Bajo tu custodia

Capítulo 69

Cuando por fin te elijo

La noche de la gala había terminado, pero Ariadna no volvió a su departamento.

Caminó bajo la lluvia fina hasta el departamento de Dante. No había planeado hacerlo. Simplemente sus pies la llevaron allí.

Cuando él abrió la puerta y la vio empapada, con los ojos brillantes y el pecho agitado, se quedó inmóvil.

—Ariadna…

Ella entró sin pedir permiso, cerró la puerta detrás de sí y lo miró fijamente.

—No vine a hablar —dijo con voz temblorosa—. Vine porque ya no quiero seguir eligiendo el miedo. Vine porque quiero elegirte a vos… pero esta vez bien.

Dante dio un paso atrás, dándole espacio, aunque su cuerpo entero temblaba de deseo y emoción contenida.

—No tienes que hacerlo —susurró—. No tienes que elegir nada esta noche.

Ariadna negó con la cabeza y se acercó.

—Quiero elegirte —dijo—. Quiero volver a ti. No como antes. No como tu secreto. No como la mujer que salvas. Quiero volver como tu igual. Como alguien que te elige sabiendo todo lo que fuimos y todo lo que nos costó.

Se detuvo a solo un paso de él.

Dante tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Entonces elígeme —dijo con voz rota—. Porque yo ya te elegí hace mucho tiempo. Solo que esta vez… elijo hacerlo bien.

Ariadna dio el último paso y lo besó.

El beso fue profundo, desesperado y lleno de todo lo que habían callado durante meses. Manos que se buscaban con urgencia, bocas que se devoraban, cuerpos que se reconocían después de tanto tiempo separados.

Dante la levantó en brazos sin esfuerzo y la llevó hasta la cama. Esta vez no fue solo deseo. Fue entrega total.

Se desnudaron con prisa y reverencia al mismo tiempo. Cuando Dante entró en ella, lo hizo mirándola a los ojos, moviéndose lento y profundo, como si quisiera grabar cada segundo en su memoria.

—Ariadna… —gimió contra su boca—. Te amo. Te amo tanto…

Ella se aferró a su espalda, gimiendo su nombre mientras las lágrimas se mezclaban con el placer.

Se amaron durante horas. A veces lento y tierno, a veces intenso y desesperado. No fue solo sexo. Fue la reconciliación de dos almas que se habían roto y estaban intentando volver a unirse.

Cuando terminaron, exhaustos y sudorosos, Dante la abrazó contra su pecho y besó su cabello.

—Quédate —susurró—. Quédate esta noche. Quédate todas las noches que quieras. Pero quédate porque querés, no porque yo te lo pida.

Ariadna levantó la cabeza y lo miró.

—Voy a quedarme —dijo—. Pero esta vez… vamos a hacerlo bien. Sin secretos. Sin protección que me ahogue. Solo nosotros dos, aprendiendo a amarnos mejor.

Dante sonrió con una ternura que ella nunca había visto en él.

—Te lo prometo.

Se quedaron abrazados hasta que se durmieron.

Ninguno de los dos sabía que, esa misma noche, algo había cambiado para siempre.




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