La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 6. La verdad que nadie debía escuchar

Capítulo 6. La verdad que nadie debía escuchar

El silencio que siguió a la voz de mi padre fue más aterrador que cualquier amenaza.

La piedra azul había dejado de brillar, pero yo seguía mirando el brazalete como si pudiera obligarlo a hablar de nuevo.

—¿Qué fue eso? —preguntó uno de los guardias.

Isabella fue la primera en reaccionar.

—¡Quítenle el brazalete!

Los guardias avanzaron.

Retrocedí instintivamente, apretando la muñeca contra mi pecho. No sabía qué acababa de escuchar, pero una cosa estaba clara: Isabella no quería que descubriera el resto del mensaje.

—No la toquen —ordenó Andrew.

Su voz resonó por el corredor.

Todos nos volvimos hacia él.

Isabella levantó las cejas, sorprendida.

—¿Perdón?

—He dicho que no la toquen.

—¿Desde cuándo te importa lo que le ocurra a una omega?

Andrew apretó los puños.

—Esto no tiene nada que ver con su rango.

—Claro que no —respondió Isabella con una sonrisa venenosa—. Solo es la muchacha que tú y tus hermanos rechazaron delante de toda la manada. ¿Ahora te arrepientes?

Andrew no contestó.

Y yo tampoco quería escuchar su respuesta.

—No necesito que me defiendas —le dije—. Necesito que dejes de ocultarme la verdad.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Por un instante, vi al muchacho que conocía desde la infancia. Al amigo que solía escaparse conmigo al jardín para evitar las interminables reuniones familiares. Al chico que me prometió que siempre estaría de mi lado.

Pero aquel recuerdo ya no era suficiente.

—Valeria, por favor…

—No.

Una sola palabra. Nada más.

Me volví hacia Alexander, que observaba el brazalete con el rostro endurecido.

—¿Sabes qué contiene?

—No —respondió demasiado rápido.

Adrian soltó una risa sin humor.

—No deberías creer que una grabación incompleta demuestra algo.

—No he dicho que demuestre nada —repliqué—. Pero todos ustedes parecen muy interesados en impedir que descubra qué significa.

La expresión de Adrian cambió apenas un segundo.

Lo suficiente para que lo notara.

—Llévenla a su habitación —ordenó Alexander a los guardias—. Nadie debe acercarse a ella hasta que el consejo decida qué hacer.

—No soy una prisionera —protesté.

—No hagas que tenga que repetirlo.

Lo miré con una mezcla de rabia y decepción.

—Eso es lo único que sabes hacer, ¿verdad? Dar órdenes y esperar que todos obedezcan.

Alexander se acercó, bajando la voz.

—No sabes en qué te estás metiendo.

—Entonces explícame.

Su mandíbula se tensó.

Durante un momento pensé que finalmente hablaría. Que me daría una respuesta, aunque fuera una sola.

Pero se apartó.

—Llévenla.

Los guardias me acompañaron hasta el ala de servicio. No me sujetaron, pero tampoco me permitieron regresar a mis tareas.

Antes de cerrar la puerta, uno de ellos me advirtió que no saliera.

Esperé hasta que sus pasos desaparecieron.

Después me senté en la cama y examiné el brazalete.

La grabación se había activado cuando Isabella intentó quitármelo. Quizá el mecanismo respondía al peligro. Quizá mi padre había previsto que alguien intentaría arrebatármelo.
Presioné la pequeña pieza metálica que había descubierto la noche anterior.

Nada.

Lo intenté otra vez.

Nada.

—Vamos, papá —susurré—. Necesito escucharte.

La piedra permaneció oscura.

Entonces recordé el símbolo grabado en la plata: una luna atravesada por tres líneas.

Tres líneas.

Tres herederos.

Sentí un escalofrío.

¿Era una coincidencia?

No podía asegurarlo. Pero si el símbolo estaba relacionado con los Blackthorn, quizá el secreto de mi padre llevaba años escondido dentro de aquella familia.

Y quizá la respuesta estaba en algún lugar al que yo ya no tenía permitido entrar.

Esperé hasta que la mansión quedó en silencio.

Mi madre seguía trabajando en la cocina, así que no podía pedirle ayuda. Además, después de lo ocurrido, sabía que cualquier pregunta podía ponerla en peligro.

Guardé el brazalete bajo la manga y salí de la habitación.

No tenía un plan perfecto. Solo sabía que necesitaba encontrar información antes de que Isabella consiguiera quitarme la única pista que mi padre me había dejado.

Me dirigí al antiguo archivo de la mansión, una habitación que había visitado muchas veces cuando todavía era bienvenida en aquella casa.

La puerta estaba cerrada.

Probé el picaporte.

Abierta.

Entré y cerré con cuidado.

El lugar olía a papel viejo y madera. Las estanterías llegaban casi hasta el techo, llenas de registros de la manada, documentos familiares y libros que nadie parecía consultar.

Comencé por los archivos más antiguos.

Busqué el apellido Blackwood.

Después, el nombre de mi padre.

Encontré registros de reuniones, acuerdos y contribuciones que Daniel Blackwood había hecho para proteger las fronteras de la manada. Había documentos que demostraban que había dedicado años a mantener la paz con los territorios vecinos.

Entonces encontré una carpeta marcada con una palabra que me hizo contener la respiración.

TRAICIÓN.

La abrí.

Dentro había una lista de nombres, fechas y firmas. Algunas páginas habían sido arrancadas. Otras tenían manchas de tinta que ocultaban partes del texto.

Pero una firma permanecía intacta.

La de mi padre.

Debajo aparecía una declaración según la cual Daniel Blackwood había entregado información estratégica a una manada rival.

Sentí náuseas.

Aquella firma parecía auténtica, pero conocía la letra de mi padre. Había visto cientos de cartas suyas y sabía cómo escribía cada letra.

Me acerqué el documento a la luz.

La firma era demasiado perfecta.

Como si alguien la hubiera copiado.

Escuché un ruido detrás de mí.

Cerré la carpeta de golpe.




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