Habían pasado tres semanas desde la segunda cena de Valeria y Alexander.
Tres semanas en las que él había cumplido su palabra: no la había perseguido, no había enviado regalos costosos ni había utilizado a sus hermanos para averiguar dónde estaba.
Y, curiosamente, aquella distancia empezó a despertar en Valeria algo que no había sentido en mucho tiempo.
Ganas de buscarlo.
La idea la irritaba un poco.
No porque Alexander le resultara indiferente, sino porque estaba acostumbrada a que sus emociones fueran una batalla que debía ganar. Ahora tenía que aprender a distinguir entre el deseo y la obligación, entre la curiosidad y el amor.
Aquella mañana, mientras desayunaba con Lysandra, tomó una decisión.
—Voy a invitar a Alexander a salir.
Lysandra dejó caer la cuchara dentro de su taza.
—¿Perdón?
—No me hagas repetirlo.
—Necesito escucharlo otra vez para asegurarme de que no he sufrido una lesión cerebral.
Valeria le lanzó una servilleta.
—Solo quiero pasar tiempo con él.
—Por supuesto. ¿Y yo soy la reina de las hadas?
—Lysandra.
—Está bien, está bien. No diré nada.
Su hermana sonrió de una manera sospechosamente inocente.
—¿Qué tienes pensado hacer?
—Quiero llevarlo al lago.
—¿Al mismo lago donde os encontrasteis por casualidad?
—Sí.
—Qué romántico.
—Es un lago, no una propuesta de matrimonio.
—Todavía.
Valeria se levantó de la mesa antes de que su hermana pudiera continuar.
Sin embargo, mientras caminaba hacia su habitación, no pudo evitar sonreír.
Esta vez, la idea había sido suya.
Y eso cambiaba todo.
Alexander recibió la invitación aquella misma tarde.
Estaba revisando unos informes cuando un mensajero dejó un sobre sobre su escritorio.
Reconoció la letra de Valeria inmediatamente.
Lo abrió con cuidado.
Alexander:
El sábado quiero visitar el lago. Me gustaría que vinieras conmigo, si estás libre.
Esta vez elijo yo el lugar.
Valeria.
Alexander leyó la nota dos veces.
Andrew, que estaba sentado frente a él, levantó la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—¿Y?
—Tienes una sonrisa bastante sospechosa.
Alexander dobló la nota.
—Valeria me ha invitado a salir.
Andrew se quedó inmóvil.
—¿Ella te invitó?
—Sí.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Alexander lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—Voy a ir.
—No, me refiero a cómo vas a comportarte.
—Como una persona normal.
Andrew soltó una carcajada.
—Estamos perdidos.
Alexander le lanzó un documento.
—Vete a trabajar.
Andrew se marchó todavía riendo.
Cuando se quedó solo, Alexander volvió a mirar la nota.
Durante años había querido que Valeria lo eligiera. Había imaginado que, si algún día volvía a acercarse a él, tendría que hacer algo extraordinario para demostrarle cuánto la quería.
Ahora comprendía que lo más importante era no convertir aquella invitación en algo que ella no había ofrecido.
Valeria quería pasar una tarde con él.
Y eso era exactamente lo que harían.
El sábado amaneció despejado.
Valeria llegó al lago antes de la hora acordada. Llevaba pantalones oscuros, una blusa clara y una chaqueta ligera. Había dejado las joyas ceremoniales en casa y llevaba únicamente el brazalete de piedra azul.
Alexander apareció unos minutos después.
Al verla, sonrió.
—Buenos días.
—Llegas tarde.
Él miró el reloj.
—Llegué cinco minutos antes de la hora.
—Yo llegué quince minutos antes.
—Eso no me convierte en alguien impuntual.
—Podrías haberlo intentado.
Alexander soltó una risa.
—Buenos días, Valeria.
—Mucho mejor.
Comenzaron a caminar junto al agua.
Al principio hablaron de cosas sencillas. Alexander le contó que Adrian estaba aprendiendo a cocinar y que Andrew había conseguido incendiar una olla intentando preparar una sopa.
Valeria rio tanto que tuvo que detenerse.
—¿Cómo se incendia una sopa?
—Todavía no lo sabemos.
—Quiero conocer esa historia completa.
—Te la contaré si prometes no repetirla delante de Adrian.
—No prometo nada.
—Empiezo a comprender por qué mis hermanos me desean suerte.
Valeria sonrió.
Por primera vez, estar junto a Alexander no se sentía como regresar a una herida. Era simplemente estar con alguien a quien empezaba a conocer de nuevo.
Después de un rato, llegaron a una pequeña zona de hierba desde la que podía contemplarse todo el lago.
Se sentaron bajo un árbol.
El viento movía suavemente las ramas y el sol se reflejaba sobre el agua.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Alexander.
Valeria lo miró.
—Depende de la pregunta.
—¿Te sientes cómoda conmigo?
Ella reflexionó antes de responder.
—Más que antes.
Alexander asintió, sin apresurarse a interpretar sus palabras.
—Me alegra.
—Pero todavía hay momentos en los que recuerdo cosas que hiciste y me cuesta estar aquí.
—Lo entiendo.
—No sé si algún día dejará de ocurrir.
—No tienes que prometerme que dejará de ocurrir.
Valeria bajó la mirada hacia sus manos.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de todo lo que pasó?
—¿Qué?
—Que hubo un tiempo en el que deseaba tanto que me aceptaras que estaba dispuesta a conformarme con muy poco. Si me hablabas con amabilidad durante cinco minutos, pasaba el resto del día pensando que quizá las cosas podían cambiar.
Alexander cerró los ojos un instante.
—No sabía que te había hecho sentir así.
—No. Nunca te preocupaste por averiguarlo.
Él aceptó el golpe sin defenderse.
—Tienes razón.
Valeria respiró hondo.
—No quiero volver a ser esa muchacha.
—No lo eres.