Un cansancio profundo del alma.
Se sentó en el sofá y tomó el teléfono. Abrió la conversación con Dante. La carta seguía guardada en el cajón, pero las palabras seguían vivas en su memoria.
Escribió y borró varias veces.
Finalmente envió solo una frase:
“No me pidas que olvide. Todavía duele demasiado.”
No esperaba respuesta. Pero el teléfono vibró casi inmediatamente.
Dante:
“No te lo pido. Solo quiero que sepas que estoy aprendiendo a vivir con tu dolor. Y con el mío. No busco que olvides. Solo quiero que algún día puedas recordar sin que te destroce.”
Ariadna leyó el mensaje varias veces. Las lágrimas cayeron sobre la pantalla.
No contestó.
Pero tampoco lo borró.
Se abrazó las rodillas y se permitió llorar. No era un llanto de rabia esta vez. Era un llanto de liberación. De duelo. De aceptación de que lo que habían tenido había sido real… y también había sido tóxico.
Mientras tanto, Dante estaba sentado en su terraza, mirando el mensaje que acababa de enviar.
No esperaba que ella respondiera. Solo quería que supiera que él ya no estaba huyendo de la verdad.
Se quedó allí hasta que el sol se puso, pensando en todo lo que había callado y en todo lo que ahora intentaba decir sin imponer.
Por primera vez, no sentía que tenía que arreglarlo todo.
Solo sentía que tenía que ser mejor.
Aunque ella nunca volviera.
Aunque ella nunca lo perdonara.
Aunque el amor que sentía se quedara para siempre como un eco doloroso.
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Editado: 18.09.2026