La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 4. El rechazo de la Luna

Capítulo 4. El rechazo de la Luna

Capítulo 4. El rechazo de la Luna

El golpe en la puerta me hizo levantar la cabeza de inmediato.

Mi madre dejó de hablar. Durante unos segundos, ninguna de las dos se movió. Desde que mi padre había sido encarcelado, habíamos aprendido que un simple ruido podía anunciar problemas.

—¿Quién es? —pregunté.

—Abre la puerta, Valeria —respondió una voz masculina.

Reconocí aquella voz antes de que pronunciara mi nombre por segunda vez.

Alexander.

Mi corazón reaccionó de una manera absurda. A pesar de todo lo ocurrido durante la ceremonia, una pequeña parte de mí todavía esperaba que hubiera venido a disculparse. Que me explicara por qué había rechazado nuestro vínculo delante de toda la manada. Que me dijera que sus palabras no significaban lo que yo había creído.

Qué ingenua era.

Abrí la puerta.

Alexander estaba en el pasillo, impecablemente vestido, con el rostro tan frío como la noche anterior. Detrás de él se encontraban Adrian y Andrew.

Mis tres compañeros destinados.

Los mismos que habían preferido humillarme antes que reconocerme como su pareja.

—Tenemos que hablar —dijo Alexander.

—No tenemos nada que hablar.

Intenté cerrar la puerta, pero él apoyó una mano contra la madera.

—No compliques las cosas, Valeria.

Solté una risa amarga.

—¿Complicarlas? Ustedes me rechazaron delante de toda la manada. ¿Qué parte de eso no entienden?

Adrian cruzó los brazos y me observó con una expresión burlona.

—No esperabas que aceptáramos el vínculo, ¿verdad? Tu familia ya no tiene poder. No podemos fingir que nada ha cambiado.

Sus palabras me dolieron más de lo que quería admitir.

—¿Así que eso es lo que soy para ustedes? ¿Un apellido que perdió su valor?

Andrew apartó la mirada. Fue apenas un instante, pero lo vi.

—No hagas esto más difícil —murmuró.

—¿Más difícil para quién? —pregunté, mirándolo directamente—. ¿Para ustedes, que pueden regresar a sus habitaciones y fingir que nada ocurrió? ¿O para mí, que tengo que vivir sabiendo que las tres personas en quienes más confiaba me consideran una vergüenza?

Ninguno respondió.

Y aquel silencio terminó de romper algo dentro de mí.

Alexander retiró la mano de la puerta.

—El vínculo no cambia nuestras obligaciones con la manada. Pero no esperes que te tratemos como nuestra compañera.

Sentí un dolor agudo en el pecho. Mi loba, que hasta entonces apenas había despertado, pareció encogerse dentro de mí.

—Entonces no me traten como tal —respondí—. Pero tampoco vuelvan a pedirme que confíe en ustedes.

Cerré la puerta antes de que alguno pudiera contestar.

Apoyé la espalda contra ella y respiré profundamente. No iba a llorar. Ya había derramado suficientes lágrimas por personas que no parecían merecerlas.

Mi madre se acercó y me abrazó sin hacer preguntas.

—No tienes que demostrarles tu fuerza todo el tiempo, cariño —susurró.

—No quiero que vuelvan a verme débil.

—Llorar no te hace débil, Valeria. Permitir que otros decidan cuánto vales es lo que debes evitar.

Sus palabras se quedaron conmigo mucho después de que se apartara.

Aquella tarde tuve que llevar unas bandejas al salón principal. Todavía no me acostumbraba a caminar por los mismos pasillos donde antes me recibían con sonrisas y saludos respetuosos.

Ahora, algunos miembros de la manada se apartaban cuando me veían. Otros susurraban a mis espaldas.

Y todos parecían conocer la historia de mi desgracia.

—Miren quién viene por aquí.

Isabella Laurent estaba sentada en uno de los sofás, rodeada de varias jóvenes de la manada. Llevaba un vestido elegante y una sonrisa perfecta.

A su lado estaban Alexander, Adrian y Andrew.

Los tres levantaron la mirada cuando entré.

Por un momento, deseé que alguno se pusiera de pie. Que me defendiera. Que demostrara que todavía quedaba algo de los muchachos que una vez compartieron conmigo sus secretos y sus sueños.

Pero Alexander volvió a mirar su copa.

Adrian sonrió con ironía.

Y Andrew permaneció en silencio.

—Ten cuidado con esa bandeja —dijo Isabella—. Sería una lástima que una omega sin recursos tuviera que pagar por algo que no puede permitirse.

Las jóvenes rieron.

Apreté los dedos alrededor de la bandeja.

—La comida está servida, señorita Laurent.

—Qué educada. Parece que por fin estás aprendiendo cuál es tu lugar.

Dejé la bandeja sobre la mesa.

—Mi lugar no lo decides tú.

La sonrisa de Isabella desapareció durante un segundo.

—¿Qué has dicho?

—Me has escuchado.

El salón quedó en silencio.

Alexander se incorporó lentamente.

—Valeria, basta.

Lo miré, incrédula.

—¿Ahora sí tienes algo que decirme?

Su mandíbula se tensó.

—No me obligues a repetirlo.

—Tranquilo, heredero. No pienso desafiar tu autoridad.

Me volví hacia Isabella.

—Y tú puedes quedarte con todas las sonrisas, los vestidos y las promesas que ellos quieran darte. No voy a competir contigo por alguien que ya dejó claro que no me quiere.

Vi cómo Andrew levantaba la cabeza de golpe.

Adrian dejó de sonreír.

Por primera vez, Alexander pareció no encontrar una respuesta inmediata.

Yo no esperé a escucharla.

Salí del salón con el corazón acelerado, pero con la cabeza en alto.

No sabía si mis palabras habían sido valientes o simplemente desesperadas. Solo sabía que no quería seguir siendo la muchacha que esperaba junto a una puerta, rogando que alguien la eligiera.

Cuando llegué al corredor de las habitaciones del servicio, escuché pasos detrás de mí.

—Valeria, espera.

Era Andrew.

No me detuve.

—Por favor —insistió—. Solo quiero hablar contigo.

Me volví lentamente.

—¿Para qué? ¿Para explicarme que no querías rechazarme, pero que tus hermanos te obligaron? ¿Para decirme que en el fondo sigues siendo mi amigo?




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