Draven
Las cuatro en punto de la tarde. El sonido nítido de la tapa de la computadora de Kyra al cerrarse contra el teclado fue el hachazo final que detuvo el reloj de las industrias Amarok. Ella se puso de pie, acomodó su tableta corporativa dentro de su maletín con movimientos rápidos, eficientes y rígidamente automáticos y me dedicó una última mirada de piedra antes de retirarse del comedor inferior.
En cuanto el sutil chasquido del pestillo de la puerta de madera selló su marcha, la máscara de hormigón que me había sostenido durante las últimas ocho horas simplemente se pulverizó.
Esperé a verlos salir. Me puse de pie a trompicones, aferrándome a la esquina de la mesa de roble con una fuerza desmedida que hizo crujir las fibras de la madera. Mi hombro izquierdo cedió por completo y un gemido espeso, ronco y cargado de una agonía biológica que ya no pude contener en el fondo de mi garganta, escapó de mis labios. Crucé el pasillo lateral apoyando la palma de mi mano derecha contra los troncos oscuros de las paredes, arrastrando los pies hacia el despacho privado contiguo mientras el aire se me escapaba de los pulmones en bocanadas cortas y asfixiantes.
Empujé la puerta del despacho y me dejé caer de rodillas sobre el suelo de madera, colapsando pesadamente contra la base del gran sillón de cuero negro.
El dolor físico estalló en mi costado izquierdo como una ráfaga de fuego. Me arranqué el saco del traje gris con dedos torpes y desesperados, desabrochando los botones de la camisa blanca, que ya estaba completamente empapada en un líquido espeso, caliente y humeante de color rojo oscuro. El aroma a ozono e invierno de mi sistema venía contaminado por el olor rancio de la carne descompuesta, las tres marcas de garras del ejecutor de Chelsy estaban abiertas de par en par, supurando hilos de sangre que se negaban a coagular.
Farid cerró la puerta con un clic definitivo y se deslizó por el suelo en un parpadeo, arrodillándose a mi lado con el rostro rígido, desprovisto de su habitual neutralidad corporativa.
Farid no titubeó. Tomó una daga de plata fina, calentó la hoja con el encendedor de la chimenea y comenzó a raspar los bordes de la carne viva para eliminar el tejido que el veneno de las garras del atacante había comenzado a necrosar. Un grito desgarrador se me quedó atascado en la garganta. Mi estructura ósea crujió, mis músculos se expandieron en una mutación semi-lobo involuntaria y mis ojos se encendieron en un ámbar brillante y salvaje que reflejó los relámpagos de la tormenta exterior.
Luego, el Beta aplicó la pasta de ceniza de plata directamente sobre el desgarro expuesto. El químico reaccionó con la sangre de mi linaje, desatando una combustión interna que me hizo arquear la espalda contra el suelo de madera, quemándome las costillas con una violencia que me nubló la vista por completo. Farid tiró de las vendas de lino tradicionales con una rigidez implacable, envolviendo mi torso con un vendaje de compresión tan estricto que me fracturó el aire, obligando a los bordes de las marcas a unirse a la fuerza mediante el puro peso de la restricción médica.
Me quedé tumbado sobre el suelo de la oficina, respirando con una lentitud agónica mientras el ámbar de mis pupilas cedía de manera paulatina ante el gris humano de mis ojos. El sudor frío me empapaba la frente y el pecho me dolía con la intensidad de una ejecución directa pero la hemorragia se había detenido temporalmente bajo el blindaje de las vendas tradicionales de la manada.
No respondí. Me incorporé con una parsimonia dolorosa, acomodándome de nuevo en el sillón de cuero negro, con la mirada fija en la pared de madera maciza que me dividía de la suite de Kyra. Sentía a través de las fibras el eco regular y distante de sus pasos humanos en el piso, ella estaba disfrutando de su nueva libertad legal, a salvo de mis garras, ignorando olímpicamente que el Alfa que la había encadenado acababa de entregar un precio de sangre muy alto en este despacho desierto solo para ganarse el derecho de custodiar su espacio por una jornada más.