“Después del invierno”
Gabriel
Han pasado meses desde aquella noche bajo la aurora. A veces me pregunto si fue un sueño, si de verdad sucedió, porque todavía hay días en los que me sorprendo sonriendo solo con mirarla, como si no acabara de creer que está aquí, conmigo.
Nuestra vida ahora es distinta, aunque por fuera nada haya cambiado demasiado. Seguimos en el mismo lugar, con el mismo frío, los mismos silencios… pero ya no pesan. Antes me asfixiaban. Ahora son un refugio.
Me despierto con ella a mi lado casi cada mañana. Se mueve mucho al dormir, invade mi mitad de la cama como si estuviera reclamando territorio, y yo me dejo. Siempre me dejo. Cuando abre los ojos, lo primero que hace es hablar. Pregunta, comenta, divaga, aunque sea de cosas pequeñas: de la nieve que se ha acumulado en el alféizar, del sueño raro que ha tenido, de lo que quiere desayunar. Y yo, que antes odiaba tanto las palabras, ahora encuentro en las suyas la música que le faltaba a mis días.
Hoy es uno de esos días en que la rutina nos abraza. La veo en la cocina, con el pelo revuelto y un jersey demasiado grande para su cuerpo. Prepara café mientras tararea, y yo me siento en la mesa, obser- vándola en silencio. Ella levanta la vista y me descubre, como si supiera que la miro demasiado.
—¿Qué? —pregunta, con esa media sonrisa que siempre amenaza con convertirse en risa.
—Nada —respondo, aunque en realidad pienso: todo.
Vivimos entre pequeñas cosas: comer juntos frente al televisor mientras repiten episodios viejos de Los Simp- son, salir a caminar cuando la nieve se rinde por unas horas, leer en voz alta párrafos de libros que encontramos en la casa. Lo nuestro no necesita grandes gestos ni promesas exageradas. Ya lo hicimos aquella noche. Ahora lo único que quiero es esto: su risa llenando los huecos, sus preguntas rompiendo mis muros, sus manos frías que buscan las mías bajo la mesa.
Nunca imaginé que mi vida después del duelo sería tan sencilla. Ni tan luminosa.
Semanas más tarde
El traqueteo del tren es constante, como un latido. Miro por la ventana un instante antes de cerrar los ojos: montañas cubiertas de nieve, un horizonte blanco que parece no tener fin. Luego me dejo vencer por el sueño. No recuerdo la última vez que dormí tan tranquilo en un viaje. Antes todo era insomnio, desvelo, pensamientos que no me dejaban en paz. Ahora basta con que ella esté al lado para que el ruido de dentro se apague.
Me acomodo contra el respaldo. El murmullo del va- gón se aleja, se vuelve distante. Caigo en un sueño lige- ro, sin pesadillas.
Cuando abro los ojos de nuevo, lo primero que veo es a Lara. Tiene un libro entre las manos, y sus labios se mueven apenas, como si leyera en silencio pero se contara la historia a sí misma. Está tan concentrada que me quedo quieto, fingiendo que sigo dormido, solo para observarla. Sus ojos recorren las páginas con esa curiosidad incansable que siempre la define. Nunca deja de querer saber, de preguntar, de buscar.
En un momento, pasa una página y, como si intuyera que me estoy enfriando, acomoda mi abrigo sobre mi hombro. El gesto es tan simple que me desarma. Siento su mano rozar la mía, muy leve, como si dudara en entrelazar los dedos.
Abro los ojos del todo. Ella se sobresalta un poco, como si la hubiera descubierto en falta.
—¿Qué pasa? —susurra.
—Nada. —Le sonrío, y noto lo extraño que aún me resulta hacerlo con tanta naturalidad.
Ella me devuelve la sonrisa, esa suya, la que ilumina incluso los paisajes más grises. No necesitamos más palabras. El tren sigue avanzando, la nieve golpea suavemente el cristal, y entre nosotros queda esa mirada cómplice que dice más de lo que nunca sabré explicar.
Por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy exactamente donde debería estar.
Lara
Me gusta observarlo dormir. No porque esté quieto, sino porque en su quietud hay una calma que antes no existía. Recuerdo al Gabriel del principio: hermético, distante, lleno de silencios que pesaban más que las palabras. Ahora, sin embargo, lo miro y sé que esos silencios son distintos. Ya no lo separan del mundo, lo acercan a mí.
El traqueteo del tren me envuelve. Afuera, la nieve cae como si alguien la hubiera derramado desde el cielo, cubriéndolo todo de blanco. Hay un ritmo, una cadencia inevitable. Y pienso que no todos los viajes terminan al llegar. Algunos recién comienzan cuando decides no volver solo.
Él abre los ojos, apenas un instante, y me mira como si también pudiera leerme por dentro. No necesito hablar para que entienda.
Me giro y observo que empieza a abrir ligeramente los ojos.
—¿Sabes? —le digo bajito, casi como un secreto—. Hace unos meses te conté que me gustan los trenes porque te obligan a ir lento. Nadie se sube a uno de estos con prisa.
Sonríe, esa sonrisa suya que aún me desarma, y vuelve a cerrar los ojos, confiado.
Yo sigo mirando el paisaje, y no puedo evitar pensar en lo irónico que resulta todo: el primer viaje lo hicimos en coche, un trayecto improvisado, lleno de silencios y preguntas incómodas. Ahora estamos en otro viaje, distinto. El destino ya no es una ciudad en el mapa. El destino es esto. Nosotros.