La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 35: La sangre que no pertenece

Capítulo 35: La sangre que no pertenece

Nadie se movió.

Durante diecisiete años había imaginado cómo sería conocer a mi madre. En mis sueños, Lyanna Vale siempre aparecía sonriendo, con los brazos abiertos y una explicación capaz de reparar todas las heridas que había dejado su ausencia.

Nunca imaginé que, al encontrarla, sus primeras palabras estarían dirigidas a los tres hombres que habían rechazado mi vínculo.

—Uno de vosotros fue concebido para destruir a los Guardianes —repitió Lyanna—. Y mañana, durante la ceremonia, el archivo revelará cuál.

Andrew fue el primero en reaccionar.

—¿Qué significa eso? ¿Que uno de nosotros no es hijo de Alistair?

—Eso es lo que os han hecho creer —contestó mi madre.

Alexander dio un paso hacia ella.

—Necesito respuestas. ¿Quién eres tú para venir aquí y acusarnos sin presentar pruebas?

Lyanna lo observó sin intimidarse.

—Soy la mujer que ayudó a ocultar el origen de vuestra sangre cuando vuestro padre decidió utilizaros para conservar el poder.

La expresión de Alexander se endureció.

—No vuelvas a hablar de mi familia como si la conocieras mejor que yo.

—Tu familia lleva años mintiéndote, Alexander. La pregunta es si estás preparado para escuchar la verdad sin destruir a quienes la revelen.

Adrian se interpuso antes de que su hermano respondiera.

—Basta. Si hay una prueba, queremos verla. Si solo hay otra historia incompleta, no pienso aceptar que conviertas nuestras vidas en una nueva pieza de tu conspiración.

Por primera vez, Lyanna pareció aprobar una respuesta.

—Bien. La prudencia todavía sobrevive en esta familia.

Andrew soltó una risa seca.

—¿Familia? Hace un minuto acabas de decirnos que uno de nosotros fue concebido para destruir a los Guardianes.

—Dije que uno de vosotros fue concebido para ese propósito. No que eligiera cumplirlo.

Sus palabras cambiaron el ambiente de la habitación.

Miré a los tres hermanos. Alexander estaba rígido, con los puños cerrados. Adrian analizaba cada palabra de Lyanna. Andrew, en cambio, parecía haber recibido un golpe que todavía no sabía cómo soportar.

Yo conocía esa expresión.

Era la de alguien que empezaba a preguntarse si toda su vida había sido construida sobre una mentira.

—Mamá —dije finalmente.

La palabra salió de mis labios con una fragilidad que me sorprendió.

Lyanna se volvió hacia mí.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Valeria…

Durante un instante, ninguna de las dos supo qué hacer.

Después avanzó despacio, como si temiera que yo retrocediera. Se detuvo a poca distancia y esperó.

No intentó abrazarme sin permiso. No me exigió que la perdonara ni me pidió que comprendiera sus decisiones.

Eso, extrañamente, hizo que me doliera más.

—¿Por qué no volviste? —pregunté.

Su rostro se contrajo.

—Porque cada vez que intentaba acercarme a ti, alguien encontraba la manera de convertir tu vida en una amenaza. Primero fueron los hombres de Alistair. Después, el Consejo. Y cuando descubrí que habían utilizado tu nacimiento para alterar el registro de las herederas, comprendí que regresar sin destruir aquella estructura solo te pondría en peligro.

—Daniel y Elena me criaron sin saber toda la verdad. Crecí creyendo que mi padre era un traidor. Me rechazaron delante de toda la manada. Me persiguieron por un brazalete que ni siquiera sabía utilizar. ¿Y se supone que debo aceptar que todo ocurrió para protegerme?

—No —respondió Lyanna—. No tienes que aceptar nada. Yo tomé decisiones creyendo que eran las únicas posibles. Algunas te protegieron. Otras te dejaron sola. No voy a pedirte que las llames sacrificios para que duelan menos.

Sentí que la rabia que había acumulado durante años chocaba con algo mucho más difícil de nombrar.

La necesidad de creerle.

Y el miedo a volver a equivocarme.

—Quiero saberlo todo —dije—. Pero esta vez no quiero que nadie decida qué verdad puedo soportar.

Mi madre asintió.

—Entonces empezaré por lo que ocurrió antes de que nacieras.

Nos sentamos alrededor de la mesa de Gabriel.

Daniel permaneció junto a su hermano, como si todavía necesitara comprobar que realmente estaba allí. Elena se quedó cerca de la puerta, vigilando el corredor. Elias y Mateo ocuparon los extremos de la habitación, mientras Celeste e Isabella se sentaban una al lado de la otra.

Los tres Blackthorn permanecieron frente a Lyanna.

Yo me senté a su derecha.

No porque ya confiara en ella, sino porque necesitaba escucharla de cerca.

—Hace más de veinte años —comenzó mi madre—, los Guardianes descubrieron que el archivo estaba perdiendo su capacidad para distinguir entre una autoridad legítima y una orden impuesta mediante violencia. Los sellos podían falsificarse. Los registros podían modificarse. Incluso los juramentos podían manipularse.

—Por eso se crearon las cuatro líneas —dijo Elias.

Lyanna asintió.

—Cada línea protegía una parte distinta del sistema. Los Vale custodiaban los vínculos de sangre y las sucesiones. Los Blackthorn protegían el equilibrio entre las manadas. Los Laurent conservaban los registros de identidad y los intercambios autorizados. Y los Blackwood custodiaban la memoria original del archivo.

Daniel miró a Gabriel.

—Por eso se llevaron a mi hermano.

—Sí —contestó Lyanna—. Gabriel podía acceder a los registros que otros no podían leer. El Consejo quiso convertir esa capacidad en una herramienta de control.

Gabriel bajó la mirada hacia el anillo.

—Y durante años lo consiguió.

—¿Qué tiene que ver eso con los trillizos? —preguntó Adrian.

Lyanna respiró hondo.

—Cuando Eleanor quedó embarazada, el archivo registró tres latidos. Pero uno de ellos apareció acompañado de una señal que no pertenecía a la línea Blackthorn.

Andrew frunció el ceño.

—¿Una enfermedad?

—No. Una marca hereditaria.




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