El mafioso que aprendió a sonreír

Capítulo 65

Capítulo 65

La decisión de Marla

A la mañana siguiente, Marla despertó con una sensación extraña.

Por unos segundos no recordó dónde estaba.

Abrió los ojos lentamente y observó el techo de la habitación.

Después recordó todo.

Su padre.

Su abuelo.

Las cartas.

La empresa.

El imperio.

Alessandro.

—Ah, verdad —murmuró—. Mi vida dejó de ser normal.

Se incorporó y miró hacia el otro lado de la cama.

Alessandro estaba dormido.

El hombre que podía hacer temblar a medio mundo dormía tranquilamente con el cabello ligeramente desordenado y una expresión mucho más relajada de la que mostraba durante el día.

Marla sonrió.

Se acercó un poco y le acomodó un mechón de cabello.

—Con razón eres tan peligroso. Nadie sospecharía de esta cara.

Alessandro abrió los ojos.

—¿Estabas hablando de mí?

Marla retiró inmediatamente la mano.

—No.

—Te escuché.

—Estabas dormido.

—Y aun así te escuché.

Marla sonrió.

—Buenos días.

Alessandro la atrajo suavemente hacia él.

—Buenos días, mi princesa.

—¿Dormiste bien?

—Ahora sí.

—¿Por qué?

—Porque estabas aquí.

Marla hizo una mueca.

—Eso fue demasiado romántico para esta hora.

—¿Te quejas?

—No.

Ella apoyó la cabeza sobre su pecho.

Durante unos minutos no hablaron.

No había llamadas.

No había amenazas.

No había familiares apareciendo de lugares imposibles.

Solo ellos.

Y Marla quería quedarse allí un poco más.

—Alessandro.

—¿Sí?

—¿Crees que podemos tener una vida normal después de todo esto?

Él guardó silencio unos segundos.

—Normal, probablemente no.

Marla levantó la cabeza.

—Gracias por tu honestidad.

—Pero podemos tener una vida nuestra.

Ella sonrió.

—Eso me gusta más.

---

En el comedor, todos estaban reunidos.

Su madre preparaba café.

Gabriel revisaba algunos documentos.

Samuel estaba sentado leyendo un periódico.

Esteban hablaba con Matteo.

Y Marla entró tomada de la mano de Alessandro.

Todos levantaron la mirada.

—Buenos días —dijo ella.

Samuel sonrió.

—Buenos días.

Marla miró la mesa.

—¿Hay desayuno?

Su madre señaló la cocina.

—Te preparé mangú.

Marla abrió los ojos.

—Mamá, te perdono un cinco por ciento.

Todos se quedaron mirándola.

Ella tomó un plato.

—¿Qué?

Gabriel soltó una risa.

—Nada.

—Estoy intentando negociar mi perdón.

Alessandro se sentó junto a ella.

—¿Y cuánto cuesta llegar al cien por ciento?

Marla empezó a servir el mangú.

—Todavía no lo sé. Depende de lo que aparezca en la próxima caja.

Samuel soltó una carcajada.

Por primera vez, la tensión en la habitación desapareció.

Era una escena sencilla.

Una familia alrededor de una mesa.

Y Marla comprendió que quizá aquello era lo que siempre había querido.

No un imperio.

No dinero.

No poder.

Una familia.

---

Después del desayuno, Gabriel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Hay algo que tenemos que decidir.

Marla suspiró.

—Sabía que el mangú era demasiado bueno para ser verdad.

Alessandro sonrió.

Gabriel negó con la cabeza.

—La empresa está completamente a tu nombre.

Marla miró los papeles.

—¿Y qué significa eso?

—Que tú decides qué ocurre con ella.

—¿Puedo venderla?

—Sí.

—¿Cerrar todo?

—También.

—¿Dársela a otra persona?

—Podrías.

Marla miró a Samuel.

—¿Y qué harías tú?

El hombre la observó.

—Lo que tú decidas.

Marla volvió hacia Gabriel.

—¿Y tú?

—Lo mismo.

Finalmente miró a Alessandro.

Él no dijo nada.

—¿Tú tampoco vas a decirme qué hacer?

—No.




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