La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo extra 2: Si vuelves a elegirme, que sea por amor

Capítulo extra 2: Si vuelves a elegirme, que sea por amor

Tres semanas después…

—Te juro que, si llevas otro vestido, voy a dejarte aquí.

Valeria levantó la mirada de su maleta y observó a Lysandra, que sostenía una prenda azul entre las manos.

—Es un vestido.

—Es el séptimo vestido que metes en esa maleta.

—No sabía que habías contado.

—Porque alguien tiene que preocuparse por el futuro de nuestro equipaje.

Valeria soltó una carcajada y le arrebató la prenda.

—Está bien. Lo dejaré.

Lysandra sonrió, satisfecha, y regresó a su propia maleta.

Habían decidido viajar al norte durante unos días. Querían conocer los lagos, visitar pequeñas aldeas y pasar tiempo juntas sin que cada conversación terminara girando alrededor de sus padres, el Consejo o las tragedias que habían marcado a su familia.

Por supuesto, Lysandra había insistido en que el viaje sería una aventura inolvidable.

Valeria sospechaba que también sería un desastre.

—¿Crees que mamá vendrá a despedirnos? —preguntó Lysandra.

Valeria dobló una blusa antes de responder.

—Lyanna dijo que intentaría llegar esta mañana.

—¿Quieres verla antes de irnos?

—Sí.

La respuesta salió más rápido de lo que esperaba.

Lysandra no hizo comentarios. Había aprendido que Valeria necesitaba tiempo para reconocer lo que sentía sin que nadie intentara interpretarlo por ella.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

Esta vez, fue Valeria quien abrió.

Lyanna estaba al otro lado, con una pequeña caja de madera entre las manos.

Durante unos segundos, madre e hija se observaron sin saber muy bien cómo saludarse.

—Buenos días —dijo Lyanna finalmente.

—Buenos días.

—Me enteré de que viajarán al norte. Quería despedirme antes de que se marcharan.

Valeria se apartó para dejarla entrar.

Lyanna miró las maletas y sonrió con cierta tristeza.

—Cuando eras pequeña, siempre querías viajar. Decías que algún día conocerías todos los bosques del territorio.

Valeria sintió que aquellas palabras le apretaban el pecho.

—No lo recuerdo.

La sonrisa de Lyanna se desvaneció un poco.

—Lo sé.

No intentó llenar el silencio con explicaciones. Tampoco le pidió que recordara una infancia que le había sido arrebatada.

En cambio, le ofreció la caja.

—Esto te pertenece. Lo guardé durante muchos años y pensé que quizá querrías tenerlo.

Valeria la recibió con cautela.

Dentro había una pequeña figura tallada en madera: una loba con una estrella grabada en el pecho. Junto a ella descansaba una hoja de papel amarillenta.

Valeria la desplegó.

La letra era infantil, irregular y llena de manchas.

Cuando sea grande, quiero correr más rápido que el viento y conocer lugares donde nadie me diga qué debo ser.

Valeria leyó la frase dos veces.

—¿La escribí yo?

Lyanna asintió.

—Tenías cinco años. Me hiciste prometer que nunca permitiría que nadie te quitara tus sueños.

Valeria bajó el papel.

Una parte de ella quiso preguntar por qué aquella promesa no había bastado para mantenerlas juntas. Quiso preguntarle por qué había tenido que crecer sin conocerla, por qué otras personas habían decidido su destino y por qué la verdad había tardado tanto en llegar.

Pero también comprendió que no todas las respuestas cabían en aquella habitación.

—No sé cómo ser tu hija —confesó.

Lyanna tragó saliva.

—No tienes que saberlo todavía.

—A veces quiero acercarme a ti. Otras veces me enfado porque siento que llegaste demasiado tarde.

—Tienes derecho a sentir ambas cosas.

—¿Y si nunca consigo perdonarte por los años que perdimos?

Los ojos de Lyanna se llenaron de lágrimas, pero no apartó la mirada.

—Entonces tendré que aprender a vivir con tu decisión. No voy a pedirte que me perdones para aliviar mi propia culpa.

Valeria guardó la carta dentro de la caja.

Por primera vez, no sintió que debía disculparse por su dolor.

—Gracias por traerla —dijo.

Lyanna asintió y dio un paso hacia la puerta.

Valeria la detuvo antes de que saliera.

—Puedes escribirnos mientras estemos fuera.

Lyanna se volvió lentamente.

—¿De verdad?

—Sí. Pero no prometo responder inmediatamente.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de su madre.

—No te pediré más de lo que quieras darme.

No hubo abrazo ni reconciliación milagrosa.

Solo una puerta que, por primera vez, Valeria había decidido dejar entreabierta.

Y aquello era suficiente.

El viaje comenzó al mediodía.

Durante las primeras horas, Lysandra habló sin parar. Se quejó de los caminos, se burló de los caballos y aseguró que jamás volvería a permitir que Valeria eligiera la ruta.

Valeria la escuchaba entre risas.

Cuando llegaron a una aldea junto al lago, el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas. Las casas tenían tejados oscuros y pequeñas chimeneas de las que salían columnas de humo. En la plaza, varios comerciantes recogían sus puestos mientras los niños corrían alrededor de una fuente.

Era un lugar tranquilo.

Nadie se inclinó ante Valeria.

Nadie la llamó heredera.

Nadie pareció reconocerla.

Y nunca había experimentado una sensación tan agradable.

—Podríamos quedarnos aquí una semana —dijo, contemplando las calles.

—¿Una semana? —Lysandra alzó las cejas—. Pensé que querías visitar tres aldeas.

—He cambiado de opinión.

—Has tardado exactamente seis minutos en abandonar nuestro itinerario.

—Estoy mejorando mi capacidad para tomar decisiones espontáneas.

—Estás arruinando mis planes.

—De nada.

Encontraron una posada cerca del lago y dejaron sus pertenencias en las habitaciones. Después salieron a cenar.

Valeria estaba terminando su comida cuando escuchó una voz conocida detrás de ella.

—No esperaba encontrarte aquí.




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