La campana volvió a sonar.
Su eco atravesó el refugio y se extendió por los túneles como un anuncio de guerra.
Faltaban pocas horas para la ceremonia, y el archivo ya había pronunciado dos mensajes que nadie comprendía por completo: el primer heredero había sido nombrado y el cuarto debía comparecer.
Alexander permanecía frente a la salida, con el anillo negro cerrado en el puño.
—No voy a entrar en esa fortaleza sin saber qué pretende hacer el archivo conmigo —dijo.
Gabriel guardó el anillo original dentro de una pequeña bolsa de cuero.
—No podemos saberlo hasta que lo activemos.
—¿Y si intenta obligarme a aceptar una identidad que no quiero?
—Un registro puede revelar tu origen, Alexander. No puede decidir qué haces con él.
Mi hermano adoptivo no respondió a la observación de Gabriel. Sus ojos estaban fijos en el medallón de Eleanor.
—Quiero escuchar el mensaje completo.
Adrian, que llevaba varios minutos examinando el objeto, levantó la cabeza.
—Hay una segunda grabación. El mecanismo tiene dos niveles de activación. El primero se abrió cuando Valeria tocó el medallón; el segundo necesita el anillo original.
Gabriel sacó la pieza de plata.
La colocó en el centro del medallón y giró suavemente.
Un chasquido anunció que el mecanismo había cedido.
La imagen de Eleanor apareció sobre la mesa.
Esta vez no estaba sola.
A su lado se encontraba un hombre joven, de cabello oscuro y ojos claros. Llevaba el símbolo de los Guardianes bordado en el cuello de su camisa.
Alexander se inclinó hacia delante.
El parecido entre ambos era evidente.
No era una semejanza exacta, pero compartían la misma línea de la mandíbula y aquella mirada gris que parecía evaluar cada detalle antes de emitir un juicio.
Eleanor habló.
—Si este mensaje se ha activado, significa que Alexander ha descubierto su verdadero linaje. Hay algo que debes comprender, hijo mío: nunca permití que Alistair te diera un nombre falso porque me avergonzara tu origen. Lo hice porque el Consejo estaba buscando al descendiente capaz de reclamar la autoridad sobre el archivo.
La imagen del hombre se volvió hacia ella.
—Eleanor, no tienes mucho tiempo.
—Lo sé.
Ella miró de nuevo hacia nosotros.
—El hombre que aparece a mi lado es Cassian Vale, el padre biológico de Alexander. Fue el último guardián legítimo de la cuarta puerta. Cuando el Consejo intentó apoderarse de ella, Cassian me pidió que sacara a nuestro hijo de la fortaleza y lo criara lejos de sus enemigos.
Alexander se quedó inmóvil.
Cassian Vale.
Su padre biológico tenía nombre.
Había tenido un rostro, una vida y una historia que le habían arrebatado antes de que pudiera conocerlo.
—Cassian no quería que nuestro hijo heredara la guerra de los Guardianes —continuó Eleanor—. Quería que creciera libre. Alistair aceptó ayudarme, pero convirtió la protección en una herramienta de poder. Le permitió conservar el apellido Blackthorn y lo preparó para heredar una autoridad que nunca le perteneció por completo.
La imagen comenzó a distorsionarse.
Eleanor se apresuró a terminar.
—Alexander, si alguna vez llegas a la ceremonia, no pronuncies tu nombre de nacimiento delante del Consejo hasta que el archivo haya abierto las cuatro puertas. Si lo haces antes, Octavian podrá utilizar tu linaje para reclamar el control de la cámara central.
La grabación se apagó.
Durante unos segundos, nadie habló.
Después Alexander se apartó de la mesa.
—¿Cuánto tiempo lleváis sabiendo esto?
Eleanor no estaba allí para responder.
Lyanna bajó la mirada.
—Yo conocía el nombre de Cassian. No sabía que era el padre de Alexander.
—Pero sabías que había una rama Vale desaparecida.
—Sí.
—Y tampoco me lo dijiste.
—No tenía pruebas suficientes.
Alexander soltó una risa sin humor.
—Siempre hay una razón para guardar silencio.
—Y siempre hay un precio por hablar demasiado pronto —intervino Gabriel—. Eleanor tenía razón en una cosa: Octavian no debe escuchar tu nombre antes de que abramos las cuatro puertas.
Alexander se volvió hacia él.
—Entonces tendremos que abrirlas.
—No es tan sencillo. La primera puerta responde a las herederas. La segunda, a los registros de identidad. La tercera, a la línea Blackwood. La cuarta solo puede abrirse cuando el archivo reconoce al descendiente de Cassian.
—Es decir, yo —dijo Alexander.
Gabriel asintió.
—Pero para llegar hasta la cámara central necesitamos atravesar la ceremonia.
Adrian recogió los documentos.
—Entonces no iremos a la ceremonia a obedecer. Iremos a descubrir qué ha preparado Octavian.
Andrew se acercó a Alexander y le puso una mano en el hombro.
—Y si intenta utilizarte, tendrá que enfrentarse a los tres.
Alexander miró a sus hermanos.
Por primera vez, no pareció sentirse obligado a dirigirlos ni a proteger su posición como primogénito.
—No quiero que arriesguéis vuestras vidas por una identidad que ni siquiera comprendo.
—No es por tu identidad —respondió Adrian—. Es porque seguimos siendo hermanos.
Andrew asintió.
—Aunque uno de nosotros resulte ser un desastre genealógico.
Una risa breve e inesperada rompió la tensión.
Incluso Alexander dejó escapar una sonrisa.
Duró poco, pero fue suficiente para recordarnos que todavía quedaba algo de ellos que el Consejo no había conseguido destruir.
Llegamos a la fortaleza poco antes del mediodía.
La plaza principal estaba llena de miembros de las distintas manadas. Habían levantado una plataforma frente al edificio del Consejo y colocado tres estandartes plateados sobre ella.
Cada estandarte llevaba el nombre de una heredera.
CELESTE BLACKTHORN.
VALERIA VALE.