El silencio que siguió a la revelación de Eleanor fue peor que cualquier grito.
Andrew miraba a su madre como si esperara que ella se echara a reír y confesara que todo había sido una broma cruel. Alexander no apartaba los ojos de su hermano. Adrian, en cambio, observaba la mesa de piedra, intentando comprender cómo una mentira sobre el orden de nacimiento había podido sostenerse durante tantos años.
Y yo solo podía pensar en las palabras que el archivo acababa de pronunciar.
El primer nacido heredará la llave. El cuarto heredero decidirá si la puerta debe abrirse.
No era una simple disputa por una corona.
Era algo que llevaba generaciones preparándose.
—Andrew —dijo Eleanor—, necesito que me escuches.
Él retrocedió cuando su madre intentó acercarse.
—No.
La palabra fue breve, pero consiguió detenerla.
—Toda mi vida me hicieron creer que era el menor. Que Alexander había nacido primero y que yo debía aprender de él, seguir sus órdenes y aceptar que algún día sería él quien gobernara. ¿Me estás diciendo que todo fue una mentira?
Eleanor tenía los ojos húmedos.
—Sí.
Andrew soltó una risa amarga.
—Al menos podrías haber intentado negarlo.
—No voy a volver a mentirte.
—Eso debiste hacerlo hace años.
La expresión de Eleanor se quebró.
No intentó defenderse.
—Tienes razón.
Alistair aprovechó aquel instante para dirigirse a los guardias.
—¡Retened a Andrew! ¡El archivo está alterando el orden de sucesión y no sabemos qué consecuencias puede tener!
Nadie se movió.
Los guardias miraron a Octavian, esperando una orden que confirmara la de Alistair.
El magistrado apretó su bastón.
—He dicho que lo detengáis.
Entonces Alexander se colocó delante de Andrew.
—Si quieres acercarte a mi hermano, tendrás que pasar por mí.
—Tu hermano no es quien crees que es —espetó Octavian.
—Eso parece aplicarse a todos nosotros.
Adrian se situó al otro lado de Andrew.
Los tres hermanos quedaron juntos frente a los guardias, sin anillos ceremoniales ni insignias de autoridad.
Por primera vez, no parecían estar compitiendo por el lugar más alto.
Parecían una familia que acababa de descubrir cuánto les habían robado.
—Nadie va a tocar a ninguno de ellos —dije, avanzando hasta quedar junto a los tres.
Octavian volvió la mirada hacia mí.
—Valeria, tu intervención no es necesaria.
—Curioso. Llevas toda la mañana decidiendo qué debemos hacer las herederas y ahora te molesta que hablemos.
Algunos representantes de las manadas comenzaron a murmurar.
Octavian golpeó el suelo con su bastón.
—¡Esta ceremonia está bajo la autoridad del Consejo!
—Entonces explica por qué has ordenado encerrar a todos los presentes —respondí—. Si el archivo confirma la sucesión, ¿por qué tienes tanto miedo de permitir que termine de hablar?
Su rostro se endureció.
No respondió.
Y aquel silencio fue la primera grieta visible en su autoridad.
Eleanor pidió permiso para acercarse a la mesa.
Octavian se lo negó.
El archivo respondió antes de que pudiera repetir la orden.
ACCESO CONCEDIDO A LA MADRE DE LOS TRES HEREDEROS.
Una luz plateada rodeó a Eleanor y apartó a los dos guardias que intentaban bloquearle el paso.
Ella se acercó a los discos rotos.
—La cuarta puerta no fue construida para guardar un arma —dijo—. Fue creada para contener el registro original de los Guardianes. Allí se conserva la verdad sobre los juramentos, las sucesiones y las decisiones que dieron origen a las cuatro líneas.
Gabriel asintió.
—Y también los registros que el Consejo eliminó.
—Exactamente —respondió Eleanor—. Quien controle esa cámara podrá demostrar qué órdenes fueron legítimas y cuáles se fabricaron para consolidar el poder.
—Por eso Octavian necesita abrirla —dijo Adrian.
—No solo para controlar las manadas —añadió Lyanna—. Si el registro original demuestra que las sentencias fueron manipuladas, su autoridad desaparecerá.
Octavian levantó el bastón.
—¡Basta de acusaciones! El archivo no es un tribunal y sus mensajes no pueden sustituir las leyes del Consejo.
—Entonces no debería preocuparte lo que encontremos dentro —replicó Gabriel.
El magistrado lo miró con odio.
Por primera vez pude ver al hombre que se escondía detrás de su tono amable: alguien que llevaba demasiado tiempo acostumbrado a que nadie cuestionara sus órdenes.
—Gabriel Blackwood —dijo—, tú no tienes derecho a decidir qué secretos deben revelarse.
—No. Pero el archivo acaba de reconocerme como cuarto heredero. Y tú no tienes derecho a impedir que cumpla mi función.
Gabriel se acercó a la puerta.
Las cuatro líneas grabadas sobre la madera comenzaron a brillar.
La primera emitió una luz plateada.
La segunda, una luz azul.
La tercera, una luz blanca.
La cuarta permaneció oscura.
—Necesitamos la llave —dijo Gabriel.
Todas las miradas se dirigieron hacia Andrew.
Él seguía observando a Eleanor.
—¿Qué llave?
Su madre respiró hondo.
—La primera línea de los Guardianes entregaba una llave al primogénito de cada generación. No era un objeto que pudiera guardarse en un bolsillo. Era una capacidad heredada que permitía abrir la cámara central.
Andrew negó con la cabeza.
—No tengo ninguna llave.
—No sabes cómo reconocerla —respondió Eleanor—. Cuando eras un bebé, el archivo registró tu nacimiento antes que el de tus hermanos. Pero Alistair cambió el orden en los documentos oficiales y entregó a Alexander el anillo que debía haberte correspondido.
Alexander se quitó el anillo negro.
Lo sostuvo durante unos segundos antes de depositarlo sobre la mesa.
—Entonces esto nunca debió ser mío.
—Te lo entregaron para mantener la mentira —dijo Eleanor—. Tú no tenías manera de saberlo.