—Valeria Lyanna Vale. Tenemos que hablar de tu nacimiento.
La voz de Mara atravesó el corredor de la Casa de los Nombres.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Yo conocía aquella voz. La había escuchado antes, en conversaciones a media noche, en recuerdos fragmentados y en las advertencias que otros pronunciaban cuando creían que yo no estaba prestando atención. Mara Vale había sido una guardiana. Una mujer que conocía los secretos de mi familia y que, en algún momento, había desaparecido sin dejar rastro.
También era la mujer que había entregado a Alistair la ruta que conducía hasta mi madre, convencida de que podía negociar con él.
Su decisión casi nos destruyó.
Y ahora había regresado del brazo del hombre que había intentado silenciar la verdad.
Octavian Voss.
—No te acerques más —ordenó Gabriel.
Se colocó delante de mí, con una mano cerca de la empuñadura de su daga. Lucien hizo lo mismo desde el otro lado, mientras Aurelian permanecía inmóvil, observando a la recién llegada con una expresión que no conseguí interpretar.
Mara levantó las manos para demostrar que no llevaba armas.
Era más delgada de lo que recordaba por las descripciones de los antiguos guardianes. Su cabello oscuro tenía mechones plateados y una cicatriz le recorría la mandíbula. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fueron sus ojos: dorados, como los míos, aunque más apagados.
En su muñeca llevaba una pulsera de plata con cinco pequeñas líneas grabadas.
La misma marca que había aparecido en el fragmento de mi brazalete.
—Parece que todavía no habéis aprendido a escuchar antes de atacar —comentó ella.
—Y tú no has aprendido que presentarte acompañada de Octavian no es precisamente una invitación a confiar en ti —respondió Gabriel.
Mara miró por encima del hombro.
El magistrado no había entrado en la sala. Permanecía al final del corredor, flanqueado por dos guardias. Su expresión era serena, demasiado serena para un hombre que acababa de perder parte de su autoridad delante de sus propios subordinados.
—No estoy aquí para defender al Consejo —dijo Mara.
—Qué conveniente —murmuró Lucien—. Llegas con el hombre que ha manipulado nuestros registros y esperas que creamos que tus intenciones son distintas.
Mara volvió la mirada hacia él.
Y por primera vez, su seguridad se quebró.
—Lucien.
Él no respondió.
—Creí que habías muerto.
—Eso era exactamente lo que alguien quería que creyeras.
Mara bajó los ojos un instante. No parecía sorprendida por su presencia, sino por verlo libre.
Aquello me inquietó.
—¿Lo conocías? —pregunté.
—Conocía su nombre —contestó ella—. No su rostro.
—Entonces deja de hablar como si hubieras venido a reunirte con viejos amigos y dime por qué estás aquí.
Mara me estudió en silencio. Su mirada descendió hasta el fragmento plateado que llevaba sujeto a una cadena alrededor del cuello.
—Porque ese objeto no debería estar contigo.
Mis dedos se cerraron alrededor de la cadena.
—Es mío.
—Lo sé. Y por eso he venido.
—¿Para quitármelo?
—Para evitar que alguien lo utilice para abrir algo que jamás debió abrirse.
Aurelian dio un paso hacia ella.
—¿Quién te envía?
—Nadie.
—Has llegado con Octavian.
—Porque él cree que puede controlarme. Necesitaba que lo creyera.
Una risa seca escapó de Lucien.
—Una explicación magnífica. Ahora solo falta que nos digas por qué debemos aceptar que has arriesgado tu vida para ayudarnos.
Mara no respondió enseguida. Se desabrochó lentamente la pulsera de plata y la dejó sobre una mesa de piedra.
Las cinco líneas brillaron bajo la luz de las lámparas.
El fragmento que yo llevaba al cuello emitió un pulso cálido.
Retrocedí por instinto.
—No la toques —advirtió Aurelian.
No sabía si se lo decía a Mara o a mí.
Entonces las líneas de la pulsera comenzaron a iluminarse una tras otra. No ocurrió nada espectacular. No hubo un estruendo ni se abrieron las paredes. Solo apareció una inscripción diminuta en el reverso del metal.
Gabriel se inclinó para leerla.
—«La sangre puede heredar el nombre. La elección revela al heredero».
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Qué significa? —pregunté.
Mara recogió la pulsera, pero no volvió a ponérsela.
—Que pertenecer a la quinta línea no significa necesariamente tener derecho a gobernarla.
—La quinta línea no gobernaba —intervino Lucien—. Ese fue precisamente el motivo por el que intentaron borrarla.
—Y, aun así, alguien lleva siglos buscando a su heredero.
Mara sostuvo mi mirada.
—Ese alguien no siempre ha sido el Consejo.
La frase me heló la sangre.
Recordé la carta de mi padre biológico. Recordé las palabras escritas sobre la primera promesa, los documentos falsificados y el nombre de Silas Laurent, el hombre oficialmente muerto cuyo cuerpo nunca habían encontrado.
El heredero no necesita ser reconocido para ejercer su poder. Solo necesita que los demás crean que no existe.
La nota que habíamos encontrado en la cámara oculta regresó a mi mente.
—¿Conoces a Silas Laurent? —pregunté.
La expresión de Mara cambió.
Fue apenas un movimiento de sus labios, un destello de reconocimiento que intentó ocultar demasiado tarde.
Pero yo lo vi.
—¿Por qué preguntas por él?
—Porque alguien alteró los documentos del primer pacto con una tinta que solo estaba al alcance de tres personas. Una de ellas era Silas Laurent. Y acabamos de descubrir una nota que asegura que el responsable de las alteraciones sigue vivo.
Mara miró a Octavian al final del corredor.
El magistrado no se movió, pero uno de los guardias cambió el peso de una pierna a la otra.
—No deberías haber encontrado esa nota —dijo ella.
—Y tú no deberías saber que existe.