El mafioso que aprendió a sonreír

Capitulo 59

Capítulo 59

El hombre que debía estar muerto

La voz volvió a escucharse por los altavoces de la mansión.

—Nadie va a salir de aquí.

Marla miró a Alessandro. Nunca lo había visto tan desconcertado. Durante todos los peligros que habían enfrentado, incluso cuando había estado herido o cuando parecía que todo estaba perdido, él siempre había conservado el control. Esta vez era diferente.

—¿Tu padre? —preguntó ella.

Alessandro tardó unos segundos en responder.

—Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años.

—¿Lo viste?

La pregunta salió de los labios de Marla con una sinceridad que hizo que él bajara la mirada.

—Vi el funeral. Vi el ataúd. Todos dijeron que había muerto.

Vittorio soltó una risa desde el otro extremo de la habitación.

—Y todos se equivocaron.

Alessandro se volvió hacia él.

—¿Tú sabías que estaba vivo?

—Sí.

La expresión de Alessandro se endureció.

—¿Desde cuándo?

—Desde el principio.

Marla observó a su madre. Ella parecía tan sorprendida como ellos.

—¿Tú también lo sabías?

La mujer negó rápidamente.

—No. Te juro que no.

Marla quiso creerle, pero después de tantos secretos ya no sabía en quién podía confiar.

Entonces se escucharon pasos en el piso superior.

Lentos.

Firmes.

Cada vez más cerca.

Una puerta se abrió.

Un hombre apareció al final de la escalera.

Alessandro se quedó completamente inmóvil.

Marla lo observó con atención.

El hombre era mayor, pero conservaba las mismas facciones que Alessandro. Tenía el cabello oscuro con algunas canas y una mirada fría que inmediatamente le recordó al hombre que había conocido en sus peores pesadillas.

Su padre.

—Alessandro —dijo.

Él no respondió.

El hombre bajó los últimos escalones.

—Has crecido.

Alessandro soltó una risa sin humor.

—Tú estás muerto.

—Eso fue lo que necesitaba que creyeras.

—¿Por qué?

Su padre se detuvo frente a él.

—Porque eras demasiado joven para comprender lo que estaba sucediendo.

—Tenía dieciséis años.

—Precisamente.

Alessandro apretó los puños.

—Mi madre lloró durante años por ti.

—Tu madre necesitaba creer que yo había muerto.

—¿Y yo?

Su padre lo miró fijamente.

—Tú necesitabas odiarme.

Aquellas palabras hicieron que Marla sintiera un nudo en el pecho.

Alessandro dio un paso hacia él.

—¿Para qué?

—Para que no intentaras encontrarme.

—¿Y mientras tanto qué hacías?

El hombre guardó silencio.

Vittorio respondió por él.

—Preparándote.

Alessandro se volvió.

—¿Para qué?

—Para convertirte en el heredero.

—Yo nunca quise ese mundo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Su padre se acercó.

—Porque no eras tú quien debía decidir.

Marla sintió que aquella frase le provocaba un escalofrío.

—Siempre fue así —murmuró ella—. Todos decidían por nosotros.

El hombre la miró por primera vez.

—Tú eres Marla.

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

—La hija de Gabriel.

—Y la nieta de una familia que aparentemente lleva veinte años mintiéndome.

Su padre sonrió ligeramente.

—Tienes carácter.

Alessandro se colocó delante de ella.

—No vuelvas a hablarle así.

Su padre lo observó.

—Ahora entiendo por qué la elegiste.

Marla frunció el ceño.

—¿Elegirme para qué?

—Para nada.

—No me gusta esa respuesta.

—Lo sé.

La tensión aumentó cuando varios hombres aparecieron en los pasillos.

Marla miró a su madre.

—Tenemos que irnos.

—Todavía no —respondió ella.

—Mamá...

La mujer tomó su mano.

—Escúchame. No puedes irte sin saber lo que ocurrió la noche que naciste.

Marla respiró profundamente.

—Entonces dímelo.

Su madre miró a todos los presentes antes de comenzar.

—La noche en que naciste, Gabriel descubrió que tu abuelo y la familia De Luca habían firmado un acuerdo. No era un acuerdo para obligarte a casarte con Alessandro. Era mucho más complejo.

Marla sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Qué decía?

—Que si alguna de las dos familias era destruida, la otra debía proteger a los hijos que quedaran.




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