El salón entero permaneció en silencio.
Nadie se atrevía a moverse. Ni siquiera los guardias que, unos minutos antes, habían recibido órdenes de arrestarnos.
Todas las miradas estaban puestas en Lyanna.
En mi madre.
La mujer que me había buscado durante años, que había arriesgado su vida para reunirse conmigo y que me había prometido que, aunque no pudiera recuperar el tiempo perdido, intentaría ser la madre que yo necesitaba.
Ahora Octavian acababa de acusarla de entregar a mi padre al Consejo.
Y ella no lo había negado.
—Dile que miente —susurré.
Lyanna me miró.
—Valeria…
—Dímelo.
Su silencio fue peor que cualquier respuesta.
Sentí que algo se rompía dentro de mí, pero me obligué a mantener la cabeza en alto. No iba a llorar delante de Octavian. No le daría la satisfacción de verme derrumbarme mientras utilizaba mi historia como un arma.
—¿Entregaste a Eryon? —pregunté.
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
La palabra cayó sobre mí como una sentencia.
Daniel dio un paso hacia ella, incrédulo.
—Lyanna, ¿qué estás diciendo?
—Estoy diciendo la verdad.
—¿Por qué? —pregunté, sin reconocer mi propia voz—. ¿Por qué entregaste a mi padre?
Lyanna se llevó una mano a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no intentó acercarse a mí.
—Porque creí que podía salvarte.
Solté una risa amarga.
—¿Salvándote de él?
—No. Salvándote del Consejo.
—¡Entonces explícame qué tiene que ver mi padre con todo esto!
Octavian observaba la escena con una satisfacción que me revolvía el estómago.
—Adelante, Lyanna. Cuéntale a tu hija cómo negociaste con nosotros.
Lucien avanzó hacia él.
—Una palabra más y te arrancaré de ese estrado.
—¿Vas a atacarme delante de todos? —preguntó Octavian, sin perder la sonrisa—. Sería una demostración extraordinaria de la naturaleza violenta que siempre te hemos atribuido.
—No necesito demostrarte nada.
—Entonces deja que hable. La verdad debería importarte tanto como a tu sobrina.
Lucien se quedó inmóvil.
Me volví hacia él.
—¿Mi sobrina?
Su expresión cambió.
Y comprendí que acababa de descubrir otro secreto.
—Lucien —dije—. ¿Qué significa eso?
Él miró a Lyanna.
Mi madre asintió lentamente, como si ya no tuviera fuerzas para seguir escondiendo nada.
—Eryon era mi compañero —confesó—. Y Lucien era su tío.
El murmullo que recorrió el salón fue inmediato.
Yo apenas lo escuché.
Mi padre había tenido una familia. Una historia. Personas que lo habían conocido antes de que desapareciera de mi vida.
Y todos parecían haber decidido que yo era la última persona que merecía conocerla.
—¿Por qué nadie me lo dijo? —pregunté.
Daniel intentó acercarse.
—Valeria…
—No, papá. Esta vez necesito que me dejen hablar.
Él se detuvo.
Agradecí que lo hiciera.
Me volví hacia Lyanna.
—Empieza desde el principio. Sin profecías, sin protegerme y sin decirme que lo hiciste por mi bien. Quiero saber qué ocurrió la noche en que nací.
Mi madre respiró hondo.
—Está bien.
Por primera vez desde que la había encontrado, dejó de intentar convencerme de que todo podía esperar.
Y comenzó a contarme la verdad.
—Eryon descubrió que el Consejo estaba preparando una operación para eliminar cualquier rastro de la quinta línea —explicó Lyanna—. Había encontrado documentos que demostraban que los magistrados llevaban generaciones cambiando los registros de nacimiento, separando familias y manipulando las sucesiones de las manadas.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Por qué no hizo públicos esos documentos?
—Porque algunos nombres pertenecían a personas que aún estaban vivas. Si los revelaba sin protección, el Consejo las mataría antes de que pudieran declarar.
Seraphina bajó la mirada.
—Yo vi algunos de esos documentos.
—Y no hiciste nada —dijo Daniel.
—Intenté detenerlo desde dentro. No fui lo bastante valiente para enfrentarme abiertamente a Octavian.
—Entonces tu silencio también tuvo un precio —respondió Daniel.
Seraphina no se defendió.
Lyanna continuó:
—Cuando supe que estaba embarazada, Eryon quiso marcharse conmigo. Creía que podríamos empezar de nuevo lejos de las manadas. Pero Lucien descubrió que el Consejo ya conocía mi embarazo.
Lucien permanecía junto a una columna, rígido.
—Yo le pedí que huyera —dijo—. Le ofrecí llevarlos a un refugio que el Consejo no conocía.
—Pero no fui con él —añadió Lyanna—. Pensé que podía negociar una salida para todos. Creía que Octavian quería los documentos, no a nosotros.
—¿Y qué te ofreció? —pregunté.
—Un acuerdo. Si entregaba a Eryon y revelaba dónde había escondido los registros, permitirían que mi hija naciera sin ser perseguida.
Sentí náuseas.
—¿Y aceptaste?
—Sí.
Octavian intervino desde el estrado.
—Fue una decisión razonable. Eryon era un fugitivo y representaba una amenaza para la estabilidad de las manadas.
—¡Cállate! —exclamé.
Mi voz resonó en todo el salón.
Octavian me miró con frialdad.
—Ten cuidado, muchacha.
—No vuelvas a hablar de mi padre como si hubiera sido un criminal. Tú decidiste qué significaba su nombre antes de permitir que nadie escuchara su historia.
Algunos de los presentes asintieron.
Octavian apretó la mandíbula.
Lyanna continuó antes de que él pudiera responder.
—Entregué la ubicación de Eryon. Pero no sabía que el Consejo había preparado una emboscada. Me habían prometido que lo interrogarían y después lo dejarían marchar.
Lucien soltó una risa amarga.
—¿De verdad creíste que Octavian cumpliría su palabra?
—Sí —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. Y ese fue mi error.
—No —dijo Lucien—. Tu error fue creer que podías controlar a hombres que habían convertido la traición en una herramienta de gobierno.