A mis diecisiete años, creía que conocía el mundo en el que vivía. Era la hija de Daniel Blackwood, un beta respetado por toda la manada, y había crecido rodeada de privilegios, cariño y seguridad. Nunca imaginé que una sola noche bastaría para destruir todo lo que conocía.
Alexander, Adrian y Andrew Blackthorn habían sido mis mejores amigos desde la infancia. Los tres eran hijos del alfa, herederos de una de las familias más poderosas de nuestra manada. Con ellos había compartido risas, secretos y promesas que, en aquel entonces, creía que durarían para siempre.
Pero estaba equivocada.
La noche de la gala en la mansión Blackthorn, mi vida cambió para siempre.
Llevaba un vestido azul y todavía creía que las personas que amaba jamás podrían hacerme daño.
Me llamo Valeria Blackwood, tengo diecisiete años y soy la única hija de Daniel Blackwood, uno de los betas más respetados de la manada Luna de Plata.
Durante toda mi vida, mi apellido había sido sinónimo de honor, lealtad y poder. Mi madre, Elena, siempre decía que nuestro verdadero valor no estaba en nuestro rango, sino en la clase de personas que éramos.
Yo le creía.
También creía que mis tres mejores amigos estarían a mi lado para siempre.
Alexander, Adrian y Andrew Blackthorn.
Los tres hijos del alfa de nuestra manada. Tres hermanos idénticos en apariencia, pero completamente diferentes en personalidad.
Alexander era el mayor por apenas unos minutos. Serio, orgulloso y acostumbrado a dar órdenes, tenía una mirada capaz de hacer que cualquier miembro de la manada bajara la cabeza.
Adrian era el más inteligente. Siempre encontraba la manera de ganar una discusión y tenía una sonrisa burlona que me sacaba de quicio.
Andrew, en cambio, era impulsivo, divertido y demasiado bueno para esconder lo que sentía. De los tres, era quien más veces me había hecho reír cuando quería llorar.
Habíamos crecido juntos. Compartíamos secretos, juegos y promesas infantiles.
Yo nunca imaginé que algún día los miraría como si fueran completos desconocidos.
Aquella noche se celebraba el aniversario de la fundación de nuestra manada. La mansión Blackthorn estaba iluminada con cientos de lámparas doradas, y los miembros más importantes del territorio llenaban el gran salón.
Mi padre llevaba un elegante traje negro. Mi madre había recogido su cabello en un moño delicado, y yo no dejaba de tocar el brazalete de plata que descansaba sobre mi muñeca.
Tenía una pequeña piedra azul en el centro.
Mi padre me lo había regalado cuando cumplí quince años.
—No te lo quites nunca, Valeria —me había dicho aquel día, sujetándome las manos—. Y, pase lo que pase, no se lo entregues a nadie.
Nunca me explicó por qué.
Pero yo confiaba en él.
—¿Vas a quedarte mirando la entrada toda la noche? —preguntó Andrew, apareciendo a mi lado con una copa de jugo en la mano.
Sonreí.
—Estoy esperando a alguien importante.
—¿Ah, sí? —Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido—. Después de todos estos años, ¿así me pagas?
—No hablaba de ti, tonto.
Andrew soltó una carcajada y me revolvió el cabello.
—Algún día vas a admitir que soy tu favorito.
—En tus sueños.
—Entonces procuraré dormir más.
Me reí.
Por un instante, todo parecía normal.
Hasta que Alexander se acercó con Adrian a su lado.
—Nuestro padre quiere que nos quedemos cerca de él esta noche —anunció Alexander—. Hay asuntos importantes que discutir.
—¿Qué clase de asuntos? —pregunté.
Adrian me miró con una expresión extraña.
—Asuntos de adultos, Valeria. No tienes que preocuparte por todo.
Fruncí el ceño.
—Solo hice una pregunta.
—Y yo te respondí.
Alexander le lanzó una mirada de advertencia antes de volverse hacia mí.
—No te alejes de tus padres esta noche.
Aquellas palabras me parecieron extrañas, pero antes de que pudiera preguntarle algo más, mi padre apareció a unos metros de nosotros.
Su expresión había cambiado.
Ya no sonreía.
Miraba hacia las grandes puertas del salón como si estuviera esperando una desgracia.
Entonces se escuchó un grito.
Las puertas se abrieron de golpe.
Una docena de guardias entró en el salón. Sus uniformes llevaban el emblema de la guardia del alfa, y todos sostenían armas.
La música se detuvo.
Las conversaciones murieron una tras otra.
El alfa Blackthorn se levantó de su asiento.
—¿Qué significa esto?