No dormí aquella noche.
Las palabras del alfa Blackthorn se repetían en mi cabeza una y otra vez.
Si Valeria descubre quién firmó realmente la orden de arresto, nuestra familia estará acabada.
No había sido una confesión completa, pero era suficiente para cambiar todo lo que creía saber.
Mi padre no había caído por un error. Alguien había construido una mentira alrededor de su nombre, y el alfa sabía que existía una prueba capaz de destruir a su propia familia.
Lo que no entendía era por qué mi padre había confiado en él durante tantos años.
¿Y por qué había escondido la prueba en un brazalete que parecía inofensivo?
Me incorporé en la cama y observé la pequeña piedra azul.
—¿Qué intentabas proteger, papá? —susurré.
La piedra no respondió.
Apreté el brazalete entre los dedos y recordé el mensaje que había escuchado días atrás. Mi padre había dicho que uno de los tres herederos conocía la verdad.
Andrew me había revelado que estuvo en el despacho de su padre la noche del arresto. Alexander había salido de aquella oficina poco antes de que llegaran los guardias. Adrian, por su parte, conservaba información que no quería mostrarme.
Los tres tenían secretos.
Y yo estaba cansada de ser la única que pagaba por ellos.
A la mañana siguiente, me dirigí a la cocina antes de que comenzara el servicio.
Mi madre estaba preparando el desayuno de la familia Blackthorn. Tenía ojeras y los hombros tensos, pero siguió trabajando cuando me vio entrar.
—Mamá, necesito preguntarte algo.
Miró hacia la puerta antes de responder.
—No aquí, Valeria.
—Es sobre la noche de la gala.
Sus manos se detuvieron.
Solo un instante, pero lo vi.
—¿Qué quieres saber?
—¿Mi padre discutió con alguien antes de que lo arrestaran?
Elena dejó el cuchillo sobre la tabla.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque encontré documentos falsificados. Porque Andrew escuchó una discusión en el despacho del alfa. Y porque el alfa dijo que, si descubro quién firmó la orden de arresto, su familia estará acabada.
Mi madre palideció.
Por un momento pensé que iba a contarme todo. Que finalmente dejaría de protegerme con silencios y medias verdades.
Pero se acercó y me sujetó las manos.
—Escúchame bien. No basta con descubrir quién hizo algo. También necesitas saber por qué lo hizo y qué hará cuando descubra que tú lo sabes.
—No puedo seguir esperando mientras mi padre está encerrado.
—Lo sé.
Su voz se quebró.
—Pero prométeme que no vas a enfrentarte al alfa sin pruebas.
—Te lo prometo.
No era una promesa que pudiera cumplir fácilmente. Sin embargo, no quería que mi madre viviera con el miedo de perderme también a mí.
Antes de marcharme, ella me apretó las manos.
—Busca el registro de la gala. Tu padre insistió en que aquella noche todo quedara anotado, incluso las visitas privadas.
La miré sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
Mi madre apartó la mirada.
—Porque yo misma lo ayudé a preparar algunos documentos.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Porque hay cosas que es mejor descubrir cuando estás preparada para soportarlas.
—¿Y quién decide cuándo estoy preparada? ¿Tú?
Elena cerró los ojos.
No respondió.
Me marché antes de que la tristeza en su rostro me hiciera abandonar mis preguntas.
El registro de la gala debía encontrarse en el archivo administrativo, una habitación más pequeña que el archivo principal. Allí se guardaban las listas de invitados, las entradas de los proveedores y los informes de seguridad de los acontecimientos celebrados en la mansión.
Sabía que no podía entrar por la puerta principal sin llamar la atención.
Esperé hasta que los sirvientes comenzaron a llevar las bandejas al comedor. Después tomé un corredor lateral y llegué a la habitación.
La cerradura no estaba asegurada.
Entré y cerré tras de mí.
Había cajas apiladas junto a una pared y varios libros de registros sobre una mesa. Empecé por el correspondiente al mes de la gala.
Pasé las páginas hasta encontrar la fecha.
Los nombres de los invitados aparecían ordenados por familia. Junto a algunos había anotaciones sobre la hora de llegada y la persona que los había recibido.
Todo parecía normal.
Hasta que llegué a la última página.
Había una sección dedicada a las visitas privadas realizadas después de la ceremonia. Tres nombres habían sido escritos con tinta negra, pero uno estaba tachado.
No era una mancha accidental.
Alguien había pasado una cuchilla sobre el papel hasta casi perforarlo.
Incliné el libro hacia la luz.
Debajo de los arañazos todavía se distinguían algunas letras.
D. Blackwood.
Mi padre.
Debajo de su nombre había una hora: las once y cuarenta y dos de la noche.
Pero los documentos oficiales aseguraban que había abandonado la gala antes de las once.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
Si mi padre seguía en la mansión a esa hora, ¿con quién se había reunido?
Busqué la página siguiente.
No estaba.
Alguien la había arrancado.
Sin embargo, en el margen inferior quedaba una anotación escrita con una letra diferente:
Acceso autorizado por A. B.
A. B.
Alexander Blackthorn.
Me quedé mirando las iniciales.
Podían pertenecer a otra persona. No tenía derecho a acusarlo basándome en dos letras. Pero recordé lo que Andrew me había contado: Alexander había salido del despacho de su padre poco antes de que arrestaran a Daniel.
¿Y si había sido él quien organizó la reunión?
¿Y si sabía por qué mi padre estaba allí?
Un ruido en el corredor me obligó a cerrar el libro.
Alguien se acercaba.
Busqué un lugar donde esconderme, pero la habitación apenas tenía espacio. Me agaché detrás de una caja justo cuando la puerta se abrió.