El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 69

Capítulo 69 — La finca de los recuerdos

Dos días después, Alessandro y yo salimos temprano.

La finca estaba a varias horas de distancia y, según los documentos que me había enviado Clara, llevaba años prácticamente abandonada.

Yo iba emocionada.

Alessandro, en cambio, parecía demasiado tranquilo.

Lo miré desde mi asiento.

—¿No estás emocionado?

—Sí.

—No parece.

—Estoy conduciendo.

—Puedes emocionarte y conducir al mismo tiempo.

—Prefiero conservar nuestras vidas.

Me reí.

—Qué exagerado.

—Conozco tus ideas.

—Mis ideas son buenas.

—Algunas.

—¿Algunas?

—La mayoría.

—Eso está mejor.

Apoyé la cabeza contra el asiento y miré por la ventana.

Mientras avanzábamos, el paisaje iba cambiando.

La ciudad quedó atrás.

Después aparecieron carreteras más tranquilas, árboles, montañas y pequeñas comunidades.

Me gustaba aquella sensación.

Era diferente.

Lejos de los edificios, las reuniones y los documentos.

—Quiero que este proyecto tenga algo especial —dije.

—¿Qué tienes en mente?

—No quiero construir simplemente un hotel.

—Entonces, ¿qué quieres?

Miré hacia afuera.

—Quiero crear una experiencia.

Le expliqué mis ideas.

Habitaciones integradas con el entorno.

Comida preparada con productos de productores locales.

Actividades culturales.

Excursiones.

Senderismo.

Espacios para que artesanos de la zona pudieran vender sus productos.

Y, sobre todo, empleo para las personas de la comunidad.

Alessandro escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, dijo:

—Ya tienes todo pensado.

—Más o menos.

—Eso significa que sí.

Sonreí.

—Quizás.

---

Cuando llegamos, entendí inmediatamente por qué el proyecto había llamado mi atención.

La finca era enorme.

Había una antigua casa de campo rodeada de árboles y terrenos abiertos.

Algunas estructuras necesitaban reparaciones, pero el lugar conservaba una belleza difícil de explicar.

Me bajé del automóvil.

—Wow...

Alessandro se colocó a mi lado.

—¿Te gusta?

—Muchísimo.

Caminé unos pasos.

Había un sendero cubierto de hojas.

Más allá se podía ver una pequeña colina.

—Aquí podría ir un mirador.

Alessandro sonrió.

—Ya estás trabajando.

—No puedo evitarlo.

Seguimos caminando.

Un hombre mayor se acercó.

—Buenos días.

—Buenos días —respondí.

—Soy Rafael. Vivo aquí cerca y durante años me encargué de cuidar parte de estos terrenos.

Le estreché la mano.

—Mucho gusto. Soy Marla Lorenzo.

El hombre me miró unos segundos.




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