La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 10. Ante el consejo

Capítulo 10. Ante el consejo

Los golpes en la puerta volvieron a escucharse.

—¡Valeria Blackwood! Preséntate ante el consejo inmediatamente.

Mi madre me sujetó de las manos.

—Escúchame con atención. No respondas preguntas que no entiendas y no entregues el brazalete a nadie.

—¿Por qué quieren verme?

Elena bajó la mirada hacia la carta que todavía sostenía.

—Porque alguien sabe que has encontrado algo.

—¿Y si me acusan de traición, igual que a papá?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No voy a permitir que te hagan lo mismo.

Quise creerle. Quise pensar que, por una vez, los adultos de mi vida podrían protegerme de las consecuencias de los secretos que habían guardado durante años.

Pero ya no era la niña que corría hacia su padre cuando tenía miedo.

Ahora estaba sola frente a una familia que me había quitado mi hogar, mi posición y a los tres muchachos que alguna vez consideré mis mejores amigos.

Me acomodé el uniforme de omega y oculté la copia del registro en el forro interior de mi manga.

—Volveré pronto, mamá.

Ella me abrazó con fuerza.

—Pase lo que pase, recuerda quién eres. Tu padre nunca quiso que crecieras creyendo que tu valor dependía de tu rango.

Cerré los ojos un instante.

Después abrí la puerta.

Dos guardias me esperaban en el corredor.

Y ninguno de los dos parecía dispuesto a dejarme regresar por mi cuenta.

La sala del consejo estaba llena cuando entré.

Los ancianos ocupaban sus asientos en semicírculo. Al fondo se encontraba el alfa Blackthorn, vestido con su habitual traje oscuro. A su derecha estaban Alexander y Adrian.

Andrew permanecía junto a una columna, con los brazos cruzados y el rostro tenso.

Isabella también estaba allí.

Llevaba un vestido color marfil y una expresión de preocupación tan perfecta que, por un momento, cualquiera habría creído que estaba allí para defenderme.

Yo conocía demasiado bien aquella sonrisa.

—Valeria Blackwood —anunció uno de los guardias—. Se presenta por orden del alfa.

Avancé hasta el centro de la sala.

No hice una reverencia.

Un murmullo recorrió los asientos.

—¿Has olvidado cómo se saluda a los miembros del consejo? —preguntó uno de los ancianos.

—No —respondí—. Solo quiero saber por qué me han llamado.

El alfa Blackthorn apoyó las manos sobre la mesa.

—Anoche entraste en una zona restringida de la mansión.

No respondí.

—También has estado buscando documentos relacionados con el arresto de Daniel Blackwood —continuó—. Y hay motivos para creer que sustraes información confidencial de nuestra familia.

—¿Qué pruebas tiene?

Uno de los ancianos golpeó la mesa con la palma.

—¡Estás hablando ante el consejo!

—Y estoy respondiendo a una acusación.

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar mi propia respiración.

Alexander me observaba sin intervenir. Adrian mantenía la vista fija en la mesa. Andrew, en cambio, parecía estar luchando contra el impulso de acercarse.

El alfa hizo una señal.

Un guardia colocó un libro sobre la mesa.

Reconocí la cubierta inmediatamente.

Era el registro de la gala.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—Este libro fue encontrado fuera de su lugar habitual —dijo el alfa—. Algunas páginas presentan daños y faltan documentos relacionados con la noche en que Daniel Blackwood fue arrestado.

—¿Y me culpa a mí?

—Eres la única persona que ha estado haciendo preguntas sobre esos registros.

Aquello era una mentira.

Y él lo sabía.

—¿Dónde encontró el libro? —pregunté.

—Eso no es asunto tuyo.

—Entonces no puede demostrar que yo lo haya tocado.

Isabella dio un paso al frente.

—Alfa, quizá Valeria esté confundida. Ha pasado por muchas cosas desde el arresto de su padre. Tal vez solo intenta encontrar algo que le permita creer que él es inocente.

Su voz sonaba dulce.

Sus palabras, sin embargo, eran una trampa.

—¿Estás diciendo que estoy mintiendo? —le pregunté.

—Estoy diciendo que comprendo tu dolor.

—No. Estás intentando hacer que parezca que he perdido la razón.

La sonrisa de Isabella desapareció.

—Ten cuidado.

—Eso llevo meses escuchando. De ti, de los herederos y de todos los que creen que pueden obligarme a callar.

El alfa se levantó.

—¡Basta!

Su voz retumbó en la sala.

—Esta reunión no trata sobre tus sentimientos. Trata sobre tu comportamiento. Si has encontrado documentos que pertenecen a esta familia, debes entregarlos inmediatamente.

Pensé en la copia escondida en mi manga.

Si la mostraba, Adrian quedaría expuesto. También podría revelar que Alexander estaba relacionado con el registro y que alguien había ordenado destruir pruebas.

Pero si guardaba silencio, el alfa podría utilizar aquella reunión para convertir una investigación legítima en otra acusación contra mi familia.

No tenía tiempo para descubrir cuál era la decisión perfecta.

Solo podía elegir cuál era el riesgo que estaba dispuesta a asumir.

—No he robado ningún documento —dije—. Pero sí he encontrado contradicciones en la versión oficial del arresto de mi padre.

Varios ancianos intercambiaron miradas.

El alfa permaneció inmóvil.

—¿Qué contradicciones?

—El registro de la gala indica que mi padre seguía en la mansión después de la hora en que supuestamente se había marchado. También hay una anotación que señala que su acceso al despacho fue autorizado por alguien de esta familia.

El murmullo se convirtió en una oleada de voces.

—¡Eso es imposible!

—¿Quién autorizó la entrada?

—¿Por qué no se informó al consejo?

El alfa golpeó la mesa.

—¡Silencio!

Después volvió a mirarme.

—¿Dónde está esa prueba?

No respondí.

Porque, en ese instante, comprendí que no quería demostrar mi inocencia.




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