Capítulo 66
Beautiful People
Habían pasado tres semanas desde que Marla descubrió que era la heredera de un imperio.
Y, sorprendentemente, todavía no se había acostumbrado.
Cada mañana ocurría algo que le recordaba que su vida ya no era la misma.
Una llamada de algún ejecutivo.
Un documento que debía firmar.
Una reunión que no entendía del todo.
Un hombre de seguridad que insistía en acompañarla hasta la cafetería.
Y Alessandro.
Especialmente Alessandro.
Porque desde que la situación familiar se había calmado, él parecía haber decidido que su nueva misión en la vida era consentirla.
—No necesito otro regalo —dijo Marla mientras miraba la caja que Alessandro acababa de colocar frente a ella.
—No es un regalo.
—Entonces, ¿qué es?
—Una sorpresa.
—Eso es prácticamente lo mismo.
Alessandro sonrió.
—Ábrela.
Marla suspiró.
—Si son joyas, te aviso desde ahora que no tengo dónde guardarlas.
Abrió la caja.
Dentro había un pequeño cuaderno de tapa azul.
Marla lo tomó.
—¿Un cuaderno?
—Sí.
—¿Por qué?
Alessandro se sentó frente a ella.
—Porque dijiste que querías viajar.
Marla abrió el cuaderno.
En la primera página había una frase escrita a mano:
“Para todos los lugares que todavía nos faltan.”
Marla se quedó callada.
—Alessandro...
—Quiero que escribas todos los lugares que quieras conocer.
Ella sonrió.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Aunque sean demasiados?
—Aunque sean demasiados.
Marla pasó los dedos sobre la página.
—Entonces necesito otra libreta.
Él soltó una carcajada.
—Compraremos otra.
—Y otra.
—Las que quieras.
Marla levantó la mirada.
—Creo que estoy empezando a entender por qué eres millonario.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien te dice que quiere viajar, tú no preguntas cuánto cuesta.
—No me preocupa.
—Eso es muy de multimillonario.
Alessandro se inclinó hacia ella.
—Y tú eres muy de gastar mi dinero en helado.
—Todavía no he usado tu dinero para eso.
—Todavía.
Marla sonrió.
—No me des ideas.
---
Esa misma tarde, Alessandro la llevó a un lugar que Marla no conocía.
Un pequeño restaurante frente al mar.
No había cámaras.
No había empresarios.
No había guardaespaldas rodeándolos.
Solo una mesa reservada en una terraza.
Marla miró alrededor.
—¿Esto es una cita?
—Sí.
Ella sonrió.
—¿Una cita normal?
—Una cita normal.
—¿Sin reuniones después?
—Sin reuniones.
—¿Sin llamadas?
—Sin llamadas.
—¿Sin alguien diciéndome que hay un documento que debo firmar?
—Nada de eso.
Marla se sentó.
—Me gusta.
Alessandro tomó asiento frente a ella.
—Pensé que necesitabas un día tranquilo.
—Muchísimo.
El camarero dejó las bebidas sobre la mesa.
Marla observó el mar.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Antes pensaba que cuando tuviera dinero, lo primero que haría sería comprarme muchas cosas.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que prefiero experiencias.
Alessandro sonrió.
—Entonces vamos a darte muchas.
Marla lo miró.
—¿A nosotros?
—A nosotros.
Ella sonrió.
—Me gusta cómo suena.
---
Después de cenar, caminaron por la playa.
Marla se quitó los zapatos y dejó que sus pies tocaran la arena.
Alessandro la observó.
—¿Qué haces?
—Disfrutando.
—¿Y tus zapatos?
—Sobrevalorados.
Él negó con una sonrisa.
—Ven.
Marla continuó caminando.
—No.
—¿No?
—Quiero caminar.
Alessandro la dejó avanzar unos metros.
Después corrió detrás de ella.
Marla comenzó a reír.
—¡No!
—Ven aquí.
—¡No me cargues!
Demasiado tarde.
Alessandro la levantó en brazos.
Marla soltó una carcajada.
—¡Alessandro!
—¿Sí?
—¡Bájame!
—No.
—¡La gente está mirando!
—Que miren.
Marla intentó contener la risa.
—Eres insoportable.
—Y aun así me amas.
Ella dejó de luchar.
Lo miró a los ojos.
—Sí.
La sonrisa de Alessandro desapareció lentamente.
La miró con una ternura que Marla conocía muy bien.
—Dilo otra vez.
—No.
—Marla.
—Ya lo escuchaste.
—Quiero volver a escucharlo.
Ella sonrió.
—Te amo.
Alessandro la bajó lentamente.
Después tomó su rostro entre las manos y la besó.
No había urgencia.
No había miedo.
Solo ellos.
Cuando se separaron, Marla apoyó la frente contra la suya.
—¿Feliz?
—Mucho.
—Qué fácil eres.
—Contigo, sí.
---
Más tarde, mientras regresaban a casa, Marla recibió una llamada.
Era su madre.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
Marla miró a Alessandro.
—En una cita.
—¿Con Alessandro?
—No, con el presidente de Italia.
Su madre soltó una carcajada.
—Marla.
—Sí, con Alessandro.
—Quería invitarte mañana a cenar.
—¿Quiénes estarán?
Hubo una pausa.
—Todos.
Marla suspiró.
—Eso nunca termina bien.
—Esta vez será diferente.
—¿Seguro?
—Sí.
Marla miró a Alessandro.
—Está bien.
Cuando terminó la llamada, él preguntó:
—¿Cena familiar?
—Sí.
—¿Quieres ir?
Marla sonrió.
—Sí.
—Entonces iremos.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Me gusta que ya no tengamos que escondernos.
Alessandro besó su cabello.
—A mí también.
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Al día siguiente, la cena fue sorprendentemente tranquila.
Su madre cocinó.
Gabriel contó historias de cuando Marla era pequeña.
Samuel habló de los viejos tiempos.
Incluso Esteban parecía relajado.
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Editado: 25.09.2026