La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 12. El heredero marcado

Capítulo 12. El heredero marcado

Los tres golpes resonaron de nuevo al otro lado de la puerta.

Nadie se movió.

Mateo Vale apretó el pequeño libro contra su pecho, mientras Alexander mantenía la daga en la mano y Adrian buscaba con la mirada otra salida.

Yo apenas podía respirar.

El hombre que todos creían muerto estaba frente a mí. Conocía a mi padre, había presenciado los acontecimientos que precedieron al arresto y aseguraba que alguien de la familia Blackthorn había participado en el asesinato de su propio abuelo.

Y ahora alguien había venido a buscarlo.

—No hagan ruido —susurró Mateo.

Los golpes cesaron.

Después escuchamos una voz masculina.

—Príncipe Alexander, sé que está ahí. El alfa solicita su presencia.

Alexander frunció el ceño.

—Es uno de los guardias personales de mi padre.

—¿Sabe que estamos aquí? —pregunté.

—No debería.

Mateo negó lentamente.

—No ha venido por ustedes. Ha venido por mí.

Adrian se acercó a la puerta sin tocar el picaporte.

—¿Cómo podemos estar seguros?

Mateo levantó la mano izquierda y mostró una cicatriz que le cruzaba la palma.

—Porque esa marca no se consigue sirviendo al alfa. Es una señal de los hombres que persiguieron a los Guardianes después de la muerte de Elias.

Sentí un escalofrío.

—¿Y si abrimos la puerta?

—Si la abren, sabrán que sigo vivo. Y entonces no habrá lugar en esta manada donde pueda esconderme.

Alexander guardó la daga.

—Hay una salida detrás de la galería. La utilizábamos cuando éramos niños.

—¿Todavía existe? —preguntó Adrian.

—Mi padre ordenó sellarla hace años. Pero conozco otra forma de llegar al pasadizo.

Se volvió hacia mí.

—Ven conmigo.

No me moví.

—¿Por qué debería seguirte?

Alexander recibió mis palabras sin apartar la mirada.

—No tienes que confiar en mí. Pero si nos quedamos aquí, tu única oportunidad de conocer la verdad desaparecerá.

Miré a Mateo.

El anciano asintió.

—Tu padre confiaba en los tres hermanos por razones distintas. No todos fueron capaces de estar a la altura de esa confianza, pero todavía no conocemos toda la historia.

Aquello no era una garantía.

Sin embargo, era lo único que teníamos.

—De acuerdo —respondí—. Pero nadie tomará decisiones por mí.

Adrian abrió discretamente un panel detrás de una estantería. Una corriente de aire frío salió de la oscuridad.

—Por aquí.

Entramos uno tras otro.

Mateo fue el último. Antes de cerrar el panel, miró la puerta de la galería con una expresión que no pude interpretar.

No parecía miedo.

Parecía tristeza.

Como si hubiera esperado durante diecisiete años el momento de regresar y, ahora que finalmente había llegado, deseara no haberlo hecho.

El pasadizo era estrecho y olía a piedra húmeda.

Caminamos durante varios minutos hasta llegar a una pequeña habitación subterránea. Había una mesa, dos sillas y una lámpara antigua. En una pared se distinguían símbolos grabados en la piedra, algunos de ellos idénticos a los que aparecían en mi brazalete.

Mateo dejó el libro sobre la mesa.

—Aquí estaremos a salvo durante un rato.

—¿Un rato? —pregunté—. Necesito respuestas, no más tiempo para esconderme.

El anciano me miró con seriedad.

—Tienes razón.

Abrió el libro por la página marcada con la cinta roja.

En ella había una lista de nombres, fechas y anotaciones escritas en distintas tintas. Algunos nombres estaban tachados. Otros tenían una pequeña estrella al lado.

Uno de ellos llamó mi atención.

ALISTAIR BLACKTHORN.

Debajo aparecían los nombres de varios miembros del consejo.

Y al final de la página había otro nombre.

ALEXANDER BLACKTHORN.

Me quedé helada.

—¿Por qué está su nombre aquí?

Alexander se acercó al libro.

—Nunca había visto esto.

Mateo levantó una mano.

—Porque la anotación fue añadida después.

—¿Por quién? —preguntó Adrian.

—Por mí.

El silencio fue inmediato.

Alexander lo miró con incredulidad.

—¿Usted escribió el nombre de mi hermano en un registro de conspiradores?

—No. Lo escribí en una lista de personas que podrían convertirse en víctimas de la conspiración.

Mateo señaló la estrella junto al nombre.

—Esta marca significa que la persona fue identificada como objetivo, no como culpable.

Solté el aire que había estado conteniendo.

Pero Alexander no parecía aliviado.

—¿Por qué yo?

Mateo cerró los ojos durante un instante.

—Porque tu padre te entregó el anillo negro cuando eras demasiado joven para comprender lo que significaba.

Alexander miró su mano vacía.

—Me dijo que era el símbolo de mi futuro como alfa.

—Te mintió.

La voz de Mateo no contenía crueldad, pero la verdad fue suficiente para que Alexander retrocediera.

—El anillo negro se creó para identificar al heredero que podía controlar los archivos protegidos de la manada. En su origen, era una responsabilidad, no un privilegio. Quien lo llevaba debía proteger los registros y responder ante los Guardianes.

—Entonces, ¿por qué mi padre lo utiliza para dar órdenes? —preguntó Alexander.

—Porque alguien alteró el juramento. Con el tiempo, el anillo se convirtió en una herramienta para controlar a quienes deberían haber vigilado al alfa.

Adrian apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Y mi padre heredó ese poder de mi abuelo?

—No exactamente. Elias intentó impedir que el anillo fuera utilizado de esa manera. Por eso lo mataron.

La habitación quedó en silencio.

Alexander parecía incapaz de apartar la mirada del libro.

—Toda mi vida me enseñaron que mi abuelo había muerto por una enfermedad.

—Era la versión que convenía a quienes querían conservar el poder —respondió Mateo—. Cuando Elias descubrió que algunos miembros del consejo estaban utilizando los recursos de la manada para negociar con enemigos, reunió pruebas. Daniel lo ayudó. Yo protegí los registros.




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