Draven
El viento en el paso de montaña no siseaba, aullaba con el rugido de mil bestias hambrientas. El granizo golpeaba mi rostro como metralla helada pero el calor abrasador que subía por mis venas hacía que el hielo se evaporara antes de tocar mi piel. Nos encontrábamos a más de dos mil metros de altura, en la garganta de roca negra que dividía la frontera norte del territorio soberano Amarok.
Frente a mí, la escena era un cuadro de caos y metal retorcido. Tres camiones articulados de la corporación Nova, con el logotipo humano de la transición brillando bajo los destellos de los relámpagos, permanecían cruzados en el asfalto congelado. Las llantas habían sido reventadas a balazos y los parabrisas estaban pulverizados. Más de una docena de ejecutores de la manada del padre de Chelsy, corpulentos, vestidos con chaquetas tácticas oscuras y con sus facciones ya deformadas por la mutación semi-lobo, rodeaban la carga humana con hachas y armas cortas, listos para prenderle fuego a la logística de mi imperio.
El Beta apareció a mi lado como una exhalación, despojándose de su habitual cordura ejecutiva. Sus ojos brillaban en un ámbar encendido y sus colmillos ya perforaban su labio inferior. Detrás de él, ocho guerreros locales del norte emergieron de las camionetas blindadas, desatando sus auras de sumisión armada.
El gris de mis ojos desapareció por completo, devorado por un ámbar brillante, salvaje y cegador. Mi lobo interno saltó a la superficie con una furia destructiva que llevaba cinco años conteniéndose bajo trajes de diseñador y juntas de inversores civiles. Mi estructura ósea crujió, mis músculos se expandieron bajo la chaqueta de cuero negro y mis garras perforaron el aire de la tormenta con la presteza de una ejecución letal.
Me lancé al centro del combate con una zancada felina que triplicó la velocidad de cualquier humano.
El primer ejecutor que interceptó mi camino apenas tuvo tiempo de levantar su hacha de hierro. Esquivé el golpe con un movimiento milimétrico de mi hombro y enterré mis garras directamente en su chaleco táctico, destrozando la fibra y la carne con un tirón violento que lo lanzó contra la pared de piedra de la montaña. Un crujido seco confirmó que su columna no resistiría el invierno del norte.
A mi derecha, Farid operaba con la pulcritud de un verdugo de linaje. Esquivaba los disparos de los hombres del padre de Chelsy, usando su fuerza de Beta para romper extremidades y someter a los rezagados contra el chasis de los camiones de Nova. La nieve compacta de la carretera comenzó a teñirse de un rojo denso, humeante, que mi olfato registró con un hambre territorial implacable. Estaban intentando sabotear el trabajo que Kyra había organizado con sus balances fiscales, estaban pisoteando el orden que mi Luna había construido para validar su soberanía y cada gota de sangre que caía sobre el asfalto era un pago inicial por el ataque psicológico que le habían infligido a mi santuario.
Un lobo de enorme envergadura, el líder del grupo de sabotaje enviado por la manada de la rubia, saltó desde el techo de uno de los contenedores de carga, directo hacia mi nuca con las fauces abiertas.
Giré sobre mis talones con una velocidad que desafiaba la gravedad de los hombres. Lo atrapé en pleno vuelo por la garganta con mi mano derecha y la presión de mis dedos de acero hizo que la bestia soltara un quejido agónico, perdiendo instantáneamente la dominación de sus pupilas. Lo estampé contra el asfalto congelado, hundiéndole el cráneo en la superficie helada hasta que el granizo borró su rastro químico.
Me erguí cuan largo era en mitad de la interestatal permitiendo que la tormenta de granizo lavara la sangre de mis manos y de mi chaqueta de cuero. Mi respiración era pesada, violenta, y el ámbar de mis ojos tardó varios segundos en ceder ante el gris humano de mis pupilas. Miré los camiones de Nova, intactos en su estructura interna, protegidos por el puro peso de mi fuerza de sangre. El contraataque armado en las tierras altas había terminado en una carnicería total para nuestros enemigos.
Pero la victoria física no apaciguó el pánico biológico que me carcomía las entrañas desde que había cruzado la puerta del piso inferior.
Giré la cabeza de inmediato hacia la dirección de la cabaña, sintiendo el vacío de la distancia como una aguja de plata enterrada en mi pecho. Había dejado a Kyra encerrada en mi suite bajo un bloqueo biométrico, protegiendo su fragilidad humana con dos de mis guardias reales, pero el aroma a jazmín y ceniza que se me había quedado pegado en la piel de las manos continuaba llamándome desde el ático. El depredador había saciado su necesidad de sangre en la frontera, pero el hombre marchaba de regreso a la fortaleza con el pecho doliéndome por un lazo roto, desesperado por comprobar que mi Luna seguía a salvo bajo mi techo antes de que las primeras luces del amanecer terminaran de disolver la noche.