La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 17: La casa al final del bosque

Capítulo 17: La casa al final del bosque

La dirección de la carta me condujo hasta un camino que apenas aparecía en los mapas de la manada.

El bosque del norte era más antiguo que la mansión Blackthorn. Los árboles crecían tan juntos que sus ramas ocultaban buena parte del cielo, y la niebla cubría el suelo como una sábana gris.

Llevaba la fotografía de Mara, la carta de mi padre y el brazalete de piedra azul.

No había avisado a nadie de mi destino. Mi madre conocía mis intenciones, pero no le había dicho cuándo saldría. Si Alistair vigilaba los caminos, no quería darle más tiempo para preparar una emboscada.

Después de caminar casi una hora, encontré una pequeña casa de piedra junto a un arroyo.

Las ventanas estaban cubiertas con tablones. La puerta tenía marcas de garras y el techo parecía a punto de derrumbarse.

Sin embargo, había humo saliendo de la chimenea.

Alguien vivía allí.

Me acerqué despacio y llamé tres veces.

No hubo respuesta.

—Sé que estás dentro —dije—. Busco a Mara Vale.

El humo siguió elevándose.

Entonces escuché el sonido de una cerradura.

La puerta se abrió apenas unos centímetros. Un ojo gris me examinó desde la oscuridad.

—¿Quién te envía?

—Nadie.

—Todos los que llegan hasta aquí vienen enviados por alguien.

Saqué la fotografía del bolsillo y la sostuve frente a la abertura.

—Necesito saber qué ocurrió con Lyanna Vale.

El ojo desapareció.

La puerta se cerró de golpe.

—¡Espera! —exclamé—. ¡No he venido a hacerte daño!

Escuché pasos alejándose.

Por un instante pensé que tendría que regresar sin respuestas. Entonces recordé la última frase de mi padre: No busques a Mara. Ella fue quien nos traicionó primero.

Quizá él tuviera razón.

Quizá aquella mujer fuera peligrosa.

Pero si realmente había traicionado a mi familia, quería escuchar su explicación antes de juzgarla.

—Mi nombre es Valeria Blackwood —dije, elevando la voz—. Daniel Blackwood es mi padre. Está encarcelado por una traición que no cometió, y creo que tú sabes algo sobre mi madre.

El silencio se prolongó.

Finalmente, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez, la mujer salió por completo.

Era mayor de lo que esperaba. Tenía el cabello gris recogido en una trenza y una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda. Sus ojos recorrieron mi rostro hasta detenerse en el brazalete.

Su expresión cambió.

—Dios mío —susurró—. Tienes sus ojos.

—¿Los de Lyanna?

Mara no respondió. Abrió la puerta y me hizo una seña para que entrara.

—No tenemos mucho tiempo.

El interior de la casa estaba más ordenado de lo que parecía desde fuera. Había libros apilados junto a la chimenea, mapas clavados en las paredes y frascos con hierbas secas sobre una mesa.

Mara cerró las cortinas antes de indicarme que me sentara.

—¿Dónde está Daniel? —preguntó.

—En prisión.

—¿Y Elena?

—En la mansión Blackthorn.

La mujer apretó los labios.

—Entonces las cosas han empeorado mucho más de lo que imaginaba.

—¿Qué sabes de mi familia?

Mara se quedó mirando el fuego.

—Conocí a Lyanna cuando todavía éramos jóvenes. Ambas pertenecíamos a los Guardianes de la Luna. Ella era la más brillante de nosotros, pero también la más obstinada. Creía que los registros debían proteger a todos, incluso a quienes no tenían poder.

—¿Y tú qué creías?

—Que algunas verdades podían destruir a quienes intentaban revelarlas.

—¿Por eso la traicionaste?

Mara levantó la mirada.

No se ofendió. Tampoco intentó negar la acusación.

—¿Quién te dijo eso?

—Mi padre.

Por primera vez, algo parecido al dolor apareció en su rostro.

—Daniel siempre fue un hombre honesto. Pero no estuvo presente cuando tomé aquella decisión.

—¿Qué decisión?

Mara se levantó y fue hasta uno de los armarios. Sacó una caja metálica y la colocó sobre la mesa.

Dentro había varias cartas, un pequeño medallón y un trozo de tela blanca.

Reconocí el bordado de la fotografía que mi madre me había mostrado.

El mismo que cubría a la bebé en brazos de Lyanna.

—La noche en que desapareció tu madre —comenzó Mara—, los Guardianes descubrieron que Alistair había ordenado trasladar a una niña fuera del territorio. No sabíamos si pretendía protegerla o hacerla desaparecer. Lyanna comprendió que se referían a ti.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué hiciste?

—Le di la ubicación de una casa segura. Le prometí que podría escapar contigo antes de que llegaran los hombres de Alistair.

—Pero no escapó.

—No como habíamos planeado.

Mara sacó una de las cartas.

—Alguien filtró la ubicación. Cuando llegué, encontré la casa vacía y rastros de una pelea. Lyanna había desaparecido. Tú estabas con Elena y Daniel.

—¿Y por qué no fuiste a buscarlos?

—Porque los hombres de Alistair me encontraron antes. Me acusaron de robar los registros de los Guardianes y me dieron dos opciones: entregar la ubicación de Daniel o desaparecer para siempre.

—¿Y elegiste desaparecer?

—Elegí mantenerme con vida. Si me hubieran capturado, habrían utilizado mis conocimientos para encontrar el archivo original.

Me quedé callada.

Su explicación tenía sentido, pero todavía no respondía a la pregunta que más me importaba.

—¿Traicionaste a Lyanna?

Mara bajó la mirada.

—Sí.

La respuesta me sorprendió.

—¿Qué?

—Traicioné una de sus decisiones. Cuando descubrí que Alistair buscaba a la niña, le di información sobre un camino que Lyanna pensaba utilizar. Creí que podría negociar con él y conseguir que la dejara marchar. Pensé que, si le entregaba una ruta, salvaría el resto de los secretos de los Guardianes.

Se le quebró la voz.

—Me equivoqué. Alistair utilizó esa información para encontrarla.

Me puse de pie.

—¡Por tu culpa desapareció mi madre!




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