La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 45: La firma del traidor

Capítulo 45: La firma del traidor

La firma de mi padre estaba allí.

Debajo de una orden que exigía mi entrega antes del amanecer.

Durante unos segundos, fui incapaz de escuchar cualquier otra cosa. Ni los pasos de Gabriel acercándose a la mesa, ni el sonido de la puerta crujiendo detrás de Octavian, ni siquiera la respiración contenida de Lucien.

Solo veía aquellas dos palabras.

Eryon Vale.

—Dime que es falso —susurré.

Mi padre no respondió inmediatamente.

Y ese silencio me atravesó como una cuchilla.

—¡Dímelo! —exigí, retrocediendo un paso—. ¡Dime que ese documento es una mentira!

Eryon extendió una mano hacia mí, pero se detuvo antes de tocarme.

—La firma es mía.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Gabriel levantó la daga.

—Aléjate de ella.

—No tienes que pedírmelo dos veces —respondió Eryon sin apartar los ojos de mí.

Octavian dejó escapar una risa discreta.

—Qué escena tan conmovedora. La hija que busca a su padre y descubre que él mismo autorizó su entrega. Casi parece una historia escrita para provocar lástima.

—Cállate —espeté.

El magistrado arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—He dicho que te calles. No necesito que me expliques lo que estoy viendo.

Mi voz tembló, pero no bajé la mirada.

Octavian parecía disfrutar de mi desconcierto. Había conseguido algo que ni siquiera sus amenazas anteriores habían logrado: introducir una duda entre mi padre y yo antes de que tuviéramos la oportunidad de conocernos.

No iba a permitir que utilizara mi dolor para decidir por mí.

—Quiero saber cuándo firmaste ese documento —dije, dirigiéndome a Eryon.

—Hace quince años.

—Yo todavía era una bebé.

—Lo sé.

—¿Y autorizaste que me entregaran?

Eryon apretó la mandíbula.

—Autoricé una transferencia.

La palabra me produjo náuseas.

—¿Una transferencia? ¿Eso soy para ti? ¿Algo que se entrega de una persona a otra?

—No. Nunca has sido eso.

—Entonces explícame por qué aparece tu firma en una orden que exige mi entrega.

Mi padre miró el documento que sostenía Octavian.

—Porque esa no es la orden que firmé.

El magistrado dejó de sonreír durante una fracción de segundo.

Fue un cambio diminuto, pero lo vi.

También lo vio Gabriel.

—¿Qué modificaron? —preguntó mi tío.

Eryon no respondió de inmediato. Se volvió hacia Octavian.

—Enséñales el reverso.

—No hay nada que mostrar.

—Entonces no tendrás inconveniente en hacerlo.

Octavian sostuvo el documento con mayor firmeza.

—No recibo instrucciones de un fugitivo.

—No. Recibes instrucciones de los muertos, de los desaparecidos y de todos aquellos cuyos nombres robaste para construir tu autoridad.

Lucien dio un paso hacia el magistrado.

—Basta de juegos, Octavian. Si has traído una orden, muéstrala completa.

Por primera vez, el hombre pareció considerar la posibilidad de retirarse.

Pero solo por un instante.

Con una sonrisa recuperada, giró el papel.

En el reverso había una serie de anotaciones, la mayoría ilegibles por el desgaste. Gabriel se acercó para examinarlas, sin bajar su arma.

—Esta tinta no pertenece al documento original —dijo—. Las letras fueron añadidas después.

—¿Puedes demostrarlo? —preguntó Octavian.

—Puedo demostrar que el sello fue colocado sobre una modificación posterior. Mira los bordes.

Gabriel señaló una línea casi imperceptible alrededor del sello.

—El documento fue abierto y vuelto a sellar. Alguien retiró una sección y sustituyó el texto.

Eryon asintió lentamente.

—La orden original establecía que se me permitía sacar a Valeria del territorio del Consejo. Debía llevarla a un lugar donde no pudieran registrar su sangre ni utilizarla para activar el archivo.

Lo miré sin poder creerlo.

—¿Tú ibas a llevarme lejos?

—Sí.

—¿Y mi madre?

—Lyanna debía reunirse con nosotros después.

Una amarga carcajada escapó de mis labios.

—¿Y se suponía que debía creer que todo aquello era para protegerme?

—No —respondió Eryon—. Se suponía que debías crecer sin conocer los detalles de lo que hicimos. Pero eso no significa que nuestras decisiones fueran correctas.

No intentó justificarse.

No me pidió que comprendiera.

Y, aun así, seguía habiendo una parte de la historia que no conocía.

—¿Qué ocurrió después de firmar? —pregunté.

Eryon bajó la mirada.

—El Consejo cambió las condiciones. Exigió que te entregara en la frontera y que dejara a Lyanna bajo su custodia. Me negué. Cuando intenté destruir la orden, ya habían preparado otra versión con mi firma.

—¿Cómo sabes que fue Octavian?

—Porque el hombre que recibió el documento original llevaba el anillo de los magistrados.

Octavian soltó una carcajada.

—Qué conveniente. Siempre resulta útil culpar a alguien que no puede demostrar lo contrario.

—El anillo no era el único detalle —intervino Lucien—. El sello que aparece en esa orden pertenece a la magistratura de hace quince años. No puede utilizarse legalmente desde que se descubrió que sus matrices habían sido copiadas.

La expresión de Octavian se endureció.

—Ese sello fue destruido.

—Entonces tendrás que explicar por qué aparece aquí.

El silencio que siguió no fue una victoria.

Todavía no.

Porque, aunque el documento hubiera sido alterado, Eryon había admitido que firmó una orden relacionada con mi traslado.

Y yo necesitaba saber por qué había aceptado participar en un acuerdo con las mismas personas que perseguían a nuestra familia.

—¿Por qué negociaste con ellos? —pregunté.

Mi padre volvió a mirarme.

—Porque creí que podía engañarlos.

—¿Y no pensaste que debías contárselo a mi madre?

El dolor cruzó su rostro.

—Creí que, si conocía todos los detalles, estaría en peligro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.