El mafioso que aprendió a sonreír

Epilogo

Epílogo — Después de aprender a sonreír

Un año.

Había pasado un año desde aquella noche en la que cerré mi viejo cuaderno azul y escribí que todavía nos quedaban muchas historias por vivir.

Y tenía razón.

Nos habían quedado muchísimas.

Lorenzo Holdings había cambiado.

El proyecto de la finca había crecido.

La plataforma turística comenzaba a expandirse.

Y yo había dejado de sentirme como una chica que accidentalmente había heredado un imperio.

Ahora sabía lo que quería hacer con él.

Había aprendido a tomar decisiones.

A equivocarme.

A escuchar.

A decir que no.

Y también a decir que sí.

Pero, sobre todo, había aprendido que mi apellido no definía quién era.

Yo lo definía.

Una tarde estaba sentada en el jardín de nuestra casa revisando algunos documentos cuando escuché unos pasos.

No levanté la mirada.

—Si vienes a decirme que debo descansar, no pienso escucharte.

Alessandro se sentó a mi lado.

—No iba a decir eso.

Levanté la mirada.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Qué extraño.

—Solo venía a darte esto.

Me entregó un pequeño sobre.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía.

Era una fotografía nuestra.

Los dos frente al mar.

Yo estaba riéndome y él me miraba.

La fecha estaba escrita detrás.

El día en que habíamos decidido comenzar nuestra vida juntos.

Sonreí.

—¿Por qué me das esto?

—Porque quería recordarte algo.

—¿Qué?

—Que sobrevivimos a todo aquello.

Miré nuevamente la fotografía.

—Sí.

—Y ahora estamos aquí.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—¿Eres feliz?

Alessandro besó mi cabello.

—Sí.

—¿Mucho?

—Mucho.

—¿Más que antes?

—No hay comparación.

Sonreí.

—Yo también.

Nos quedamos allí durante un rato.

Sin decir nada.

Ya no necesitábamos llenar todos los silencios.

---

Esa noche entré a mi habitación y encontré mi cuaderno azul sobre la cama.

Lo abrí.

Había páginas llenas de nombres de países.

Restaurantes.

Planes.

Fechas.

Recuerdos.

Fotografías.

Entradas de lugares que habíamos visitado.

Y pequeñas notas de Alessandro.

En una de las últimas páginas había escrito:

“Todavía nos falta mucho mundo.”

Debajo añadí:

“Y mucho amor.”

Cerré el cuaderno.

Miré por la ventana.

Alessandro estaba en el balcón.

Salí.

—¿Qué haces?

—Pensando.

—Eso me preocupa.

Sonrió.

—¿Por qué?

—Porque cuando piensas demasiado terminas haciendo cosas inesperadas.

—Como casarme contigo.

Lo miré.

—Todavía no estamos casados.

—Precisamente.

Me quedé en silencio.

Él también.

Después sonrió de una manera diferente.

No era aquella sonrisa tímida que había aprendido conmigo.

Era una sonrisa segura.

Una sonrisa de felicidad.

—Marla.

—¿Sí?

—Creo que ha llegado el momento de comenzar nuestro siguiente capítulo.

Lo miré confundida.

—¿Qué capítulo?

Él tomó mi mano.

—El que viene después de aprender a sonreír.

Sonreí.

—¿Y cómo se llama?

Alessandro entrelazó sus dedos con los míos.

—Todavía tenemos que descubrirlo.




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