La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 20: Antes del amanecer

Capítulo 20: Antes del amanecer

La noticia de que Alexander había encontrado la segunda firma no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Nos escondimos entre los árboles mientras los guardias de Alistair se alejaban por el sendero. Sus antorchas se movían entre la niebla, iluminando los troncos y las rocas como si el bosque entero estuviera bajo vigilancia.

Andrew permanecía a mi lado, con la mandíbula tensa.

—Alexander no haría algo así —murmuró.

Lo miré.

—¿No haría qué? ¿Encontrar una prueba y ocultártela? ¿O participar en algo que podría condenar a tu padre?

—No lo sé, Valeria. Pero conozco a mi hermano.

—También conocías a tu padre.

Andrew no contestó.

No necesitaba hacerlo. El dolor que le cruzó el rostro me dijo que había entendido perfectamente.

Saqué la placa de plata y la observé bajo la luz de la luna. Las tres iniciales seguían allí, idénticas a primera vista. Sin embargo, al inclinarla, noté que la segunda línea reflejaba una luz diferente.

—Espera —susurré.

Pasé el pulgar por la marca central. Había una pequeña hendidura que no había visto antes, casi invisible entre los grabados.

—¿Qué ocurre? —preguntó Andrew.

—Creo que esta placa no muestra las firmas. Las oculta.

Presioné la hendidura.

Un pequeño fragmento de plata se deslizó desde el borde y cayó en mi mano. En su superficie apareció una inscripción diminuta:

«La segunda firma no pertenece a quien sostuvo el sello, sino a quien conocía el destino del prisionero».

Sentí que se me helaba la sangre.

—Daniel —susurró Andrew.

Asentí.

La segunda firma estaba relacionada con mi padre. Quizá la persona que había abierto la puerta también había sabido que Daniel sería encarcelado. Quizá alguien había utilizado la sucesión de los Blackthorn para convertirlo en el culpable perfecto.

Guardé ambas piezas.

—Tenemos que encontrar a Mateo.

—Y llegar hasta Daniel antes de que lo trasladen —añadió Andrew.

—No podemos hacer las dos cosas al mismo tiempo.

—Entonces iremos primero por tu padre.

Lo estudié durante un momento. Andrew había tenido muchas oportunidades para ayudarme y, en más de una ocasión, había elegido el silencio. No iba a borrar eso porque ahora estuviera dispuesto a caminar a mi lado.

Pero tampoco podía ignorar que acababa de arriesgarse para llevarme hasta el santuario.

—Si vienes conmigo —le dije—, no tomarás decisiones por mí. Si descubres algo, me lo dirás. Y si tu familia intenta detenernos, no espero que vuelvas a elegirlos solo porque compartes su apellido.

Andrew sostuvo mi mirada.

—No puedo cambiar lo que hice antes. Pero puedo decidir lo que hago ahora.

No le ofrecí una respuesta.

Eché a andar.

Él me siguió.

Llegamos al antiguo puesto de vigilancia poco antes de las tres de la madrugada.

Era una construcción abandonada, cubierta de enredaderas, que había servido para controlar el camino entre la mansión y las tierras del norte. Mateo nos esperaba en el interior, junto a una lámpara de aceite y varios mapas extendidos sobre una mesa.

Cuando me vio entrar, se levantó de inmediato.

—Valeria. ¿Dónde está Mara?

—No lo sé. Los hombres de Alistair llegaron a la casa. Eleanor se quedó en el santuario para enfrentarse a él.

Mateo palideció.

—¿Eleanor está viva?

—La vimos con nuestros propios ojos —respondió Andrew—. Y encontramos esto.

Puse la placa sobre la mesa.

Mateo se quedó inmóvil al reconocer el símbolo. No tocó el metal. Se limitó a acercar la lámpara y examinar los grabados.

—Pensé que esta pieza había sido destruida —dijo.

—¿Qué es? —pregunté.

—Una llave de verificación. Los Guardianes la utilizaban para distinguir una autorización legítima de una falsificación. Las tres líneas representan a los herederos, pero la inscripción del reverso solo aparece cuando alguien ha intentado alterar el registro original.

—¿Y la segunda firma? —preguntó Andrew.

Mateo levantó la vista.

—No es necesariamente una firma escrita. En los archivos antiguos, una firma también podía ser una autorización transmitida por un sello, una palabra de acceso o el testimonio de alguien que conocía el procedimiento.

—Entonces, ¿cómo descubrimos quién fue?

Mateo examinó el fragmento que yo había encontrado.

—Necesitamos el registro de traslado de Daniel.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Por qué?

—Porque la inscripción habla del destino del prisionero. Si alguien sabía de antemano dónde llevarían a Daniel, esa persona tuvo acceso a una parte de la conspiración que no debía conocer.

—El registro está en la mansión —dijo Andrew—. En el archivo privado de mi padre.

Mateo negó con la cabeza.

—La copia oficial, sí. Pero los Guardianes guardaban una segunda versión en la antigua oficina del secretario de la manada. Si Alistair no la destruyó, podría revelar quién modificó la orden.

—¿Dónde está esa oficina?

Mateo señaló un punto del mapa.

—Debajo del ala este de la mansión Blackthorn.

Me reí sin humor.

—Por supuesto. Otra habitación escondida bajo la casa donde me humillaron durante meses.

—Hay una entrada por las cocinas —dijo Andrew—. La usaban los sirvientes cuando el ala este todavía estaba en reparación.

Mateo lo miró con desconfianza.

—¿Cómo conoces esa entrada?

—Porque nuestro padre nos prohibió acercarnos a ella cuando éramos niños. Adrian intentó entrar una vez y lo castigaron durante una semana.

—¿Qué encontró? —pregunté.

Andrew frunció el ceño, intentando recordar.

—Nunca lo dijo. Pero después de aquello empezó a interesarse por los registros antiguos. Pasaba horas en la biblioteca y hacía preguntas sobre nuestro abuelo.

Mateo intercambió una mirada conmigo.

Adrian llevaba años buscando respuestas. Quizá su investigación no había comenzado por curiosidad, sino por algo que había visto cuando era niño.




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