La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo extra 11: El día que nuestra pequeña estrella llegó al mundo

Capítulo extra 11: El día que nuestra pequeña estrella llegó al mundo

Los meses siguieron pasando y la casa junto al lago se llenó de preparativos.

La habitación que antes utilizaba Valeria para escribir se había transformado en el dormitorio de la bebé. Las paredes eran de un azul suave, las cortinas blancas dejaban entrar la luz de la mañana y, junto a la ventana, descansaba una pequeña cuna de madera que Alexander había armado con sus propias manos.

Bueno, casi toda.

—Sigo pensando que sobran piezas —murmuró Adrian, mirando las instrucciones.

Andrew le quitó el papel de las manos.

—No sobran. Las colocaste al revés.

—Eso es una interpretación.

—Es una instrucción bastante clara.

Valeria, sentada en una mecedora, se rio mientras se acariciaba el vientre.

—Por favor, no destruyan la cuna. Nuestra hija todavía no ha nacido y ya estáis intentando convertir su habitación en un campo de batalla.

Alexander se acercó a ella y le acomodó una almohada detrás de la espalda.

—¿Estás cómoda?

Valeria lo miró con una sonrisa.

—Sí, Alexander.

—¿Necesitas agua?

—No.

—¿Quieres comer algo?

—No.

—¿Te duele algo?

Valeria entrecerró los ojos.

—¿Quieres que te haga una lista de todas las preguntas que me has hecho hoy?

Adrian soltó una carcajada.

—¡Por favor, hazla! Podríamos enmarcarla y colgarla junto a la cuna.

Alexander lo miró con fingida indignación.

—Estoy cuidando de mi familia.

—Y nosotros lo sabemos —respondió Valeria, tomando su mano—. Pero también necesito que recuerdes que sigo siendo capaz de decirte cuándo necesito algo.

Alexander se inclinó y besó su frente.

—Lo sé, amor. Solo quiero asegurarme de que estés bien.

Ella apretó sus dedos.

—Lo estoy. Y cuando necesite ayuda, te la pediré.

Andrew dejó las herramientas sobre una mesa y contempló la habitación terminada.

—Creo que estamos listos.

Adrian sonrió.

—¿Listos para qué?

Andrew miró la pequeña cuna.

—Para conocer a nuestra hija.

Durante unos segundos, los cuatro guardaron silencio.

La emoción era tan grande que ninguno necesitó añadir nada más.

La noche de las contracciones

Faltaban pocos días para la fecha aproximada del nacimiento cuando Valeria se despertó en mitad de la noche.

Al principio pensó que se trataba de una molestia pasajera. Se acomodó de lado, respiró profundamente e intentó volver a dormir.

Pero unos minutos después sintió otra contracción.

Esta vez, el dolor la hizo incorporarse.

—Alexander…

Él abrió los ojos inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Valeria le tomó la mano.

—Creo que ha llegado el momento.

Alexander se sentó de golpe.

—¿El momento de qué?

Ella lo miró.

—De conocer a nuestra hija.

Durante un segundo, él permaneció inmóvil.

Después se levantó tan rápido que casi tropezó con sus propios zapatos.

—¡Andrew! ¡Adrian!

Desde la habitación contigua se escuchó un golpe.

—¡¿Qué pasó?! —gritó Adrian.

—¡Valeria está de parto! —respondió Alexander.

El silencio que siguió duró apenas dos segundos.

Después comenzaron los pasos apresurados, las puertas abriéndose y una sucesión de preguntas que se mezclaron en el pasillo.

Andrew apareció vestido a medias, con la bolsa que habían preparado para el hospital.

Adrian llegó detrás de él con dos zapatos diferentes.

Valeria, a pesar del dolor, no pudo evitar reírse.

—Adrian, llevas un zapato negro y otro marrón.

Él miró sus pies.

—Lo sabía.

Andrew lo observó con incredulidad.

—No, no lo sabías.

—¡No es el momento de discutir sobre mi calzado!

Alexander se arrodilló junto a Valeria y le sostuvo la mano.

—Estoy aquí. Vamos a llevarte para que te atiendan.

Ella asintió, respirando despacio mientras otra contracción comenzaba.

Los tres hermanos se movilizaron de inmediato. Andrew comprobó que llevaran los documentos necesarios, Adrian recogió la bolsa del bebé y Alexander ayudó a Valeria a llegar al automóvil.

Antes de salir, ella se detuvo un instante en la puerta de su habitación.

Miró la cuna que habían preparado juntos.

—Pronto estará aquí —susurró.

Alexander la abrazó con cuidado.

—Sí, amor. Pronto tendremos a nuestra pequeña entre los brazos.

La espera más larga de sus vidas

En el hospital, el personal médico recibió a Valeria y comenzó a atenderla.

Alexander, Adrian y Andrew permanecieron cerca, siguiendo las indicaciones del equipo y esperando noticias.

Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los tres tenía una solución que ofrecer.

No podían organizar el nacimiento con una lista, resolverlo con una conversación ni proteger a Valeria de cada sensación incómoda.

Solo podían acompañarla.

Y eso hicieron.

Cuando les permitieron estar con ella, Alexander se colocó a su lado y le tomó la mano.

Andrew se aseguró de que tuviera agua cuando se la ofrecieron.

Adrian, que normalmente encontraba una broma para cualquier situación, permaneció callado durante varios minutos.

Valeria lo notó.

—¿Por qué estás tan serio?

Adrian intentó sonreír.

—Estoy concentrado.

—¿En qué?

—En no desmayarme.

A pesar del cansancio, Valeria soltó una carcajada.

—¡Adrian!

—¿Qué? ¡Nunca he visto nacer a una persona!

Andrew le dio una palmada en el hombro.

—Entonces procura no convertirte en el paciente de hoy.

Alexander rio suavemente, aunque sus ojos continuaban llenos de preocupación.

Valeria apretó su mano.

—Mírame.

Él obedeció.

—Estoy aquí —le dijo ella—. Necesito que respires conmigo, no que te asustes más que yo.

Alexander cerró los ojos un instante y respiró profundamente.

—Tienes razón.

—Lo sé.

Él sonrió y le besó los nudillos.

—Incluso ahora sigues encontrando la manera de ponerme en mi lugar.




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