La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 5. El secreto del brazalete

Capítulo 5. El secreto del brazalete

No conseguí dormir aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de Andrew. Hay cosas que no puedo contarte.

¿Por qué todos parecían saber algo sobre mi padre menos yo?

Me incorporé en la cama y miré a mi madre. Dormía de espaldas a mí, aunque su respiración irregular me hizo sospechar que quizá tampoco había conseguido descansar.

Aparté la manta y me senté junto a la ventana.

El brazalete de plata descansaba sobre mi muñeca. La piedra azul reflejaba la luz de la luna con un brillo tenue, casi imperceptible.

Lo había llevado desde la noche en que mi padre me lo entregó. Hasta entonces, siempre había pensado que era un regalo familiar, un recuerdo de mi infancia.

Pero mi padre no me había pedido que protegiera ningún otro objeto con tanta insistencia.

—¿Qué escondes? —susurré.

Pasé los dedos por el borde de la piedra. Entonces noté algo extraño: una pequeña línea en la parte posterior del engaste, tan fina que parecía una grieta.

Presioné con la uña.

Se oyó un clic.

Me quedé inmóvil.

Una diminuta pieza metálica se había desplazado bajo la piedra, dejando al descubierto un símbolo grabado en la plata: una luna atravesada por tres líneas.

Nunca lo había visto.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Volví a presionar, esta vez con más cuidado. El brazalete vibró ligeramente y la piedra azul emitió un destello.

Retrocedí de golpe.

—No puede ser…

—Valeria.

La voz de mi madre me sobresaltó.

Elena estaba sentada en la cama, mirándome con el rostro pálido. Sus ojos no estaban puestos en mí, sino en el brazalete.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

—Nada. Solo estaba examinándolo.

Mi madre se levantó y se acercó rápidamente.

—Déjame verlo.

Extendí el brazo, pero ella se detuvo antes de tocarlo.

—¿Qué ocurre, mamá?

Durante unos segundos pareció debatirse entre decirme la verdad y volver a guardar silencio.

—Tu padre me pidió que esperara hasta que fuera necesario explicártelo.

—¿Y cuándo será necesario? ¿Cuando alguien consiga quitármelo? ¿Cuando papá haya pasado el resto de su vida en prisión? ¿O cuando nos maten por algo que ni siquiera comprendemos?

Mi voz se quebró al final.

Elena cerró los ojos.

—No sabes cuánto desearía poder darte todas las respuestas.

—Entonces dame una. Solo una.

Mi madre miró hacia la puerta antes de hablar.

—Ese brazalete no es una joya común. Tu padre lo recibió de su familia, y su verdadero valor no está en la plata ni en la piedra.

—¿Qué significa el símbolo?

—Es una marca antigua. Una marca que algunas familias de la manada llevan protegiendo durante generaciones.

—¿Qué tiene que ver con la acusación contra papá?

Mi madre guardó silencio.

Y comprendí que había tocado una herida que ella llevaba demasiado tiempo intentando ocultar.

—Mamá…

—No puedo explicártelo todo todavía. Pero prométeme algo: no permitas que nadie examine el brazalete. Ni siquiera los herederos.

Pensé en Alexander, Adrian y Andrew.

—¿Tampoco ellos?

—Especialmente ellos.

Sentí un escalofrío.

Antes de que pudiera preguntarle por qué, escuchamos tres golpes en la puerta.

Mi madre se apartó inmediatamente.

—Escóndelo —susurró.

Cubrí el brazalete con la manga justo cuando la puerta se abrió.

Isabella entró sin pedir permiso.

Su sonrisa era tan perfecta como siempre, pero sus ojos fueron directamente a mi muñeca.

—Buenos días, Valeria. Espero no interrumpir nada importante.

—¿Qué quieres?

Ella fingió no escuchar mi tono.

—El alfa ha ordenado que todas las empleadas estén presentes en la revisión de los almacenes. Al parecer, ha desaparecido un objeto de valor de la mansión.

Miré a mi madre. Su expresión había cambiado.

—¿Qué objeto? —pregunté.

Isabella ladeó la cabeza.

—Una reliquia antigua. Una pieza de plata con una piedra azul.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

Ella sonrió al ver mi reacción.

—Qué curioso, ¿verdad? A veces, los objetos perdidos aparecen donde menos se espera.

—No sé de qué estás hablando.

—Eso espero.

Isabella se acercó lo suficiente para que solo yo pudiera escuchar sus siguientes palabras.

—Porque si descubren que tienes algo que pertenece a la familia del alfa, no bastará con que te llamen omega.

Sus ojos descendieron otra vez hacia mi muñeca.

—Podrían acusarte de robo. Y después de lo que ocurrió con tu padre, dudo que alguien se moleste en defenderte.

Mi madre se interpuso entre nosotras.

—Valeria no ha robado nada.

Isabella la observó con una sonrisa condescendiente.

—Entonces no tendrán nada que temer.

Se dio la vuelta y salió de la habitación.

Esperé hasta escuchar sus pasos alejándose por el corredor.

—Sabe algo —dije.

Mi madre asintió lentamente.

—Y eso significa que debemos tener mucho cuidado.
───
A media mañana, mientras limpiaba el corredor cercano al despacho de los herederos, escuché voces detrás de una puerta entreabierta.

Reconocí la de Adrian.

—¿Estás seguro de que la piedra ha reaccionado?

—La información que recibimos es clara —respondió un hombre al que no reconocí—. Si el brazalete se ha activado, significa que Daniel consiguió ocultar la prueba.

Me quedé inmóvil.

Estaban hablando de mi padre.

—¿Y Valeria? —preguntó Alexander.

Mi corazón dio un vuelco al escuchar su nombre.

—Si conoce el mecanismo, puede descubrir lo ocurrido aquella noche.

—Ella no sabe nada —dijo Adrian—. Siempre ha confiado demasiado en los demás.

Hubo una pausa.

Entonces Andrew habló, y su voz sonó más seria de lo habitual.

—¿Y si empieza a hacer preguntas?

—Entonces tendremos que asegurarnos de que no encuentre las respuestas —contestó el desconocido.




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