La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo extra: La vida que nadie pudo elegir por mí

Capítulo extra: La vida que nadie pudo elegir por mí

Seis meses después…

El amanecer llegó lentamente al valle.

Valeria abrió las ventanas de su habitación y dejó que el aire fresco le acariciara el rostro. Durante mucho tiempo había despertado con miedo, preguntándose qué nueva desgracia la esperaba al otro lado de la puerta.

Ahora, por primera vez, podía levantarse sin sentir que debía prepararse para sobrevivir.

No había guardias vigilándola. Ningún Consejo esperando sus decisiones. Ningún vínculo obligándola a permanecer junto a alguien a quien no había elegido.

Solo había silencio.

Un silencio que, por fin, le pertenecía.

Valeria se tocó el brazalete de piedra azul que llevaba en la muñeca. Ya no lo veía como una cadena que la unía a los secretos de su familia. Ahora era un recordatorio de todo lo que había descubierto y de la persona que había decidido ser.

—¿Vas a quedarte ahí contemplando el paisaje toda la mañana?

La voz de Lysandra la hizo sonreír.

Su hermana estaba apoyada en el marco de la puerta, con dos tazas de té entre las manos.

—Estoy considerando seriamente la posibilidad de no hacer absolutamente nada hoy —respondió Valeria.

—Qué escándalo. La antigua heredera de la quinta línea convertida en una muchacha perezosa.

—Nunca fui heredera de nadie.

—Lo sé. Pero admito que suena mucho más dramático que decir que eres una muchacha que quiere dormir hasta tarde.

Ambas rieron.

Aquellas pequeñas conversaciones se habían convertido en algo valioso. Al principio, Valeria no sabía cómo acercarse a Lysandra. Compartían una madre, una historia dolorosa y una separación que ninguna de las dos había elegido, pero seguían siendo prácticamente desconocidas.

No podían recuperar los años perdidos.

Sin embargo, estaban aprendiendo a construir otros.

—¿Has recibido noticias de mamá? —preguntó Valeria mientras aceptaba la taza.

—Lyanna llegará mañana. Quiere pasar unos días con nosotras, pero me dijo que no insistirá si necesitas espacio.

Valeria bajó la mirada hacia el té.

—Agradezco que lo entienda.

—¿Todavía estás enfadada con ella?

La pregunta no la tomó por sorpresa. Lysandra había aprendido a no rodear los temas difíciles con palabras innecesarias.

—A veces —admitió Valeria—. Otras veces siento curiosidad. Quiero conocerla, escuchar su historia y descubrir qué cosas tenemos en común. Pero después recuerdo todo lo que ocurrió y me cuesta no preguntarme cómo habría sido mi vida si hubiera estado conmigo.

Lysandra se sentó a su lado.

—Yo también me lo pregunto.

—¿Y cómo haces para no quedarte atrapada en eso?

Su hermana guardó silencio unos segundos.

—No siempre lo consigo. Pero intento recordar que nuestra vida no tiene que seguir siendo una consecuencia de lo que otros hicieron. Podemos decidir qué hacer con lo que nos queda.

Valeria la miró.

—Eso suena demasiado sensato para alguien que ayer intentó convencerme de que podíamos cruzar el bosque durante una tormenta.

—Era una tormenta pequeña.

—Los árboles se estaban doblando.

—Exagerada.

Valeria soltó una carcajada.

Y por primera vez comprendió que la felicidad no siempre llegaba como una gran victoria.

A veces era una taza de té, una hermana que aprendía a conocerla y una mañana en la que podía reír sin sentirse culpable.

A media mañana, alguien llamó a la puerta.

Lysandra fue a abrir y regresó con una expresión que Valeria conocía demasiado bien.

—Tienes visita.

—¿Quién?

—Alexander Blackthorn.

La sonrisa de Valeria desapareció lentamente.

No porque sintiera miedo, sino porque aquel nombre todavía despertaba recuerdos contradictorios.

Alexander había sido uno de los tres muchachos que la humillaron cuando perdió su posición. Había permitido que el orgullo hablara por él y que la crueldad se convirtiera en costumbre. Sus disculpas no borraban aquello.

Pero tampoco podía negar que, en los últimos meses, él había dejado de buscar excusas para justificar sus actos.

Había cumplido su promesa de no exigirle nada.

No le enviaba mensajes insistentes ni utilizaba el vínculo de los antiguos registros como pretexto para acercarse. Cuando coincidían en reuniones, la saludaba con respeto y se marchaba si ella no deseaba conversar.

—¿Quieres que le diga que se vaya? —preguntó Lysandra.

Valeria reflexionó unos instantes.

—No. Puedes dejarlo pasar.

Alexander apareció en el umbral. Vestía ropa sencilla, sin la capa ceremonial que solía identificarlo como heredero de los Blackthorn.

Parecía incómodo.

Eso era nuevo.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días —respondió Valeria.

Alexander miró a Lysandra.

—Si interrumpo, puedo volver otro día.

—Eso dependerá de Valeria —contestó ella, antes de tomar su taza y salir de la habitación—. Voy a preparar algo de comer. Y no pienso escuchar conversaciones ajenas.

—Lysandra —la reprendió Valeria.

—¿Qué? Estoy siendo respetuosa.

La puerta se cerró tras ella.

Por un momento, ninguno de los dos habló.

Finalmente, Valeria señaló una silla.

—Puedes sentarte.

Alexander obedeció.

—No sabía si vendrías a recibirme.

—Yo tampoco sabía si quería hacerlo.

Él aceptó la respuesta sin defenderse.

—Es justo.

Valeria estudió su rostro. Antes, Alexander siempre parecía seguro de sí mismo, como si el mundo estuviera obligado a apartarse cuando él avanzaba. Ahora había algo distinto en su expresión. No era debilidad, sino una especie de cautela que no había visto en él.

—¿A qué has venido? —preguntó.

—A entregarte esto.

Alexander sacó un sobre de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa.

Valeria no lo abrió inmediatamente.

—¿Qué es?

—Una copia del registro original de los Blackthorn. Hay declaraciones de varios miembros de mi familia sobre lo que ocurrió cuando tú y tu madre perdisteis vuestro rango. También están los documentos que demuestran que algunos de nuestros antepasados sabían que las acusaciones contra Daniel no habían sido investigadas correctamente.




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